La fortaleza de Andrés Manuel está en las ausencias que lo precedieron. No se minimiza su movimiento, pero escuchar las 100 propuestas que hizo durante 180 minutos en el Zócalo de la Ciudad de México evidencia más la falta de acciones específicas de gobiernos que lo antecedieron y está distante de ser una plataforma de gobierno que responda a las necesidades del país.

El discurso en la Cámara de Diputados, el más duro que se ha escuchado en una transición, desde Lázaro Cárdenas, se enfrentó a los últimos seis presidentes mexicanos. Acarició los años 70’s, época en la que pertenecía al PRI, para advertir que había estabilidad y crecimiento económico y arremetió contra el período neoliberal.

Borró, en poco más de una hora, los últimos 40 años de la historia del México moderno, asociándolo con malas prácticas de políticas públicas, “la privatización es corrupción.” Ante el silencio unánime de priistas y panistas, dio la impresión de que México está en ceros, que él lo construirá de la nada, que todo es insalvable. Grave que le permitieran sembrar la idea de que “los buenos para nada” han destruido al país. Y sí, 13 años después de haber hablado en esa tribuna por última vez regresó, lo hizo pateando los cadáveres políticos de quienes buscaron desaforarlo. El sábado devolvió el golpe; fijó otra idea de “quienes representan un peligro para México”, y los partidos tradicionales paralizados solo alcanzaron a poner la mejilla.

De regreso al Zócalo recetó la inversión que hará el gobierno en programas sociales, acaparó una lista de programas que subsidiará el gobierno federal, y una vez más pasó por alto de donde obtendrá los recursos. Es incongruente asumir que los “pobres” del norte necesitan disminuirles el IVA, el ISR, la gasolina y la electricidad, y ningún incentivo fiscal para la franja fronteriza del sur, una de las más pobres del continente. Contradictorio repartir recursos hasta por respirar y no pensar en alfabetizar.

La población mexicana marginada necesita urgentemente un programa intensivo, Obrador tiene la intención de disminuir la escala de la pobreza y hay razones sobradas para hacerlo. Al mismo tiempo descuida a un segmento población en el que encajan el 31% de los mexicanos, la clase media trabajadora inicia una nueva administración sin estar en el esquema de la agenda pública.

Es incompresible un discurso tan radical contra el neoliberalismo y al mismo tiempo cortar las alas a una iniciativa para disminuir las comisiones bancarias. Si alguna razón ha influido en la disminución del poder adquisitivo es la relación actual entre los trabajadores y los bancos. La clase media mexicana trabaja para pagar lo que debe, golpeada por el costo de las tarifas eléctricas y asfixiada por los costos de los combustibles. Una verdadera transformación también tendría que mandar un mensaje de tranquilidad a estos casi 40 millones de mexicanos.

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Un primer paso es ganar la confianza perdida. No es un tema ideológico, es de confianza. En el tercer trimestre del año (julio-septiembre 2018) la caída en la Inversión Extranjera Directa (IED) se desmoronó. La inversión que realizaron empresas extranjeras en ese trimestre disminuyó 74.5%; en números, de los 7 mil 166 millones de dólares invertidos en el mismo período de 2017, se redujo a solo mil 826 millones de dólares, según datos del Banco de México.

El neoliberalismo ha fracasado en América Latina, iniciado en los 90’s por Fernando Collor del Mello, en Brasil; Carlos Menen en Argentina, y Carlos Salinas en México, dio paso una cadena de gobiernos “populistas” en la región que terminaron siendo sepultados en las urnas una década después. Una clara señal de que ni un modelo económico, ni otro, han terminado por resolver los problemas más urgentes del segundo continente con más pobreza en el mundo.

México llega tarde a este ciclo, inicia su experimento con un nuevo modelo político que vivió Chile con Michelle Barchellet; Argentina con Nestor Kirchner y Cristina Férnandez; Perú con Alán García; Uruguay con José Mújica; Colombia con Juan Manuel Santos, Brasil con Lula da Silva; Ecuador con Rafael Correa, y que vive Venezuela hace 20 años y Bolivia hace 12 años con Evo Morales, quien en una consulta ciudadana preguntó sobre “sí querían que volviera a competir por la presidencia en un cuarto mandato”, y aunque ganó el “No”, volverá a competir en octubre del 2019 para el período 2020-2025. Porque escucha a una parte de su pueblo, porque no se pertenece, porque él no quiere, pero una parte de ellos sí. Cuando Evo tomó protesta en 2006 entonó, en lengua quechua, su frase más famosa: “ama sua, ama llulla, ama quella”, (no robar, no mentir, no traicionar)

Andrés Manuel sabe lo que hace, sentó a su esposa junto a Ivanka Trump en el Congreso y sentó junto a él al Rey Felipe VI durante la comida. Obrador se ganó su turno. Es su hora.¿Pondrán la otra mejilla o le aguantarán la mano en el aire?