Yo sé que en ciudades como la nuestra, pequeñas y donde el presupuesto estatal representa 8 de cada 10 pesos de nuestra traqueteada y petrolizada economía, todo pasa por un tamiz político, las pláticas de café, los chats en el celular, las comidas con parientes, los lugares de trabajo (aquellas que no son dependencias municipales, estatales o federales). Y aunque toda opinión es válida, no siempre es certera, de hecho en eso radica la riqueza de la discusión, en construir con diferentes puntos de vista, en encontrar un lugar en común donde se encuentra la solución a problemas que atañen a ambas partes (o más).

La construcción o mejoramiento de una sociedad es multifactorial (aunque estemos hasta la coronilla de la palabrita), es decir trabajar en diferentes frentes para la obtención del resultado esperado (aquí existe el asunto de ¿qué resultado esperamos?) pero, lo que siempre estará presente es la salud y la educación. De salud hay mucho que hablar, desde sistemas de seguridad social que hay que mejorar, hasta enfermedades que creíamos erradicadas y que vuelven a surgir. De educación hay otro tanto, pasando por los nuevos modelos y el estira y afloja hasta la evolución de la pedagogía que se requiere en un mundo donde la información está al alcance de todos y donde lo primordial vuelve a ser “leer y escribir” donde por leer me refiero a comprender y hacer nuestro lo que leemos y por escribir a redactar, sintetizar y plasmar aquello que pasa por nuestras cabezas. En otras palabras… pensar.

En estos momentos y a pesar de que falta una eternidad para las elecciones del 2018, ya hay efervescencia electoral lo que por un lado, al escuchar las diatribas de ataque, es entretenido, por el otro, nos desgasta porque se deja de hacer lo que se requiere para estar en lo que coloquialmente se llama “la jugada”.

Y dirán ¿qué tiene que ver Juana con Chana? pues nada, solo que una de las obligaciones del estado es proveer, entre otro sin fin de acciones, salud y educación que, junto con la de seguridad son los puntos más cercanos a la ciudadanía y en el dejar de hacer, para “estar en la jugada”, se repercute en su eficacia.

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Hay no obstante, sistemas de salud y de educación de sostenimiento privado que proveen de ese servicio con gran calidad pero, esa misma calidad tiene un costo que en ocasiones resulta prohibitivo para la gran mayoría de nuestros habitantes y el estado busca facilitar el acceso a través de ONG’s, asociaciones o fundaciones que dan becas  académicas o subrogan la atención hospitalaria. Y es perfectamente válido, de hecho, es un sistema que funciona a las mil maravillas mientras existe el recurso pero, cuando este escasea, son los primeros en ser limitados o cortados y lamentablemente quedan a la deriva pacientes con necesidades de atención especial o estudiantes a los que a la mitad de la carrera se les tendrá que reducir o desaparecer la beca.

A lo que quiero llegar es que, hablamos tanto de unir esfuerzos, de trabajar conjuntamente, de ir en una misma dirección y en la práctica, nos cuesta una enormidad poder hacerlo. Las ONG’s, las fundaciones, las agrupaciones ciudadanas son el perfecto puente entre gobierno y sociedad pues operan bajo el mando de personas comprometidas con su sociedad, con un ritmo diferente a las dependencias gubernamentales, con enfoques dirigidos a ciertos sectores, donde se buscará la mayor eficiencia presupuestal para servir al mayor número de personas y aunque hay que vigilarlas (como todo lo que tenga que ver con nuestra sociedad y no por paranoia sino por congruencia), si están debidamente certificadas en transparencia, se cuenta con el aval del SAT y se mezcla correctamente las aportaciones en dinero tanto de sector gobierno, como empresarial, el resultado es el esperado por todos. Es decir, ganar-ganar… Es decir… mejorar nuestra sociedad.