Próximamente cumpliré 75 años de edad. Tres cuartos de siglo me han permitido valorar la importancia de poder haber vivido y disfrutar a mis padres, a mi familia, a mis amigos…

Hoy, más que nunca, reconozco la sabiduría de la Naturaleza en sus tiempos: nacer, crecer, envejecer… La vida es un proceso ininterrumpido hasta el final. Vivir cada parte de el, en plenitud, debiera ser un propósito en común. Renato Leduc, en su poema hecho canción, lo significó así : “sabia virtud de conocer el tiempo…”

El paso de los años y las experiencias que ello permiten, me han enseñado lo breve y relativo del acontecer humano. Lo transitorio de nuestra existencia terrena se hace más evidente, particularmente en esa última Estación, La Vida, que es el Invierno. Quienes hemos tenido esa maravillosa oportunidad – como adultos mayores- comenzamos a darnos cuenta plena de haber llegado a ella, cuando así de pronto vamos descubriendo que poco a poco desaparecemos, que nos convertimos en seres invisibles a los que ya no se les ve ni se les oye.

Habríamos de recordar, en especial todos quienes formamos parte de ese ya muy numeroso ejército de la “tercera edad”, o como quieran llamarnos, el papel que en nuestra juventud desempeñamos en la sociedad de la que – aún- formamos parte.

No solo nos preparamos en alguna actividad que nos permitiera seguridad económica, sino también formamos a nuestras familias, sin olvidarnos de nuestros padres.

Fue, seguramente para todos a quienes ahora denominan “senectos”, una maravillosa e inolvidable experiencia aquella que tuvimos de poder ayudar a nuestros padres y formar a nuestras propias familias. Nada fáciles esos días en los que las necesidades eran muchas, y los recursos para satisfacerlas, pocos.

Aquellos lejanos días de nuestra infancia y juventud son gratos recuerdos, sobre todo en un presente que pareciera querer cortar de tajo las experiencias del pasado, sustituyéndolas con esa mágica y emblemática expresión, CAMBIO, a cuyo solo conjuro según creen sus proféticos panegiristas, todo será mejor.

Aún a las generaciones del CAMBIO, a las actuales, la vertiginosidad y consecuencias tan imprevistas de este parecieran hasta ahora sorprenderlas. La modernidad, con lo atractivo de ese cada día diferente, es como un poderoso imán que cada vez atrae en mayor cantidad, marcando un definitivo rompimiento con todo lo que significa el pasado.

Si a nuestros hijos y a nuestros nietos, la sociedad del siglo XXI les preocupa, habría que imaginar la angustia de nosotros los “adultos mayores” de vivir un presente en el que pareciera que si no nos adaptamos, de verdad correremos el riesgo de desaparecer por completo.

Recuerdo, y lo comentamos quienes aún de nuestra generación vivimos, que cuando comenzamos nuestras familias, papá y mamá éramos actores principales. Nuestros hijos y sus amigos, cuando platicaban con nosotros, nos escuchaban con atención y respeto. Éramos, muchas veces, su modelo a seguir; esto nos hacia cuidadosos de mantener esa imagen y al mismo tiempo nos enorgullecía. Nuestros hijos y sus amigos crecieron y a su vez formaron sus propias familias. Tienen ahora sus propias vidas. Poco a poco las reuniones familiares, las de los domingos, se fueron espaciando como parte de un proceso natural. Vale la pena observar que todavía, afortunadamente, esos enriquecedores encuentros se niegan a desaparecer por completo.

Ese es un tema recurrente entre los “adultos mayores”, siempre platicamos y coincidimos que si bien, nuestros hijos y nietos están siempre con nosotros, cada vez pareciera, cosas de la modernidad, que nuestra comunicación se va diluyendo, como que se nos hace más difícil hacernos entender; ahora los escuchamos más buscando con ello establecer un puente más efectivo de relación. La tarea es difícil, pues ellos tienen su propio mundo, siempre actual, donde el cambio es permanente y no pueden sustraerse a el. Nosotros los “adultos mayores” somos diferentes. Aun cuando buscamos actualizarnos, su logro no es fácil. Lo hacemos por ellos, porque nuestros puentes siempre existan, que jamás se rompan.

Nosotros, los “invisibles”, insistimos cada amanecer de los que aun todavía nos restan por vivir, en no desaparecer; en demostrar que existimos, que sentimos, que opinamos, y que todavía votamos. Somos según el INEGI, cada día una población mayor de adultos, pues ahora la modernidad “envejece” más prontamente – por los rangos de la edad- a quienes dan paso a las nuevas generaciones de más jóvenes, que demandan su lugar.
A mis casi 75 años agradezco a Dios la oportunidad de vivir, de tener a mi lado a mi esposa, a mi familia, a mis amigos. El tiempo no pasa en balde; muchos con quienes antes conviví ya no están físicamente conmigo; sin embargo los siento siempre a mi lado, pues no los olvido. Dicen que nadie muere mientras no se le olvide; yo creo en ello.
En el resto de los días que me queden de vida terrena, trataré de continuar enmendando mis errores para ganarme el cariño de mi familia y el afecto de mis amigos. Espero lograrlo.
El valor de la amistad adquiere con los años una plusvalía espiritual enriquecedora. Con mis “pares”, aquellos que generacionalmente conviven conmigo, he aprendido de sus muchas experiencias. Nuestras reuniones son amenas, sinceras, francas. Hablamos de nosotros, de nuestras familias, de nuestros sueños; nunca el pesimismo nos gana, tal vez pecamos de optimistas pues queremos un mundo mejor, y eso hoy se antoja una tarea más difícil que la que le pusieron a Hércules como castigo.