Me encanta que vengan los candidatos, es algo así como una dosis de optimismo en la que todos dicen que van a ganar y nadie, nunca, ni con manita de puerco dirá que los números no lo favorecen, esa forma de creer es maravillosa y todos los asistentes se contagian del ánimo, de la invencibilidad, del “ya ganamos” grito histórico en que, aunque no se haga nada, no importa, hay espacio para todos.

Vino Meade y fue una fiesta, los otros candidatos vendrán pronto, lo han hecho como precandidatos pero ahora lo harán en plena carrera. Faltará ver si a ellos se les recibe con la pompa y algarabía con que el candidato del PRI-PANAL-PVEM fue recibido en el que históricamente ha sido bastión priísta.

Como dije, me encanta que vengan los candidatos y no, esta vez no es por la dosis de optimismo, es, un poco más pragmático, me encanta que vengan porque así, podemos enseñarles lo que nos hace falta. A nuestros candidatos deberíamos llevarlos por nuestras calles destrozadas, por nuestras peores zonas habitacionales, por donde la maleza crece sin control, pararlos en la orilla del mar de Champotón y señalar el lugar donde los peces muertos aparecieron y que aún no conocemos la razón, debimos parar en los locales de Cd. del Carmen donde permanecen las cortinas bajadas producto del desempleo, de la desaceleración económica. Es decir, debemos llevarlos a donde están nuestros conflictos, nuestras carencias, nuestras dificultades y pedirles que, en caso de ganar, recuerden que podemos tener los mejores paisajes del mundo, ser una potencia turística en bruto, tener un maravilloso porvenir agroindustrial pero, que por el momento estamos en una situación delicada de la que no tenemos del todo la culpa pero sí, la afectación, que podemos aplaudirles a rabiar y decirles que estamos con ellos pero que deben de dejarnos de ver como la minúscula proporción de votos de la lista nominal y empezar a vernos como pieza insustituible del porvenir de la Federación.

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Me encanta que vengan los candidatos, no solo los que “juegan por la grande”, también me gusta que vengan mis candidatos locales, toquen, no importa del partido que sean, tendrán un vaso con agua (solo para ustedes, no me da para todo el séquito) y, en caso de que sus avanzadas no pasaran previamente, tenemos mucho por platicar, desde ese callejón oscuro, del bache eterno, del caos vial, del olor a gasolina, de las veces que nos han robado, de los topes que van y vienen y claro, también escucharé sus propuestas que, espero, sean acciones concretas (legisladores federales) para la generación de empleo y distribución de riqueza a través de una iniciativa para hacer deducible la nómina de las empresas o (alcaldes) la rapidez en solución a las quejas de servicios públicos a través de subir una foto a la app municipal en la que aparecerá cuando se subió y cuando se solucionará o el poder pagar en cualquier tienda de autoservicio los servicios municipales, digo, ya hasta los bancos lo hacen.

Ahora bien, si no tienen tiempo o no estamos en casa, deslicen por debajo de la puerta su propaganda pero, pónganle un número al cual podamos comunicarnos para hacerles llegar nuestras inquietudes pues ¿de eso se trata no? De comunicación efectiva, de generar confianza, de que elijamos su opción por encima de las otras y para eso, debemos compararlas, analizarlas, entenderlas y, por supuesto, ser parte de las soluciones. Solo eviten confundirse a la hora de prometer, no es hacerlo por hacerlo, ni decir que serán los mejores del “mundo mundial” pues eso es una evaluación que haremos nosotros si llegan y después de ver su desempeño.

Vengan candidatos, necesitamos dosis de optimismo pues, en estos momentos, hasta las sonrisas forzadas son mejores que nuestra lamentable y triste realidad.