El primer nombramiento de “El Bronco” en Nuevo León dejó a más de uno con el ojo cuadrado: el procurador de la entidad tiene antecedentes penales y ha estado vinculado con el crimen organizado y actos de prepotencia y soberbia.

Los nombramientos de un gobierno son fundamentales, más si son de una administración que inicia y habla de terminar con las prácticas políticas viciadas que, precisamente, le dieron el triunfo por considerarlo una buena opción.

Me declaro intransigente ante el hecho de declararse honesto y limpio. Hoy, en el mundo, quien hable de ello tendría que poder acreditarlo con los actos de su vida y no porque todos los que deseen o lleguen a ser gobernantes deban tener una conducta intachable. Hay ejemplos contundentes de que eso tampoco garantiza eficiencia o pretensiones de dictadorzuelo.

Las personas nos definimos por nuestros actos y no es diferente para quienes se desempeñan como gobernantes. Por el contrario, los actos de un gobierno afectan ya que benefician o lesionan a mucha gente y si bien la premisa es el bien común, no puede dejarse de lado que el gobernante tiene como condición ser el promotor de la armonía en un pueblo, tanto en lo político como en lo económico.

Quien llegue a venderse como independiente para lograr un cargo público no sólo necesita no ser militante de un partido. El tema, desde mi personal óptica, no es sólo que no haya vinculación de militancia porque, vale aseverarlo, hay gente que nunca se ha afiliado a un partido pero está tan comprometida o vinculada a intereses que eso mismo lo hace inelegible.

Es muy fácil, como hace López Obrador, echarle la culpa a la “mafia del poder” a todo lo que no convenga o no apoye, pero la realidad es que la saciedad por la mala conducta pública de muchos políticos está llevando a la sociedad a tomar decisiones que no necesariamente son las más inteligentes.

Soy promotor a ultranza de probar nuevas formas de gobierno, me he negado reiteradamente a tener filiación partidista desde mi posición periodística, pero ello no me impide tener intereses personales y afectivos que, desde cualquier óptica, podría desviar mis decisiones aunque hayan las más sanas intenciones. Sin embargo, no me interesa ser ni juez de paz en Poc Boc.

También podría interesarte  La revolución tecnológica: su impacto

Ese autoanálisis no creo que lo estén haciendo quienes desean gobernarnos y menos la sociedad que pareciera caer en el garlito de creerse que los independientes lo son por no tener militancia partidista o por haber renunciado a su partido meses o años antes.

No todos los políticos de partido son malos como tampoco son puros todos los que son apartidista aunque no apolíticos. Nada más maniqueo y populista.

La reflexión real de la sociedad debe ser si como ciudadanos estamos ejerciendo esa presión y vigilancia sana que debiéramos sobre quienes nos gobiernan porque buena parte de la actitud de un gobernante tiene que ver con la fortaleza de la sociedad que lo vigila y, hay que decirlo, los excesos se han dado porque nadie se atreve a dar la cara para la denuncia, para la presión sólida contra una autoridad atrabiliaria o corrupta.

Muchos hablan del gobierno que merecemos y otros se rasgan las vestiduras cuando se usa esa afirmación, pero la realidad es que el grado de civilidad de muchos ciudadanos es directamente proporcional con su distancia al erario y, muchas veces, hasta hablar de ejemplos en el ejercicio de la función pública lesiona a quien actúa con verticalidad y hasta reclamos merece si llega a difundirse como una buena práctica.

¿En verdad estamos haciendo bien en votar por independientes? Creo que el hartazgo de los partidos obliga y fuerza a enviarles un mensaje claro: ya nos cansamos, pero elegir a un independiente sin que lo conozcamos con plenitud no parece una opción sólida si no hay la garantía de esa independencia que mucho se presume, pero poco se acredita.

¿Podremos saber si ese candidato no está en quiebra y la política es su única opción?, ¿podemos acreditar que sea una persona con conocimientos y solidez moral para administrar la hacienda pública?

La crisis de los gobiernos no es sólo una realidad en México, pero tampoco podemos darnos por vencidos en la búsqueda de una autoridad que nos deje satisfechos, pero la violencia y el enfrentamiento nunca será la mejor opción, aunque las tentaciones nos acechen.

P.D.

Pregunta obligada: ¿tienen los ayuntamientos para liquidar a los que despiden? Si no, sólo agravan las crisis que reciben y lesionan peor a los ciudadanos.