Dejo para el martes la narrativa del México de perpetua crisis que nos ha tocado vivir a quienes nacimos a partir de los 60´s para darle espacio a la discusión de la semana: la revocación de mandato.
La propuesta mañosa del presidente López pretende que desde el gobierno se provoque a la sociedad para decirle si desea que siga o no con su gestión, pero en verdad la idea es que él aparezca en la boleta electoral para influir en los comicios y con ello garantizarse una mayoría legislativa, como tiene ahora.
Ni en los tiempos del PRI hegemónico hubo tan excesivo abuso. Nunca, jamás, un presidente usaba su imagen y su labor para hacer campaña y menos durante una elección intermedia. En los hechos, López pretende que quienes llevaron a ambas cámaras a legisladores desconocidos y hasta ignorantes o poco preparados que nos han aportado toda una gama de lecciones increíbles, por decir lo menos, repitan la práctica de votar por gente que hará lo que su presidente les diga, faltaba más, para eso es el presidente de la República.
De hecho, en la realidad, la gente votó por un presidente que ejerza el poder durante el sexenio y la Constitución confirma que ese es el periodo, pero López seguro intentará hacerlo porque “el pueblo manda y quita o pone”.
Cuando fue jefe de gobierno del entonces Distrito Federal se le preguntó si quería ser candidato presidencial y cínico aseveró que “a mi, que me den por muerto”, pero finalmente contendió y aunque violentó una orden judicial, se le favoreció para no desaforarlo y que pudiera ser candidato perredista a la presidencia contra Felipe Calderón Hinojosa. El intento de anular a López fue excesivo, pero ni así logró ganarle a Calderón, como bien admite la encuestadora Covarrubias quien comenta que le informó de su picada en la aceptación popular a raíz de sus ofensas a Fox al exigirle “cállate chachalaca”.
Después de esa incursión que lo llevó a convertirse en “presidente legítimo”, pero no a probar el fraude que, según él, lo despojó. Después dijo que se iría a su rancho si perdía la elección con Peña Nieto y no lo hizo a pesar de que esta vez perdió por más de 3 millones de votos.
Ahora, firmó un documento en el que garantiza su pretensión de no reelegirse como presidente, pero que tampoco tendrá validez porque si el pueblo se encapricha repetirá en el encargo porque quien es él para negársele a ese pueblo que lo aclama.
Ni la Constitución se lo impedirá porque “el pueblo tiene derecho a cambiar de gobierno si así lo considera”. Además, como él no se pertenece, pues cederá: no es nadie para negarle al país los beneficios de su Cuarta Transformación.
El problema real es que no le creo al presidente. Es más, parece demasiado básico hablar de no mentir, no traicionar y no robar para hacer exactamente eso: lo mismo de quienes lo antecedieron.
López Obrador no parará aunque para eso engañe a la gente: nunca la revocación del mandato la pide el gobernante y menos en periodo electoral. Siempre la revocación del mandato se da por presión social y es en ese tenor cuando se acredita si se tiene la mayoría real para sostenerse o debe de convocarse a elecciones extraordinarias ante la derrota de la opinión pública expresada de esa manera.
El presidente López ha engañado a muchos tratando de fingirse como un adalid de la izquierda cuando en realidad es un conservador que lo mismo niega pronunciarse contra el embarazo, que liquida a miles de burócratas para que esos sueldos le sirvan para comprar clientelas políticas.
López Obrador, en el más puro estilo neolibral, reduce al Estado para poder tener recursos suficientes para pagarle a su clientela política para votar por él y los suyos. Ganó la elección con 30 millones de votos, pero ya reciben “apoyos” universales 25 millones de mexicanos que serían sus incondicionales siempre y cuando reciban ese dinerito cada mes. Si llegase, como está siendo, a perder seguidores, pues esos se suplen con los beneficiados con los programas sociales dispuestos a no perder esos
privilegios.
Para nadie es un secreto que el presidente ya destinó 44 mil millones de pesos para becas de capacitación en las que las empresas que la den no tendrán una obligatoriedad de contratar al capacitado terminado su adiestramiento ni de erogar un centavo: el paraíso empresarial tendrá empleados en capacitación sin que le cueste y sin que haya contrato forzoso, pero recibiendo dinero del gobierno.
López no se detendrá: por eso es ocioso discutir la revocación de mandato con alguien que ya decidió que el pueblo lo puso, y el pueblo puede sostenerlo, repartiéndole dinero, claro.