Un gobernante legítimo no necesita dar un manazo en la mesa para acreditar que tiene el poder; no necesita lesionar, perjudicar a cientos de miles de personas para dejar claro que él es el que manda; no necesita responsabilizar a otros para las decisiones que él tiene que tomar y que puede tomar debido a su legitimidad.

Cuando todo eso pasa, lo único que queda claro es que ese gobernante no tiene la certeza de su poder y tiene que exhibirlo, que exponerlo, que demostrarlo y cuando un poderoso no está seguro de lo que puede o no hacer es entonces cuando se convierte en un peligro.

Así es siempre. La debilidad de Díaz Ordaz lo llevó a aceptar la propuesta de Luis Echeverría, habría que reprimir para que sirviera de ejemplo. Nunca consideraron que había que platicar, dialogar y acordar. Uno con todo el poder y el otro deseando heredarlo.

Lo que hemos visto estos largos meses de transición política no es más que el ejemplo de lo que ya no sirve y que, se supone, la sociedad decidió cambiar en las elecciones de julio pasado.
Sin embargo, para quienes nunca participan en política la única referencia de lo que debía hacerse era regresar al viejo PRI al poder sin darse cuenta de que ese partidazo había tenido su máxima expresión de cinismo con Enrique Peña Nieto y su caterva de gobernadores encarcelados, defenestrados…

La gente se hartó de que no hubieran cambios reales en el país: que los pobres siguieran siéndolo, que se multiplicaran, que las mismas familias siguieran a cargo de la riqueza nacional sin repartirla, y cayeron en el garlito más viejo: enfrentar al pueblo bueno contra la mafia del poder.

Y resulta que después de la elección el dinosaurio seguía ahí. Como un transformer, Andrés Manuel se mostró como cada auditorio quería, como cada audiencia quería escucharlo y quienes no saben vivir fuera del presupuesto se fueron sumando uno a uno al nuevo mesías.

Y las promesas fueron cayendo una por una: sacar al ejército del combate al narco para pacificar al país se convirtió en una policía militar en la que se funden militares y navales en contra de lo que se ofreció; sin tomar posesión, se agredió a más de 45 mil trabajadores y se canceló un aeropuerto porque las cinco familias que lo edificaban representaban la mafia del poder y eran corruptas: hoy esas cinco familias se integraron como “consultores” del poder del nuevo gobierno y aunque sí se canceló el aeropuerto ninguno de ellos será acusado o procesado por esa corrupción denunciada. No, al contrario, se les sumó al gobierno.

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Y se molestaban porque Peña entregaba obras públicas a sus amigos y parientes y para no caer en ello se creó una ley que evita tener que concursar las obras y le permite al presidente y su gabinete, los que defendían la legalidad y el combate a la corrupción, un fast track para hacer lo que necesiten. Al cabo, ellos sí son honrados y nosotros no tenemos qué revisar lo que ellos hacen sino confiar en su palabra.

Los diputados, esos seres desprestigiados que sólo eran levantadedos del PRI y el mayoriteo a sus opositores, se convirtieron en automático -al ser electos por mayoría los candidatos de Morena- en honorables apoyadores del presidente, incapaces de criticar, incapaces de votar en contra.

Consumada la farsa de cambiar para que todo siga igual o peor, Andrés Manuel López Obrador tendrá su fiscal carnal gracias a un Congreso que le permitirá no sólo eso sino repartir el ingreso público en clientelas políticas, esas que usará para consolidar su poder y con él elegir a los candidatos de su preferencia para que él siga gobernando porque, después de todo, el sufragio efectivo y la no reelección provocó e inspiró una revolución: la mexicana.

Y mientras la oposición no termina de entender qué le pasó, López se apresta a engañarnos con una consulta que él admite ya no será imparcial –son propuestas de campaña- con la complicidad de la mayoría de gobernadores del país, con la complicidad de los líderes de oposición y con la complicidad de sus seguidores porque a ellos nadie les preguntaba y ahora sí.
Como ya entendimos que con los políticos no contamos sólo queda preguntarnos: ¿y la sociedad civil? Esa que luchó contra el fiscal de Peña, su corrupción, que denunció los negocios de la SCT, los atropellos de los gobernadores, los fraudes y abusos de los secretarios, las violaciones de los derechos humanos a manos de policías, ministerios públicos, y militares.

Sólo queda preguntarnos: ¿todo eso contra lo que se luchó y que nos ofrecieron sería distinto ya no importa cuando se tiene el poder?