En 2006 Andrés Manuel López Obrador movilizó al país para protestar porque Felipe Calderón le ganó la presidencia por 58 décimas de diferencia.

En 2012 no llegó al extremo de paralizar Reforma porque tampoco fue tan mínima la diferencia: 38.21 por ciento contra 31.59. Es decir, 6.62 por ciento.

En esta tercera elección presidencial López considera que él debe ganarla, le toca. Y para subrayarlo argumenta que dejará su papel protagónico, su queja recurrente y que, como lo prometió se retirará a La Chingada, su rancho en Palenque, Chiapas, si los votos no le alcanzan para llegar a la Presidencia.

Sin embargo, el autor del mayor daño patrimonial a los ciudadanos capitalinos asentados en Paseo de la Reforma, causado por su plantón, amenazó de nuevo: se va, se retira pero que no le pidan parar al tigre que se desatará por el desencanto que provocaría su derrota.

En la Convención Bancaria, Andrés Manuel López se esmeró en darle seguridad a los banqueros, a los hombres de empresa y del dinero en su presentación. Sin embargo, les volvió a recetar dos cosas: primero los pobres y les describió un felino que de nuevo les metió miedo a los que lo escucharon, que borró por completo su presentación, que había sido muy buena.

Para nadie es un secreto que el candidato de los banqueros en ese evento es José Antonio Meade, se le entregaron. Lo aplaudieron a morir y Meade acreditó, como lo ha hace en cada presentación, que su preparación es impecable, que sus conocimientos son garantía, que su presencia inspira confianza, pero quizá en ese auditorio el peso del partido que lo postula no sea el mismo que en otros escenarios. Ellos, los banqueros, los hombre de empresa, han sabido sortear sus gobiernos y a los banqueros en particular vaya que les ha ido bien.

Anaya fue el gracioso del evento, el chistorete que se le agradece porque rompe el hielo, porque persuade de que es un personaje con conocimientos, con roce social, dirían los clásicos.

Sin embargo, poco describe tan bien a Ricardo como la columna de Jesús Silva Herzog Marquez, publicada este lunes 12 de marzo en Reforma: “Anaya destruyó a Acción Nacional para hacerse de la candidatura presidencial. Por eso no puede contar hoy con un partido al que ha liquidado. Hábil como fue para negociar con sus adversarios, no fue capaz de aceptar la disidencia dentro de su partido, no supo dialogar con la crítica interna, no toleró la discrepancia en su partido.

También podría interesarte  El voto sí cuenta
“Arrinconó a los críticos, los condujo al precipicio y los invitó al salto. Nadie puede sorprenderse: si algo obstaculiza el crecimiento del Frente es precisamente el éxito de Anaya en su partido. Su victoria, es decir, su imposición, obstruye el crecimiento de la alianza. Sus enemigos más temibles eran, hace unos meses, aliados. La escalera de su ambición ya lo castiga. Los escalones que usó son sus barrotes”, concluye.

Y prueba de ello es que sólo tres de los gobernadores de su partido acudieron a su registro. Los otros dos eran Mancera, de la capital, y Arturo Núñez, de Tabasco, ambos por el PRD. Los demás brillaron por su ausencia, lo dejaron solo, le cobraron la fractura y su imposición sobre todos los liderazgos de ese partido.

De los independientes quizá al que mejor le fue haya sido Armando Ríos Piter. Se le vio fresco, sin ataduras y de buen humor, la decepción quizá fue Margarita Zavala, no conectó con el auditorio, se le vio seria, incómoda incluso. Quizá porque ese mismo fin de semana se registraría y anunció que renuncia al financiamiento público para su candidatura presidencial. Poniéndo el ejemplo, pero abonandole a la percepción de que el dinero público en campañas es el que menos fluye, el que menos importa, pero el que sí es regulado y puede meter en problemas como sucedió a Amigos de Fox, al PRI, varias veces al PRD…

Del “Bronco”, ni hablar, no aportó nada y sólo aburrió a los asistentes.

Carmen
La instabilidad política generada en Acción Nacional por la selección de su candidato a alcalde debería sopesar si los resultados importan porque si es así, Facundo Aguilar debería ser su candidato. Pablo hizo una gestión mediocre, Nordhausen representa a más de lo mismo y las familias privilegiadas de la isla vaya que la saquearon y sus gobiernos no hicieron diferencia. Es la hora de la gente, de las colonias, de los barrios, de las zonas rurales.

Ojalá la soberbia no fuera el signo de la actual dirigencia y que su inteligencia, esa que nadie le regatea, se impusiera en una elección complicada. Veamos que dicen esta semana cuando será la decisión, aunque sólo consideran a Pablo, la dip. Matezans y al regidor Nordhausen.