Lo que está en juego en estas elecciones de 2018 no es un tema menor. O nos quedamos con el modelo de gobierno que tenemos o cambiamos a una opción distinta que no sólo no conocemos sino que, además, ha acreditado fallas y errores donde se ha implementado.

Conservadurismo, le llamarían algunos, retroceso le llamaríamos otros. La realidad es que el modelo económico de país ha acreditado que no ha sido el más eficiente y que necesita oxigenarse, renovarse y cambiar los estilos y las maneras cómo definen la manera de conducir a México.

Al país, como nunca, le urge una elección en la que pueda haber una segunda vuelta, una ratificación de que quien llega en primer lugar realmente logra una mayoría cuando los resultados estén muy pegados o sean menores al 50 por ciento más uno.

La segunda vuelta no sólo es necesaria sino imprescindible porque le da legitimidad al que gobierna, le da la certeza de que tiene una mayoría, de que los electores le dan el respaldo absoluto.
Hoy, cuando más de un 70 por ciento se opone o no vota por el ganador, es lógico que haya un desacuerdo general que se ha logrado poner en evidencia muy claramente en el gobierno de Enrique Peña Nieto, cuando el grado de repudio se ha agigantado.

La otra opción es un gobierno de coalición, pero no esa farsa que hemos vivido aquí cuando se coaligan el PAN, PRD y MoCi o cuando el PRI lo hace con Nueva Alianza o el Verde y termina gobernando el más grande y haciendo a un lado al más pequeño.

Un gobierno de coalición que no sólo se defina con los triunfos en el Congreso sino que se consolide precisamente en él al discutirse con amplitud y firmeza las propuestas de gobierno.
En el México de hoy el PAN logró coaligarse con el PRD y con MoCi precisamente porque las clientelas políticas de ambos partidos se ha reducido y en el caso de Convergencia para tener la fortaleza del primero en un solo estado donde está fuerte: Jalisco, pero a costa de una ofensiva campaña anti panista.

En el caso de Morena, las cosas son igual de incongruentes pero efectivistas: sacar al PRI del gobierno, aunque todos los coaligados PES y PT se conformen con las migajas electorales de un candidato propietario de su partido, de su postulación y de su campaña.

Quien gane esta elección no deberá estar sujeto a las exigencias de un 70 por ciento de los gobernados que no votaron por él. La autoridad se mina cuando el desgaste propio del ejercicio del poder lo lleva a tener más desaprobaciones que ciudadanos satisfechos.

Un gobierno legítimo se puede dar el lujo de ser magnánimo. El ejercicio del poder no es para demostrarlo, para acreditarlo, porque entonces será que no se tiene o que no se está seguro de tenerlo y, por ello, el poder sólo debe manifestarse en beneficio de los gobernados, de quienes otorgan ese poder.

En este 2018 la percepción acredita que un candidato, Andrés Manuel, ya tiene el 40 por ciento de las preferencias electorales y aunque nunca había sido tan alta la diferencia, hasta 10 punto el más cercado, la elección será hasta el 8 de julio y en ese tiempo todo puede pasar.

Cambiar el régimen no se antoja descabellado, lo que sí es que la propuesta del candidato puntero no sólo no motiva certeza sino que preocupación porque pareciera no sólo no estar reflexionada ni aterrizada en realidades sino que más bien sería una suerte de pretensiones, de buenas intenciones y ya dice el refrán que de éstas está pavimentado el camino al infierno.

Los beneficios de el populismo no sólo no han sido acreditados en ninguna parte del mundo; no conozco a ni un gobierno populista que haya tenido éxito. Desapareció la Unión Soviética, cayó el muro de Berlín, China se alejó de la doctrina Mao, y Cuba tendrá por primera vez un presidente que no sea de la familia que los gobierna desde 1959, hace 60 años.

No sé quien ganará las elecciones de este año y respeto a quienes creen que lo saben a pesar de no tener más elementos que los que yo tengo o los que le dicen su preferencia, pero si sé por quien no votaré y si no lo he hecho en mis 38 años de vida ciudadana activa por el PRI, menos lo haré por el retroceso que significaría hacerlo por Morena.

Vaya que nos costó alejarnos del pasado, para volver irremisiblemente a él.