Hace 93 años, en 1923, durante la administración del Presidente Álvaro Obregón, siendo Secretario de Educación el Lic. José Vasconcelos, se instaló en el poblado de Zacualtipan, Hidalgo, la primera Misión Cultural en el país, con la finalidad de capacitar a los campesinos de las, en ese entonces, más pequeñas y alejadas comunidades, promoviendo con ello su desarrollo.

En Campeche, la primera de estas Misiones inició su labor en 1943, en Tila, municipio de Palizada. Con ello arrancó en el estado un proyecto de desarrollo educativo, comunitario, que por su proyección social y sus incuestionables logros en esos ayeres, le merecieron el reconocimiento y respeto no solo de los habitantes de las comunidades donde brindaban sus servicios, sino también de las autoridades educativas y los gobiernos de los estados, ya que beneficiaban a la colectividad en general.

Los Maestros Misioneros que en esos años no dudaban en responsabilizarse de la conducción de sus Misiones, a las que en muchas ocasiones solo podían llegar después de largas y difíciles horas de viaje, para después convencer a los habitantes de esas poblaciones a participar en los cursos que ofrecían.

Las Misiones eran verdaderas agencias educativas que promovían el mejoramiento social, cultural y económico de las comunidades rurales donde se ubicaban. Recibían no solo el apoyo de las autoridades educativas sino en especial el de los habitantes de aquellos lugares. Las Misiones eran verdaderas escuelas de formación en aquellas actividades cuyo aprendizaje sirviera en beneficio de sus aprendices: carpintería, música, costura, elaboración de conservas…

A 73 años de haberse instalado en Campeche la primera Misión Cultural, vale la pena no solo recordar ese hecho, sino valorarlo con justicia. Sobre todo ahora en que la tarea de los educadores es cuestionada muchas veces a la ligera, valdría la pena no olvidar y tomar como ejemplo el espíritu evangelizador de servicio, de aquellos maestros que por su entrega, buena disposición y resultados fueron ejemplo de respeto.

Servir, formando a conciencia, como en esos verdaderos talleres de capacitación se hacía, fueron el testimonio de ese hacer interactuante de las Misiones Culturales como aliadas de las escuelas rurales cuya labor, también, era la de enseñar.

Cómo olvidar en 1970, acompañando al Maestro Septimio Pérez Palacios, en ese entonces Supervisor General de Educación Primaria en la República, durante una de sus muchas visitas a las Misiones Culturales en la entidad, en esa ocasión, a la de Tila, en Palizada.

Fue ese viaje una verdadera odisea. No solo era lo lejano, sino lo difícil de llegar a Palizada. Geográficamente distante de la capital del estado, pero muy cerca del corazón de los campechanos. Viajar con Don Septimio fue siempre enriquecedor, ya que sus pláticas sobre educación eran muy interesantes. Su prodigiosa memoria, pese a su avanzada edad, era sorprendente. Desde antes de llegar a Palizada, y conocerla, el Maestro me la había retratado fielmente pues la llevaba grabada en su corazón. Ni qué decir de lo mucho que me explicara acerca de lo tanto que la Misión Cultural que visitaríamos significaba para los paliceños.

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Existían en ese entonces en Campeche otras Misiones Culturales en: Ejido 18 de Marzo, Bonfil, Bolonchén de Rejón, Isla Aguada, Dzitbalché… No habría que olvidar que ese espíritu misionero, siempre al servicio de quienes más requerían de ellos, les hacía, cuando así lo consideraban las autoridades de la SEP, trasladarse e instalarse en otras poblaciones.

Pues bien, después de muchos años -1970- la magia ilustrativa del quehacer de las Misiones Culturales, ejemplificada en esa ocasión, en Palizada, no se ha borrado de mis recuerdos. Aprendí a valorar el esfuerzo capacitador, formativo, de esos sencillos pero grandes Maestros Misioneros que trabajaban con jóvenes y adultos. Lo hacían con alegría, buena disposición y resultados alentadores, ya que sus alumnos adquirían conocimientos prácticos para aprovecharlos en su beneficio.

Las Jornadas de Evaluación, como esa a la que asistiera en Palizada, eran verdaderas fiestas en que participaba la comunidad para dar fe de los avances obtenidos. Se exponían los trabajos de los alumnos, y sin que nunca faltara, la Velada Cultural era el cierre esperado por todos. En esa ocasión, los bailables y la música interpretada por los maestros y alumnos permitió un ambiente de alegría y total participación de los asistentes. Hasta hoy agradezco la invitación de ese Maestro, orgullosamente campechano, Don Septimio Pérez Palacios, por la oportunidad de acompañarlo y aprender de él, de los Misioneros, y de los paliceños, en esa ocasión, el valor de la amistad.

Algunos dicen que recordar es pretender retroceder el tiempo y evitar enfrentar la realidad del presente. Difiero respetuosamente de esa afirmación. Aunque pudiera equivocarme, y por ello pido anticipadas disculpas, me atrevo a pensar que es necesario no olvidar nuestro origen, lo bueno y malo que en el tiempo haya sucedido. Esas son experiencias siempre aprovechables. En la educación han existido testimonios que no deben olvidarse. La modernidad, incesante en sus cambios, tal vez por las prisas se olvida que tan ciertos son los errores, como también los aciertos que dignifican a sus ejecutantes.

Las Misiones Culturales que desde hace 93 años, a nivel nacional, y 73 en Campeche dieron ejemplo de servicio, debieran no olvidarse. No sé, a ciencia cierta si esta tarea continúe hasta hoy como tal. El tiempo presente, arrollador en sus cambios, pudiera haber desaparecido su función, o aminorarla. Lo que sí puedo afirmar es mi respeto y admiración a lo que por muchos años construyeron de manera ejemplar.