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Marcelino Pereyó, por su lucha, por su polémica vida

En lo que se niegan a aceptar sea una campaña, Claudia Sheimbaun Pardo, Ricardo Monreal Ávila y Martí Batres Guadarrama andan recorriendo medios de comunicación anunciando la buena nueva: quieren gobernar Ciudad de México.

Lo niegan y aseguran que sólo proponen su visión de lo que la capital necesita, pero lo que más niegan es que Andrés Manuel López Obrador decida quien será el candidato de Morena y aducen una encuesta para la definición.

No, la realidad no es así. Andrés vive añorando los años 70´s cuando imperaba la economía mixta y el dedazo presidencial era absoluto y hasta sagrado. Él quiere regresar a ese pasado: Luis Echeverría dijo en 1973 que la política se manejaba desde Los Pinos cuando despidió a Hugo B. Margain por proponer una reforma fiscal que ponía en orden las finanzas luego del exagerado gasto del gobierno de Echeverría.

El secretario de Hacienda de la época se negó a ejecutar las órdenes de gasto del Presidente al exponer que la deuda externa y la interna tenía un límite, que se había llegado a él pero su sucesor, José López Portillo, le demostró que el populismo macroeconómico de Echeverría podía llevar la inflación a dos dígitos, como sucedió.

El déficit de cuenta corriente se disparó con el déficit en las finanzas públicas y en 1974 y 76 se dieron grandes fugas de capital al pasar la deuda externa en 1970 de 4,263 millones de dólares a 19,600 millones. Para la toma de posesión de López Portillo los bancos ya no estaban prestado y el Fondo Monetario Internacional proponía un ajuste de tres años para superar la crisis económica.

En 1977 el país se encuentra al borde de declararse en moratoria de pagos y López Portillo decide anunciar que estamos nadando en petróleo y que había que administrar una riqueza que estaba en el subsuelo, pero no había recursos para explotarla, por ello vuelve a endeudarse para hacerlo y deciden elevarle los impuestos a Pemex.

En 1981 las tasas de interés se elevan pero el precio del petróleo disminuye y es ahí cuando la lógica económica aconseja devaluar la moneda. No se hace, el endeudamiento sigue, se pierden clientes por mantener elevado el precio crudo y empieza otra vez una fuga de capitales. La sangría se mantiene hasta 1982 cuando la moneda se devalúa en febrero y en junio se cierran para el país los mercados de capital.

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El país se declara en moratoria y es cuando se nacionaliza la banca. Es en 1990 cuando México, con el plan Brady, renegocia su deuda y regresa a los mercados de capital, pero la historia habría de repetirse en 1994.

Al país no le conviene regresar a una política de economía mixta. Las decisiones políticas sobre la economía han llevado al país a un desastre económico y la injerencia presidencial sobre el manejo económico por razones políticas terminaron endeudando a México y haciendo imposible desarrollar positivamente su industria petrolera.

Hoy, el petróleo, como en los tiempos de López Portillo, no tiene el país dinero para explotarlo, extraerlo y menos hacer investigación para determinar las reservas probadas y precisamente eso es lo que harán las empresas involucradas en la reforma energética, pagando al país por hacerlo con una parte de sus hallazgos. El petróleo de los mexicanos sirvió poco a los mexicanos y mucho a los políticos.

Revertir las reformas y detener la construcción del nuevo aeropuerto capitalino sería un error que dañarían sobre todo al Estado de México y generaría no sólo deudas impagables sino demandas al gobierno mexicano por incumplimientos de contratos.

Por lo anterior, aunque Sheimbaun, Batres y Monreal señalen que Andrés Manuel no decidirá quienes serán sus candidatos ni a Jefe de Gobierno ni a alcaldes -incluidos los de las delegaciones convertidas en municipios-, ni a gobernadores, la realidad los traiciona porque para nadie es desconocido que los coordinadores organizativos registrados en la capital, como los promotores de la soberanía nacional en los estados serán los candidatos a registrar por Morena para los comicios del 2018, como sucedió en las elecciones pasadas.

En los hechos, López Obrador ya demostró su falta de vocación democrática, mandó al diablo a las instituciones, afectó a cientos de comercios en el Distrito Federal y las muestras de recibir dinero sucio son una decena. Lo que nos falta ahora es permitir que el “dedazo” se disfrace y con el dedito mágico regresemos a una tradición que es hora de desterrar.

No vale pasar del “dedazo” al “dedo mágico” si lo que queremos es un cambio en el país, no un retroceso.