Emiliano Canul Aké, Adriana Avilés Avilés y Andrea Martínez Aguilar son ejemplos de lo que sucede a un militante de Morena que logra un triunfo y no acepta ser un pelele, “Juanito” o parapeto de quienes manejan ese partido.

Queda claro que lo que pasó en Iztapalapa con Rafael Acosta Ángeles, conocido como “Juanito”, no es sólo una anécdota sino un estilo de hacer política, una manera de cómo, quien posee la franquicia de Morena, domestica, doblega y hasta supedita a quienes están a su lado.

El populismo autoritario de López Obrador no sólo evidencia que la manipulación opera sino que el hartazgo ciudadano está en su máxima expresión al voltear a ver a un político rancio como una opción válida argumentando que es lo menos malo cuando eso es verdaderamente falso.

Debo decirles que desde 1997, cuando conocí a López Obrador, mi opinión sobre su conducta se ha ido solidificando porque sus actos me dejan claro que no sólo no es un mesías salvador sino que toda su actuación ha sido para sacar un provecho personal y familiar que no sólo no oculta sino que se evidencia con las posiciones de cada uno de sus hijos e incondicionales.

Algunos periódicos publicaron ayer jueves tremendos reportajes sobre cómo se da el reparto de los sueldos y salarios entre los familiares de quienes están encumbrados en ese partido. No es nada nuevo y eso es precisamente lo preocupante: quienes se venden como la mejor opción o quienes nos salvarán de la depredación ofensiva sólo acreditan con sus actos que eso es auténticamente una esperanza porque en los hechos ellos también están haciendo lo mismo que los que, aseguran, ya no son opción.

Eso es lo frustrante. Andrés Manuel habla de que no le interesa el dinero, pero vive muy bien sin que sepamos cómo ni de dónde vienen sus ingresos; habla del nepotismo de la mafia del poder, pero sus hijos e incondicionales y familiares son los que llevan la batuta en Morena; nos dice que PRI, PAN y PRD nos están saqueando y aunque es verdad él no da muestras de que vaya a hacerlo diferente.

Otra incongruencia es desestimar al Instituto Federal Electoral pero aceptarle más de 400 millones de pesos anuales como parte de sus prerrogativas.

Hoy el tema es que la gente no puede caer en el garlito de que Andrés es el menos malo y no puede serlo quien usa todo tipo de estrategias políticas chicaneras que no sólo acreditan la misma falta de ética de sus adversarios sino que exhibe exactamente lo mismo que ha llevado al desprestigio a todos: el fin justifica los medios.

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Andrés, como le dicen sus cercanos, además se ha reunido con lo peor del priismo de todos los tiempos.

En su desesperación porque la tercera es la vencida ha tenido reuniones con gente como Ulises Ruiz, el nefasto ex gobernador de Oaxaca; se ha aliado con Manuel Barttlet quien fue el responsable del fraude electoral que hizo presidente a Carlos Salinas; con Layda Sansores, hija de un cacique local defenestrado por su corrupción y deslealtad.

Hoy, hasta los cercanos a Andrés están pensado en hacerse a un lado. Ricardo Monrreal, un priista resentido porque no fue candidato a gobernador del tricolor y ha sido uno de los alfiles del tabasqueño, sopesa ir con el PRD, en fórmula con Miguel Mancera, para ser gobernador de la Ciudad de México y Mancera candidato presidencial.

López Obrador ha tenido también la fortuna de que el que pintaba para ser el mejor sexenio de muchos años gracias a las grandes reformas, se fue desfondando hasta llegar a índices de aceptación que hacen previsible una derrota absoluta ante los escándalos de los ex gobernadores ofrecidos como el mejor ejemplo del nuevo priismo y las evidencias de corrupción.

La crisis de partido pareciera no incluir a Morena sólo porque ese partido no ha gobernado, pero la realidad es que él, López Obrador, sí y su gestión al frente del gobierno capitalino no puede verse como innovadora, genial ni maravillosa al extremo que los vicios más serios de la ciudad permanecen: prostitución, trata, ambulantaje, corrupción en obras públicas, en delegaciones no sólo porque él no hizo nada para resolverlos sino se benefició de ellas.

Los escándalos de López parecieran no pesarle: Ponce y sus millones apostados en Las Vegas; Bejarano y sus dólares entregados por Ahumada; su derrota que lo llevó a dañar a todos los comercios de Reforma en 2006, similar a lo que hizo Layda aquí en 1997.

La realidad no puede dejar de verse. El análisis aplica para todos los que han sido gobierno en México y han acreditado su manera de gobernar. López, aunque tenga muchos seguidores, no ha representado innovación, diferencia, aunque en Campeche un ex gobernador priista lo llene de elogios.