Raúl Sales Heredia

Aquellos que tenemos la oportunidad de escribir tenemos la obligación de hacerlo desde una postura lo más objetiva posible y, no obstante, en nuestras diferencias está nuestra riqueza, así que al emitir nuestra opinión es lo que nuestros lectores, escuchas, espectadores, esperan que demos nuestro punto de vista para que puedan contrastar con otras opuestas y formarse una opinión propia. En otras palabras, por mucha objetividad que anhelemos, es nuestra subjetividad la que nos distingue. Yo, por ejemplo, no creo en denostar, acusar sin pruebas o meterme en asuntos de carácter personal. No obstante, si es un hecho público y tengo una opinión al respecto y considero que es de interés para la mejora de mi sociedad, me siento con la responsabilidad de emitirla aunque no siempre agrade o guste, y eso sería lo de menos pues eso no es lo que se busca. La primera obligación de los que escribimos es con nuestra consciencia, la segunda con nuestros lectores y la tercera con nuestro medio; aceptar dádivas para influir en lo que escribimos es una falta de respeto a nosotros mismos, a nuestra sociedad y a nuestro medio.

Decir lo que se piensa no es fácil, esperar que te quieran por hacerlo es ingenuo y mantener esa libertad de expresión en un país donde estás en riesgo por hacerlo es todavía más difícil. El día en que me invitaron a colaborar en EL EXPRESO fue un día maravilloso, no solo por el reto de plasmar lo que creo y pienso de manera pública, sino porque es algo que siempre soñé con hacer. Escoger el nombre de esta columna, “Palabras Altisonantes”, me llevó varios días; es como nombrar a un hijo, así lo sentí y si escogí tal nombre es porque cometemos un error  al asociar esa expresión con insultos cuando en realidad se refiere a muy sonoro, elevado y acompañado de afectación, en otras palabras, mi columna llevaría un nombre que se enjuicia a priori, para ser más claro, no juzgues un libro por su portada o una columna por su nombre (menos cuando  de manera común se usa incorrectamente el término); en esta columna además de emitir mi opinión trato siempre de proponer, de invitar, de decirle al que quiere cambiar al mundo solo una cosa: que no está solo, que somos muchos.

Además de la confianza para colaborar, en EL EXPRESO recibí algo todavía más valioso: libertad para escribir de lo que quisiera, el apoyo para hacerlo y consejos de personas que llevan en esto mucho más tiempo que yo.

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Escribir en un medio de comunicación me permitió conocer a personas que se dedican a esta maravillosa profesión (no soy periodista por formación y aún así, rozando apenas la profundidad y complejidad del periodismo me hizo amarla y respetarla), personas que se distinguen por ver el mundo de una manera distinta, amplia, informada y crítica, personas con las que hablar siempre enriquece y que suelen usar ironía o sarcasmo  en su vida diaria para defender sus emociones de lo mucho y no siempre grato que les toca ver e informar y por esa misma razón, por ese mismo ver el mundo de manera diferente, en ocasiones se les tilda, sin conocer, de soberbia cuando en realidad son analíticos, críticos de todo (hasta de uno mismo), con cierto grado de desconfianza y solitarios pues así se escribe, así se investiga, así se mueve para al final, publicar y entregarlo para la mejora de la sociedad.

Seguramente se preguntarán por qué estoy escribiendo esto; es simple: en ocasiones esa misma soledad y celo impiden, en muchos casos, que se presente una unión en defensa de los derechos pues se labora en medios que compiten entre sí, se escriben opiniones diametralmente opuestas, se busca tener una exclusiva antes que los demás y una investigación publicada antes que los otros. Se puede ser solitario pero no se debe estar solo, no cuando se tiene la responsabilidad y la obligación de hablar y escribir para mejorar nuestro entorno. Ser periodista es una profesión riesgosa y a quienes la ejercen se les debe de dar no sólo el debido reconocimiento por ello sino contar con el apoyo de cada uno de sus medios, pues como toda empresa, el recurso humano siempre será el mayor y mejor elemento con que cuentan. Cierto, toda empresa puede decidir prescindir de los servicios de uno de sus empleados, pero para hacerlo se debe de cumplir lo que nos iguala a todos, lo que nos rige a todos, la ley que nos protege y nos cuida. Romper la ley no debe ser permitido ni tolerado.

Tengo la suerte de estar en un medio que apoya a su gente, pero a los que no se encuentran en esa situación, recuerden que está la ley y aunque no nos conozcamos, no laboremos en el mismo sitio, no tengamos la misma opinión, estamos del mismo lado, cuentas con todo mi apoyo, respeto, admiración y tienes mi hombro para empujar o descansar… antes de seguir.