Raúl Sales Heredia

El Árbol del Bicentenario en Bolonchén de Rejón, una Ceiba, árbol sagrado de los Mayas, ya no será más. Sin saber la razón, el motivo o lo que quisieran poner o decir para justificarlo, no la hay: talar un árbol de por sí es terrible, pero hacerlo con uno que fue sembrado para celebrar, es una falta de respeto, una falta de consciencia y un atentado contra cada uno de nosotros.

Una Caguama, una tortuga majestuosa de décadas es hallada con una rajada en su caparazón y ninguna autoridad ambiental llegó; otra, de Carey, aparece muerta y cuando se le da la vuelta encuentran una trampa para pulpo: otra especie protegida.

¿De qué se trata? ¿De qué forma podemos decir que estamos buscando lo mejor para nuestros hijos y su (sí, SU) medio ambiente? ¿Cómo podemos verlos a los ojos y decir que estamos haciendo lo mejor por ellos si no nos preocupamos ni siquiera por un árbol, por una tortuga, por la limpieza de las playas, por el agua? ¿Y aún así nos quejamos por el sol y el calor?

Dirán que es absurdo escribir acerca de esto, pero faltarle el respeto a otra especie es hacerlo con nosotros, aquel que lastima a un animal por placer no tendrá reparo alguno en hacerlo con un ser humano.

Seguro saben que existió un recurso proveniente de nuestros impuestos para medir la calidad del aire, extraño en una ciudad pegada al mar donde la brisa suele limpiar cada tarde nuestro aire, pero sí, hubo ese recurso aunque parece (y ojalá salga alguien a desmentirme y darme los elementos para cerrarme el hocico y me cae que lo cierro y les pido una disculpa pública) que no se aplicó de manera correcta y no hay estudio alguno de los niveles de la calidad de nuestro aire, pero de que nos costó, nos costó y mucho.

Los programas de siembra de arbolitos son una maravilla, los niños son felices haciéndolo, pero, ¿se les da el seguimiento? ¿Alguno de ellos podrá decir en unos años: ese árbol lo sembré yo? En la glorieta de Justo Sierra hay un maravilloso árbol, no lo sembré yo, no tengo los años suficientes para que alcanzara ese tamaño y belleza, pero lo hizo mi padre y me contaba con orgullo que cuando inauguraron el monumento al Maestro de América habló junto con Violeta Selem y lo sembraron. Mi padre hizo muchas cosas por las cuales podría ser reconocido pero ese árbol representaba un gran orgullo para él y por consiguiente, para mí.

Seguro recuerdan algunas especies que antes se veían en el Malecón: las “agujas”, los bagres y los peces globo, que mandaban a los niños a buscar “chivitas”, eran unos caracolillos pegados a las rocas y se usaban para la sopa y el arroz y la cantidad de gaviotas daban fe de la riqueza de nuestro mar… ¿Ahora? Solo necesitas asomarte para ver botellas, bolsas, latas y… Nada más.

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Ya el camarón es escaso, el pulpo también, el pámpano ni se diga, las artesanías de carey ahora son de cuerno de toro (que bueno), las manitas de cangrejo no son del tamaño que recordaba y siguen cortando las dos en lugar de tomar una y dejar al cangrejo para que le crezca la otra y no muera de hambre, los cazones cada día están más lejos y los pepinos de mar que filtran el agua de mar ahora resulta que valen su peso en oro y a saquearlos (aunque la mayoría de los que lo hacen crucen de Yucatán a Isla Arena).

Tenemos una temperatura distinta a la de hace años, cada vez hay más calor y si no me creen, vean las fotos antiguas donde las damas caminaban en vestidos largos de manga y los hombres con sombrero y levita las acompañaban. Si nuestra temperatura cambió, si nuestra diversidad se modificó, también deben hacerlo las vedas, también deben de tener un castigo severo los que no las cumplan y nosotros (para variar) debemos ser conscientes que los cócteles de camarón chiquito no son otra especie sino pequeños camarones que no se han desarrollado, que un árbol no es un estorbo para ampliar la calle o levantar una barda, que no limita el desarrollo sino que es un ejemplar que hay que cuidar y al cual agradecerle y que vale más que cualquier monumento de piedra o metal.

Si hay una ley de protección a los animales y hay un caso que está en proceso por el machetazo violento e injusto a un pobre perro, no hay que congelarlo, hay que darle seguimiento y dejar el antecedente para evitar futuras agresiones.

No somos los dueños de la tierra que pisamos, somos los encargados de cuidarla y una Ceiba vivirá más que nosotros, crecerá más que nosotros y seremos afortunados si nuestros hijos ven la maravilla y el esplendor de ese árbol sagrado.

Queridas autoridades medioambientales: sabemos de sus limitaciones presupuestales, de su falta de personal, de lo complicado que resulta, pero habemos varios que deseamos que cumplan su propósito de la mejor manera y aquí estamos para ayudarles, y mientras los que no somos más que ciudadanos comunes y mortales trataremos de enseñarles con el ejemplo a nuestros hijos que cualquier vida merece respeto y que si un árbol está en el lugar por donde pasará una calle hay dos opciones, o se cambia la dirección de la calle o se trasplanta el árbol completo… Cortarlo, es un absurdo y una mentada de m… con todas sus letras.