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Dice el dicho que la ocasión hace al ladrón y en México la enorme cantidad de recursos públicos sin supervisión real pareciera el momento oportuno para ello. En otros días, los gobernadores no escaparon a la oportunidad de darle una mordida al erario, pero había cierta medida, cierto temor de ser descubierto o, de plano, de no poder acreditar los ingresos.

Sin embargo, en Campeche tenemos gente que se hizo estúpidamente rica durante su gestión y que al terminar no sólo lo acreditaron sin mucho rubor sino que lo disfrutaron públicamente aunque con picardía, pero casi todos con la complicidad de quienes debieron denunciarlos, pero lo evitaron al hacerlos socios o beneficiarios.

La mayor crítica de corrupción a un gobernador en Campeche fue quizá contra Jorge Salomón Azar García precisamente por no haber cedido al chantaje sexenal que le garantizara no sólo los halagos sino la impunidad absoluta y la defensa a ultranza.

Sin embargo, los años hicieron que esa percepción cambiara cuando quienes lo sucedieron acreditaron no solo una prosperidad inédita y visible, pero acompañada de la protección y complicidad de sus beneficiarios aunque las redes sociales y los nuevos medios de comunicación permitieron exhibirlos y acreditar los actos de corrupción que hoy los caracteriza.

Es muy difícil, en la cultura política mexicana, salir a defender a personajes que han gobernado una entidad. Es más criticado salir a decir que algunos exgobernadores fueron honestos que acreditarles sus desvíos: los autos último modelo regalados a directivos de medios para acallar reportajes de agencias de noticias que nunca publicaron; la mensualidad exorbitante y, claro, las concesiones, el compartir el poder o cederles, de plano, alguna posición sólida: el Tribunal Superior de Justicia, el Congreso.

Son famosas las denuncias de la oposición en el país por la forma ominosa como gente que salió de la barriada terminó viviendo en los mejores fraccionamientos y otros, muy finos según ellos, vulgares ladrones igual.

Sin embargo, la marrana torció el rabo cuando la oposición llegó al poder. Gobiernos marcados por la corrupción, por la ineptitud y las complicidades hasta con el narcotráfico se hicieron historias comunes: Michoacán durante los gobiernos del PRD; Guerrero con los mismos de izquierda, incluido Andrés Manuel López Obrador y hasta su Delfina Gómez vinculados con los Abarca de Iguala.

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Miguel Ángel Márquez, de Guanajuato; Kiko Vega, de Baja California; Moreno Valle, de Puebla; Guillermo Padrés, de Sonora; son los panistas que han sido besados por la sospecha lo mismo que sus correligionarios Estrada Cajigal o Adame Castillo, pero que no cambió nada al llegar el perredista Graco Ramírez, en Morelos, por ejemplo.

Nadie olvida el expediente contra Amalia García ni las denuncias contra Ricardo Monrreal en Zacatecas o Gabino Cué Monteagudo, en Oaxaca no muy diferente de Ulises Ruiz o José Murat.

Las historias podríamos extenderlas ad infinitum y nos deja claro que la corrupción tiene varias vías para entenderse: es un tema cultural del país desde tiempos inmemoriales; el sistema político creó cómplices que se reparten el botín entre ellos mismos para detener los homicidios posrevolucionarios y esa visión se amplió cuando se agotó el modelo de partido único y se hizo necesario ampliar el espectro político.

Me confieso confundido en la razón. Personas que en lo personal consideré probas, dignas de confianza, llegaron al poder y se convirtieron en otra anécdota de corrupción y enriquecimiento inexplicable dejando de lado su convicción de honestidad y gobierno limpio.

No lo sé.

No creo que en Campeche haya quien no opine que el gobernador Moreno Cárdenas hizo bien en encerrar a Satanás, Toledo o a Duarte. Algunos hubiéramos aplaudido que se llegara otros sexenios. Un ex gobernador priista en la cárcel en Campeche hubiera sido un home run y creo que somos mayoría quienes tenemos un mismo candidato.

Queda claro que todos los gobernadores hoy están en la mira. Todos deberían poner sus barbas a remojar sobre todo porque nunca falta un malqueriente que se haga cargo de promover una queja, una denuncia aunque no tenga bases, ni evidencias. Bueno, aquí Guillermo del Río se atrevió a presentar una denuncia ante PGR con recortes de periódico.

Cierto o falso, en política la percepción es la realidad y esa hoy dice que todos están en la mira, que no basta ser honesto, hoy tiene que acreditarse con hechos y una 3de3 aunque sea manipulada.

¿Será que estamos avanzando?