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El fin del sexenio presidencial de Enrique Peña Nieto está sacando a relucir lo peor de todos los actores políticos. Es como si la baja popularidad del titular del Ejecutivo fuese transfundida a todos los partidos que ahora creen que la sociedad soporta todo.

Los espectáculos dantescos que hoy vemos en Morena, PAN y PRD sólo podrían entenderse como la urgencia que tienen todos por capitalizar la baja popularidad de un partido político –el tricolor- que sólo ha visto como le fallan a la sociedad en su nombre quienes postulan.

La degradación del actual momento político pasa por la sucia gestión de 11 gobernadores vinculados -8 de ellos con el narcotráfico- a delitos que lo mismo tienen que ver con el despojo de bienes al erario hasta excesos como los vistos en Roberto Borge y Javier Duarte, por citar sólo lo más emblemáticos y “ejemplos” del nuevo priismo.

Nadie pareciera salvarse de esta feria de excesos cometidos al amparo del poder y quizá es precisamente porque la impunidad y la falta de castigo saben que son las ventajas al tener relaciones políticas.

Para los priistas el sexenio de mayor corrupción fue el de Felipe Calderón.  Lo decían con la certeza del que quiere que lo vean con benevolencia: el peor no soy yo; sin embargo, al llegar al poder trataron de conseguir de nuevo la corona del nada digno campeonato y lo lograron.

En el camino quedaron Amalia García, el propio Ricardo Monreal, ambos de Zacatecas;  el químico Granier, de Tabasco; y Rosario Robles, jefa de gobierno capitalina, y les siguieron Padres en Sonora, Jesús Reyna en Michoacán, por citar a los más visibles.

De acuerdo con Excélsior, en la segunda edición del documento “México: Anatomía de la Corrupción”, presentado por María Amparo Casar a finales de 2016, se establece que “ejemplo ilustrativo son las denuncias, averiguaciones y consignaciones relacionadas a los presuntos actos de corrupción protagonizados por los gobernadores y exhibidos por el periodismo de investigación. Entre 2000 y 2013, periodo en el que México tuvo 63 gobernadores, la prensa reportó 71 casos de corrupción por parte de 41 gobernadores. De estos, sólo 16 casos fueron investigados y únicamente cinco gobernadores fueron procesados y encontrados culpables”.

Mario Villanueva, Tomás Yarrington, Eugenio Hernández, Pablo Salazar Mediguchía y quizá el más emblemático Humberto Moreira parecieran quedar en el pasado.

En el PAN, la decisión del dirigente de hacer pataleta por la exhibida de una fortuna familiar poco clara, lo llevó a tomar la decisión de que el pleno de los senadores de su partido no acudiera a la toma de posesión de la nueva directiva de la cámara alta. La decisión no fue aceptada por los senadores Cordero, Lavalle, Gil Zuahrt, Vega Casillas y Lozano quienes validaron la toma de posesión de Cordero para presidir la cámara alta.

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La dirigencia panista se ha radicalizado ante la exhibida de su presidente nacional quien asegura que las notas periodisticas tienen como origen el gobierno federal por no aceptar el pase automático a la Fiscalía del actual titular de la PGR:

Pero el affair de los panistas no fue lo único de la semana que terminó.

Morena aportó su granito porque vaya que tuvo siete días para aclarar las encuestas con las que ganó Claudia Sheimbaun la candidatura de la gubernatura capitalina ante la inconformidad y argumentos sólidos presentados por Ricardo Monreal. López Obrador tampoco salió a justificar o aclarar la decisión de su “dedito” y todos los medios exhibieron esa actitud que en mucho recordó el dedazo presidencial de los 60´s o 70´s y el fraude patriótico priista: el pueblo bueno necesita ser salvado.

La realidad es que la preparación e inicio de los comicios de 2018 pareciera ser una oportunidad para que todos los partidos nos digan a la sociedad que vaya que tienen defectos, vicios y que si decidimos elegirlos para la presidencia pues que no nos quejemos de sus latrocinios y errores.

Si saben cómo somos, para qué nos invitan, pareciera la maxima de cada uno.

Así, los enfrentamiento en el PAN amenazan con desmoronar una posibilidad sólida que tienen de ganar la presidencia con más de 16 gobernadores de ese partido, cifra que nunca antes había logrado, en medio de una guerra intestina.

En Morena, Andrés ha ratificado que él mismo es su peor enemigo y esa manera vertical de tomar decisiones ya empieza a generarle una inconformidad sumada a los raros vínculos con dinero poco honesto.

En el PRD la desbandada continúa y sólo una coalición podría sacarlo de esa espiral a la baja que hoy enfrenta a pesar de gobernar la capital del país.

Todo mientras el PRI aparece en tercer sitio, en todas las encuestas.