El uno de diciembre los mexicanos tuvieron la oportunidad de ver con la banda presidencial a su candidato. Por desgracia, ni la investidura ni la banda cambió el discurso ni la actitud de Andrés Manuel López Obrador que mantuvo su postura de lanzar discursos solo para sus seguidores.

En su rueda de prensa del lunes pasado, el presidente siguió refiriéndose a sus adversarios, a los que se oponen a su proyecto dejando en claro que, al menos para él, habrá dos Méxicos: los que lo apoyan y los que ve como adversarios.
No es un presidente para todos. Marcará sus diferencias y, por lo que oímos, no fomentará la unión, ni la reconciliación en un país de por sí muy polarizado. Con demasiadas discordias.

Para quienes siempre, desde los años 90´s, hemos sido sus críticos, el presidente en funciones sólo tuvo amenazas y confrontación como si quisiera cobrarse ahora la factura a quienes nos opusimos como ciudadanos y periodistas a sus dos candidaturas presidenciales fallidas.

Es como si no terminara de aceptar que la campaña ya pasó o como si nos dijera a todos, desde el primer día, que lo suyo será seguir en campaña y seguir polarizando a la sociedad entre los buenos –aquellos que lo apoyan- y los malos, personificados por quienes no creemos en su proyecto. Necesita tener adversarios para poder justificar sus acciones.
En este México moderno, el proyecto de López Obrador tiene que ver con el pasado, ese que tanto justifica y pone de ejemplo. Para él, la corrupción no existía como tal cuando Miguel Alemán, presidente de la República, fundó con Emilio Azcárraga lo que hoy es Televisa o menos cuando Abelardo Rodríguez como presidente se asoció con Alphonse Capone para fundar los casinos Caliente en Baja California.

López idolatra el desarrollo estabilizador del país desde el gobierno de Ruiz Cortinez en 1940 hasta el de Díaz Ordaz en 1970, precisamente la época en la que él inicia su militancia en el PRI.

Para él, lo mejor del PRI se dio hasta 1988 cuando renuncia al tricolor para adherirse a Cuauhtémoc Cárdenas y la corriente opositora a Miguel de la Madrid y Carlos Salinas.

Su discurso no tuvo espacio para la sociedad civil, ni para los estados y sus gobernadores, menos para los temas que en México ya estamos esperando: nuevas tecnologías, incentivar las energías limpias y alternativas y menos para los organismos autónomos.

Sin embargo, luego de la toma de posesión oficial, López Obrador rompió el protocolo y juró ante signos religiosos de grupos indígenas: de los símbolos a los amuletos.

De protestar cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanan a anunciar que no perseguirá a nadie, que terminará la corrupción optando por darle impunidad a quienes han violentado la ley.

Su discurso tampoco tuvo espacio para los otros infractores integrados en la delincuencia organizada. Es como si los corruptos fueran más peligrosos y graves que los que asesinan a ciudadanos para poder mantener su negocio de tráfico de drogas, secuestro y demás actos violentos.

Es como si el Ejército y la Marina fueran los únicos con capacidad para combatir la inseguridad y tan es así que no hubo tampoco mención alguna a temas como el fortalecimiento y capacitación de la policía civil que el país necesita.

Pero tampoco hubo un posicionamiento que permita ver que el nuevo gobierno tratará de insertarse en el mundo y menos de la rendición de cuentas y transparencia en los que el país logró avances incuestionables, pero insuficientes.

El mensaje presidencial pareció a ratos tratar de moldear una terca realidad a una empecinada idea de cambiarlo todo sólo con el discurso. Es como si copiara al pie de la letra lo que dice en su libro La Salida en 2017 y como si el mundo y el país no hubiera cambiado en absoluto en estos dos años.

De la toma de posesión, lo rescatable es el contraste de la belicosidad que habíamos visto en el Congreso en las tomas de posesión de Vicente Fox o Felipe Calderón, o del mismo Peña Nieto cuando los priistas eufóricos gritaban consignas contra los presidentes que rendían protesta. Esta vez, nadie le rebatió nada a López Obrador y eso que, en su discurso, abofeteó a una administración a la que calificó de corrupta, dañina y la peor de la historia del país. ¿El que calla otorga?