Sus edades oscilan entre los 35 y 50 años. Todos inquietos y ocupando sus líderes papeles relevantes en el acontecer de sus respectivas comunidades. El desempeño de responsabilidades les ha permitido aprendizajes valiosos, y con ello madurez. Su presencia y permanencia no ha sido fácil. Antes de alcanzar sus actuales oportunidades vivieron la experiencia de un choque generacional con quienes con mayor edad y aprendizajes probados ocupaban posiciones que no estaban dispuestas a dejar tan fácilmente. Aun cuando esa resistencia retrasó un tanto ese cambio, el desplazamiento laboral por parte de ocupantes más jóvenes y con preparación más actualizada se fue dando. Primero, con cierta lentitud y posteriormente con asombrosa rapidez.

Generaciones sándwich han existido siempre. Sin embargo habríamos de ser muy cuidadosos en su análisis. Todavía hasta el último tercio del siglo XX se podía observar a una significativa cantidad de hombres y mujeres mayores de 40 y 50 años, con empleos no solo en las Administraciones públicas, federales, estatales y municipales, sino también en la iniciativa privada.

Hoy son otros tiempos. La presencia cada vez mayor de jóvenes desplazando a quienes por muchos años se desempeñaron en esas encomiendas, es imposible de negar. Quienes han llegado, algunos con retraso, enfrentan el reto de tiempos cada vez más breves de desempeño, ya que inmediatamente debajo de ellos, generacionalmente, en la parte inferior del sándwich, existe una gran cantidad de jóvenes profesionistas, con edades incluso menores a los 30 años, con determinación para aspirar y lograr también las oportunidades laborales para las que se prepararon.

Así como en el pasado, aunque las puertas tardaron más en abrirse a las nuevas generaciones de ese momento, el dinámico y reclamante presente muestra señales inequívocas de desempeños laborales cada vez más cortos, ante la impresionante cantidad de aspirantes cada vez más jóvenes que exigen su derecho a ser considerados para ocupar esos lugares. Una demanda cada vez más amplia y una oferta, por el contrario, limitada en tal sentido, muestra evidencias que debieran atender con cuidado ese sándwich generacional que a través del tiempo, por sus resultados, nos ha permitido valiosas enseñanzas.

¿ Cuánto tardaban en sus encomiendas, antes, quienes las desempeñaban ?, casi hasta su vejez, o cuando decían adiós a la vida terrena. Parecían dueños de esas responsabilidades, y en consecuencia impedían, o limitaban, oportunidades a una gran cantidad de jóvenes que parecían estar siempre en lista de espera.

Afortunadamente ese arcaico sistema tradicional que por algún tiempo se negó a aceptar que el cambio no puede jamás ser detenido, pues su contenido transforma con rapidez esquemas sociales, económicos y políticos, que se pensaban inmutables, ha sido literalmente desplazado.

Dejar fluir con libertad el proceso generacional, dando oportunidad a todos de aportar cada quien su singular presencia en el momento que corresponda, no significa que quienes les antecedieron nieguen sus experiencias y el apoyo de sus consejos. Por el contrario, la suma de esfuerzos no solo es útil, sino necesaria, pero eso sí, la decisión y ejecución de las acciones será potestad de la generación o generaciones que por la lógica del tiempo y las circunstancias les corresponda en esos momentos ocupar esos puestos.

La modernización es ahora en México un reto provocado por esa juventud capaz y decidida que ha cimbrado de raíz estructuras de un quehacer que el costumbrismo había impedido notar su inoperancia en un devenir histórico cuyos resultados apenas comienzan a valorarse.

No olvidar lo anterior y dar a cada quien la oportunidad, cuando corresponda, podría tal vez, disminuir esas brechas generacionales que separan y producen enconos.