No es posible hablar de democracia sin valorar el importante papel que la educación tiene para su práctica plena y convencida. Una sociedad en la que todos sus sectores reciben el beneficio de una educación de calidad, es sin duda capaz de decidir quienes deberían de gobernarla.

Por el contrario la ignorancia siempre hace presa fácil a la ciudadanía, de aquellos intereses que haciendo a un lado las verdaderas demandas comunitarias provocan sin un análisis serio y responsable, que se vote por quienes hacen pensar que son ellos… o el diluvio.

El miedo al cambio y con ello obviamente dar el gran salto democratizador que el ejercicio pleno de la práctica política requiere, pareciera hoy abrir interrogantes todavía no despejadas a plenitud respecto a cual será la decisión final de los mexicanos en las elecciones del 1 de julio.

El compromiso de respeto a los resultados de ese próximo proceso electoral debiera ser la evidencia plena de una ciudadanía convencida, sobre todo en estos cruciales momentos, de la necesidad de sentar las bases de que la unidad está por encima de viscerales controversias partidistas que pudieran, ante la cerrazón al diálogo, provocar una desestabilización cuyos resultados pondrían en riesgo la paz social en la que vivimos.

La educación para el cambio es factor de equilibrio en la transformación y modernización de este México en pleno desarrollo. Aterrizar los proyectos en hechos concretos impedirían que la demagogia populista endulce y subyugue el espíritu de una sociedad que requiere de menos palabras, y más realizaciones.

Pese a que la educación no representa en México un beneficio cuyos resultados de calidad lleguen a plenitud a todos los sectores sociales, no puede desestimarse que sus efectos se convierten en detonantes populares puesto que hasta en los más apartados confines de nuestra geografía nacional un servicio educativo, junto con sus alumnos, maestros y padres de familia, en la comunidad donde se ubique, procura el logro de un mejor México.

Si la educación es motivadora de cambios, es incongruente insistir, porque así conviene a quienes apuestan a que estos llegaran con retraso, en hacer como que nada pasa y todo sigue igual. Si está nublado y truena, es que va a a llover y hay que prepararse y no estar desprevenido cuando caiga la tormenta. Más vale prevenir que lamentar… así reza el refrán popular. Aquellos estribillos tan repetidos: “nada pasará”, “esto no cambiará”, “ya verás que no sucederá lo que dicen”, pierden cada vez más seguidores ante la elocuencia de esta transformante realidad que no solo cimbra de raíz a México, sino que sus efectos sacuden, cambian y reordenan los sistemas políticos de naciones en las que hasta hace pocos años nadie, o muy pocos, pensaban que esto pudiera suceder.

En esta etapa de transición social, política, y económica en la que estamos inmersos, la educación juega un papel importante en la consolidación de la democracia como factor indispensable para el logro, en respetuosa libertad, de más y mejores metas en favor de México.

Reflexionar sobre lo anterior debiera ser obligada actitud, previa al establecimiento del compromiso de continuar y mejorar la tarea educativa hasta ahora realizada, revisando sus avances y evaluando con objetividad sus fallas y limitaciones.