Conozco en lo personal a Fátima Meunier Rosas y a Juan Carlos Mena Zapata. Tengo una opinión personal de ambos que me permite tenerles confianza, de saber que harán un excelente trabajo y que sus preferencias políticas y personales no influirán en las decisiones que tomen en el organismo electoral.

A Fátima la he visto crecer como persona. Tuve el privilegio de trabajar con ella cuando era reportera en el periódico EXPRESO y yo tenía a mi cargo la responsabilidad de conducir la información del diario.

No recuerdo ni una sola diferencia con ella y sí su colaboración franca, siempre disponible y siempre gentil y profesional. Su vida personal dio un giro del que ha sabido salir adelante y educar y encaminar a su hijo. Una mujer de valor.

Con Juan Carlos tuve la oportunidad de trabajar en el Fideicomiso de Ahorro de Energía (FIDE) cuando la directora era Yolanda Valladares y él fungía como subdirector financiero. En lo personal me ocupaba de la gerencia de Comunicación y Relaciones Públicas.

Primo de Nelly Márquez Zapata, Juan Carlos se destacó en el encargo por su profesionalismo, por su gentileza y siempre con ese trato amable y discreto que dispensa a quienes lo conocemos y tratamos.

En diversas discusiones he dicho que los consejeros electorales son seres humanos comunes a los que se les exige actuar conforme a la ley y a su interpretación, que debe privilegiar el bien común y los derechos ciudadanos expresados en las elecciones, pero que no por ello se les niega el derecho a votar según su preferencia, que la tienen.

Exigirle a los consejeros que sean apartidistas es no sólo correcto sino inevitable, pero lo que no puede evitarse es que tengan preferencias, simpatías y mucho menos estructura política en sus mentes.

Juan Carlos y Fátima deben tener claro que su posición no es una cuota de partido, ni una concesión graciosa de la autoridad sino una responsabilidad ciudadana que los obliga y los fuerza a actuar siempre con dignidad, con ética y con un elevado valor moral que siempre estará sujeto a su criterio, a su formación, pero sobre todo a lo que juraron respetar y acatar.

Una anécdota que siempre uso para mostrar, evidenciar el desvío de conducta es el de Elena Castillo, presidenta del órgano electoral en tiempos de la elección para un segundo periodo de Víctor Cervera Pacheco en 1995.

En una grabación a la que tuve acceso como reportero, se escucha a la señora Castillo justificar su actuación ante los enviados del PRI y del Gobierno Federal en esos comicios que habría perdido el PAN por un margen muy menor, pero sobre todo por la manipulación de actas y la falta de voluntad de la presidenta del instituto electoral.

También podría interesarte  Campechanos

-Yo voy a hacer lo que me diga Don Víctor. No puedo aceptar esa exigencia porque ustedes se irán de Yucatán, pero él se va a quedar y yo no quiero tener que explicarle por qué accedí a lo que ustedes proponen-, dijo la abogada de profesión.

Don Víctor, como le decía, era el candidato del PRI para un segundo periodo de gobierno, el único por el que sería electo y no designado como interino.

La propuesta del PRI nacional, de la secretaría de Gobernación y del presidente Ernesto Zedillo era que los comicios de Yucatán para el periodo 1995-2001 debían tener digitalizadas las actas de casilla para garantizar que no hubiera sustitución de ellas, pero sobre todo, por la tradición yucateca de que el Frente Único de Trabajadores del Volante siempre robaban las ánforas donde ganaba la oposición. Su líder, Nerio Torres Ortiz, era uno de los mejores amigos de Cervera.

La historia aquí contada es un ejemplo de lo que no debe pasar en un órgano electoral, de lo que no pueden permitir ocurra ni uno solo de los consejeros cuya razón debe ser ante todo la ética, la legalidad y no el privilegio para sus simpatías o sus afectos, mucho menos por sus compromisos.

Tengo la confianza que así será en ambos casos. De Abner Ronces no poseo ni una razón y menos conocimiento por lo que le concedo el derecho de que sus actos nos permitan a todo saber quien es él.

PD

Las religiones –las respeto a todas- explotan la ignorancia de la gente, su vacío interno, su necesidad de creer en algo o en alguien, pero en realidad ¿puede uno creer que matando gente se irá al paraíso?

Las religiones deberían hablar de vida, de la magia de hacer algo por el prójimo, no de sacrificarse asesinando para ganar adeptos, fanáticos. Las que actúan así se parecen a los que se dedican al narco: vivir bien unos años aunque matando, secuestrando, envenenando y delinquiendo aunque ello siempre los lleve a una vida muy corta.