Además, para continuar con la reflexión del martes, por si las torpezas fueran todas, nos dice que este gobierno es honesto y al declarar la guerra contra el robo de combustible daña a la planta productiva de una decena de estados y mientras presume ahorro de 4 mil millones de pesos, Banamex habla de un daño a la economía de esas entidad de 25 mil millones de pesos. Lo peor: no hay detenidos ni encarcelados.

Y de encima va a comprar pipas a Estados Unidos y nos enteramos que se gastaron casi 90 millones de dólares sin licitarlos, sin exhibir las propuestas ni las opciones, pero como son muy honestos, pues nadie salió a pedirles cuentas.

Y lo más grave, 125 muertos por la explosión de un ducto en el que la policía ni el ejército intervinieron. Además, ni siquiera hubo visita presidencial a los heridos. Mal y de malas…

Fallece la titular de un Ejecutivo estatal y en lugar de asistir al sepelio precisamente por el encono por haber ganado a Morena la elección, el presidente se abstiene y da rienda suelta no sólo a una persecución a la presidenta del Tribunal Federal Electoral sino que la obligan a renunciar al cargo en una operación en la que los propios magistrados y hasta el presidente de la Suprema Corte acreditaron su poca o nula independencia.

En su pretensión de rescatar Pemex, no sólo contratan a una empresa para que los represente y les organice una ronda de información ante los grandes empresarios e inversionistas dedicados a esa actividad sino que es tan poco el cuidado y tanto el desconocimiento del tema que la misma empresa contratada para ello emite un comunicado deslindándose de sus clientes y asegurando que no le parece el grado de desconocimiento del mercado que exhibieron.

Semanas después, una prestigiada calificadora internacional prácticamente convierte en bonos basura las inversiones de la empresa, y a la financiera la acusa el propio presidente de ser cómplice del saqueo de Pemex.

Nadie les dice que vender un barril de petróleo le deja al país una utilidad en dólares de 300 o 400 por ciento de su costo de extracción, nadie les dice que el de las gasolinas es un negocio excelente, pero sólo deja el 15 o 20 por ciento de utilidad. Nadie parece reparar en la necesidad de los dólares para cubrir compromisos internacionales.
Los desaciertos son demasiados, el costo de la curva de aprendizaje es excesivo y apenas van 60 días de la nueva administración, una que ha violentado el estado laico, que ha acreditado la cancelación de obras de electricidad que llevarían al país a otros niveles en su producción de energías renovables sin más explicaciones, regresando al sector a la época del carbón como combustible para la generación de electricidad.

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¿El presidente no atiende a sus asesores?, ¿sus asesores no saben?

Sin embargo quizá el colmo es el intento reiterado de meter como magistrados de la corte a incondicionales del presidente, como sucedió con la Fiscalía. Las propuestas presidenciales son abiertamente favorecedoras a su partido y a sus intereses.

La esposa del empresario Rioboó está en la terna de nuevo. El presidente insiste en meter a la Corte a quien le sea incondicional y no lo oculta. Avasalla, censura a quien se le opone, a quien no le pide más que lo que se le pedía a otros presidentes.

Por si fuera poco, se manda una terna para sustituir a una magistrada integrada por tres mujeres no sólo cercanas al propio presidente, sino que éste dice que la ley no dice nada de la ética para integrar esa terna. Me faculta la ley, argumenta.

López Obrador será el presidente, pero la sociedad no tiene por qué permitirle lo que no se le permitió a otros ejecutivos precisamente porque estaban mal, porque era y es un abuso.

¿Dónde está la oposición?, ¿dónde la sociedad civil?, ¿dónde quienes deben ser la contención indispensable para evitar caer en los abusos y excesos que creíamos limitados?

Quizá nos toca a cada uno levantar la voz y asumir que como ciudadanos, el presidente es nuestro empleado y como empleado nuestro nos tiene que dar cuentas, nos tiene que obedecer, pero pareciera que la justificación son esos 30 millones de votos que logró, pero los otros 60 que conformamos el universo de votantes y no lo hicimos por él también tenemos voz y él nos ofreció en campaña algo distinto. ¿Se arrepintió o lo mareó el poder?

La respuesta es personal, pero lo que no puede dejar de verse es que esta historia era precisamente la que queríamos terminar. ¿Por qué ahora sí debemos aceptarla o validarla?