JOSE SAHUI TRIAY

Egresé hace 54 años de la Normal Urbana “Rodolfo Menéndez de la Peña”. La madrina de nuestra generación fue la Maestra Elsie Zavala Velázquez. La Maestra Elsie, lo supe  50 años después, había estudiado en la normal del Instituto Campechano, aquí en nuestra ciudad capital. Elsie vive todavía conservando esa forma tan positiva de ver la vida. Las huellas del tiempo, si bien evidencian el paso de los años, parecieran por el contrario fortalecer su espíritu. Nos asombra su lucidez acerca del entorno actual.

Hace cuatro años nos acompañó en los festejos de nuestras Bodas de Oro como egresados de nuestra Escuela Normal. Estar con ella y recordar los muchos momentos en el salón de clases, sus consejos y las valiosas enseñanzas que de ello se derivaron, fue una experiencia inolvidable. Los años han venido pasando, pareciera cada vez más aceleradamente, y en consecuencia van dejando en nosotros elocuentes testimonios de su transcurrir.

A  mis 74 años, quienes aún quedamos de esa legión que en 1963 concluyéramos nuestros estudios, nos sentimos alentados de tener todavía a nuestro lado a la Maestra Elsie, de contar con ella como un ejemplo a seguir, por los valores que no solo nos enseñó como teoría, sino que continúa dando testimonio permanente de su práctica.

Hace pocos días la saludé en la ciudad de Mérida, acompañada de sus familiares. La observé un poco cansada, pero como siempre muy lúcida en la plática que cada vez que tenemos oportunidad no solo nos permite recordar  el ayer maravillosos que vivimos, sino también el difícil presente que hoy pareciera limitarnos en cuanto a la capacidad para enfrentarlo. La agudeza de sus reflexiones nos asombra. Pareciera que regresamos a sus clases cuando nos hablaba de temas tan interesantes, y con tanta claridad, que siempre despejaba  nuestras dudas. La semana pasada, aquí en Campeche, me encontré con un grupo de sus compañeras del Instituto Campechano. Me preguntaron por ella, y como siempre les dije que les mandaban saludos, y que nunca las olvidaba. Me pidieron, cuando tuviera la oportunidad, decirle lo mismo.

Cómo no emocionarme del valor de la amistad de esas Maestras a las que ni el tiempo, ni la distancia separan. Esos valores: la amistad, el respeto, la honestidad….nunca deben olvidarse.

Pues bien, esas reflexiones me motivaron a recordar  en  este espacio  editorial que generosamente me permite cada domingo “ El Expreso de Campeche”,  a mis  maestros, que bien pudieran ser, estimado lector, también los tuyos.

Predicar con el ejemplo, más que con la palabra, es el mayor compromiso que todo maestro tiene desde el primer momento de su relación con sus alumnos. Educar implica no sólo transmitir conocimientos, sino más importante aún, modelar conductas.

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Se dice, con razón, que los maestros son espejos en que sus alumnos se ven. De ahí el cuidado  de cuidar que esos espejos proyecten siempre imágenes positivas. Don  Miguel de Cervantes Saavedra destacó la relevancia de dar sin esperar por ello recompensa, cuando en su inmortal libro, el personaje principal, “El Hombre de la Mancha”, Don Quijote, expresara a su fiel escudero: “Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no se hace más que otro….”

Cómo no  recordar a nuestros maestros, a quienes como en el caso de quien esto escribe, desde “parvulitos”, pues no existía preescolar, hasta concluir nuestros estudios profesionales, nos enseñaron con paciencia y esmero el maravilloso mundo del saber. Cómo no recordar  ese mágico primer momento  en que deletreando pudimos comenzar a leer signos que antes eran misteriosos, y que de pronto descifrábamos y uníamos cada vez con mayor rapidez y precisión, formando frases y oraciones.

Paso a paso, los ahora adultos tuvimos, como hoy tienen nuestros hijos y nietos, la mirada vigilante de nuestros maestros, sus consejos y especial atención les permiten descubrir en cada una de sus alumnos, sus particulares demandas de apoyo, para así poder hacer más efectiva el proceso de enseñanza – aprendizaje.

Esa labor tan humana y generosa mereció de Don José Vasconcelos, uno de los más bellos reconocimientos: “Yo no puedo comparar mi empeño, aunque ha sido grande, con el mérito indiscutible de la labor oscura y constante de quienes saben no tendrán otra recompensa que la de sus propios corazones llenos de bien”. Qué mejor homenaje de respeto y gratitud, que ese pensamiento de quien fuera autor del “Ulises Criollo”, ese mexicano universal que durante una parte de su vida, cuando joven, viviera en nuestra ciudad capital y estudiara en el Instituto Campechano un breve tiempo….

El llamado de la campana de la escuela, que de lunes a viernes recuerda la proximidad, o fin, del inicio de clases; del recreo, o de la salida de la escuela al concluir las labores de la jornada diaria, pareciera que todavía muchos lo escuchamos, pues lo llevamos grabado para siempre en nuestros corazones, al igual que el recuerdo de todas y todos quienes fueron nuestros maestros.

Al paso inexorable de los años, cuando vamos concluyendo el tiempo de nuestro tránsito por la vida, esa tarea apostólica de enseñar a quien no sabe nos merece cada vez más un mayor aprecio a esa labor que por nosotros realizaron nuestros maestros.

A todos ellos, mi admiración y respeto.