El pasado sábado, el presidente recibió el rechazo de la mayoría del público en la inauguración del estadio de beisbol de los Diablos Rojos del México. Desde su llegada se hizo patente el desacuerdo de los aficionados con su presencia.

Al pisar el diamante del parque empezó la rechifla, el abucheo y el grito de “¡Fuera, fuera, fuera!”. Al presidente se le veía desconcertado. No estaba preparado para esta actitud de los aficionados.

El mandatario reaccionó enfrentándose con el público al que calificó de “la porra del equipo fifí” y la respuesta de los asistentes fue elevar el nivel de los abucheos y los gritos.

Aún así, más como un peleonero de barrio ofendido que como presidente, siguió en su discurso político, no deportivo, y añadió que iba a “seguir ponchando a los de la mafia del poder”. La respuesta, más abucheos.

Los asistentes al estadio pagaron su boleto, para asistir a un evento deportivo. No son un público a modo para un acto político. En el evento el presidente se equivocó dos veces.

No midió que era muy probable que en un estadio, donde los asistentes no habían sido acarreados, su mensaje, cualquiera que fuera, iba a ser recibido con chiflidos y abucheos.

Desde la rechifla al presidente Díaz Ordaz, en la inauguración de la Olimpiada en 1968 y luego en la del mundial en 1970, no ha habido ningún presidente que al presentarse en un estadio, con público de verdad, no haya sido chiflado y abucheado.

Fue un mal cálculo político o un acto de soberbia del presidente pensar que iba a ser tratado de manera distinta a sus antecesores porque, como dice con frecuencia, “yo no soy igual” a ellos. Para el caso sí lo fue.

En lo que ocurrió el sábado llama la atención, es una constante, la incapacidad del presidente de recibir y aceptar la crítica. Ante ella siempre reacciona de manera visceral y se enfrenta a quien la pronuncia.

El presidente dejó ver en el estadio la reacción de alguien que se sentía ofendido, por no ser alabado y reconocido como él quiere o piensa se lo merece. Dejó ver a alguien que solo es capaz de aceptar el reconocimiento y el aplauso.

Esta es la primera vez, ya en el cargo, que el presidente recibe el rechazo de una audiencia masiva. En el estadio había más de 20,000 personas. Y no reaccionó con la serenidad que se espera de un personaje público.

Lo que ocurrió tiene dos posibles interpretaciones: Es la reacción natural de los públicos masivos, que llenan los estadios, ante las figuras que detentan el poder o es una primera expresión de malestar ante la manera de ser y actuar del presidente. Me inclino por la primera.

El evento del sábado revela que el presidente conoce menos de lo que piensa a la ciudadanía y sus maneras de reaccionar. Puede hacer caso al mensaje a dejarlo pasar. Urge que el presidente aprenda a respetar a los que no lo alaban y le aplauden. Faltan todavía seis años.