El recuerdo y valoración de los sucesos que hicieron posible el movimiento independista de 1810 y de quienes con la firme convicción de lo justo del reclamo de libertad de un pueblo sometido por la fuerza, desde la Conquista, hasta el Virreinato de la Nueva España, es en este mes de septiembre motivo como cada año, del renacer de ese sentimiento patrio de identidad, de nacionalismo, que la noche del 15 con el Grito y el repique de campanas, nos recuerdan a los mexicanos de todas las latitudes de la Nación, que esa libertad, esa independencia de la que hoy nos sentimos orgullosos, necesita particularmente en estos tiempos inciertos y difíciles, de una convencida unidad para salir adelante.

El ¡Viva México! que cuando se escucha alienta y fortalece nuestro espíritu de mexicanidad, no puede continuar siendo tan solo generado en especiales momentos de nuestra vida cívica sino debe convertirse en una voz sonora nacida de lo más profundo de nuestro ser, matizada por esa historia nacional tan rica en testimonios elocuentes de los hechos que en favor de la independencia, en 1810, iniciaron esas mexicanas y mexicanos que con su valentía y sacrificio hicieron posible el México de instituciones que hoy vivimos.

La Guerra de Independencia que iniciara Hidalgo, estructurara Morelos y consumara Guerrero el 27 de septiembre de 1821, fue un proceso largo y difícil en el que la convicción firme de los insurgentes les permitió librarse del yugo opresor de una España colonialista que se negaba a aceptar el derecho a la libertad que todo pueblo merece.

El amanecer de las ideas de libertad, en aquellos tiempos donde tan solo pensar propiciaba persecuciones y castigos, se hizo sentir por sus consecuencias en una Europa monárquica y absolutista. Las revolucionarias concepciones del derecho de los pueblos, a ser libres, inspiradas principalmente en los filósofos ingleses y franceses, Enciclopedistas, sacudieron las entrañas de un decrépito entramado político cuya cerrazón a los cambios trajo como consecuencia movimientos revolucionarios, independistas, que significadamente se dieron en el mundo a partir del siglo XVII: la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa…

Habría que no olvidar la importancia de esa “Revolución de las ideas de libertad” que los Enciclopedistas motivaron recogiendo el clamor de rencor a esas caducas formas autoritarias de privilegios a la nobleza, y de rechazo a todo un pueblo marcado por la miseria y el abandono.

Un antecedente importante de ese despertar en contra de esas autocráticas formas de gobierno, se observó en Inglaterra durante el mandato de “Juan sin Tierra”, quien ocupara el trono mientras su hermano Ricardo Corazón de León, preso en las Cruzadas regresara. La soberbia y desprecio del primero, aun contra miembros de la nobleza, permitió un frente común que lo obligó a ceder ante los reclamos de sus antes siempre silentes y aceptadores súbditos. Un documento, primero de ese tipo en la historia, normativo de derechos en favor de quienes antes no los tenían, sentó el precedente del reconocimiento de la monarquía inglesa a una demanda cuya justeza estaba fuera de toda duda. La Carta Magna, en Inglaterra, fue eje y piedra angular de un documento que más adelante no solo fortaleció a la libertad como un derecho soberano sino, más importante aún se convirtió en la primera semilla de lo que habrían de ser las Constituciones, columnas vertebradoras del Estado moderno.

Si existe algo imposible de detener, es el pensamiento, particularmente cuando es propiciador de sentimientos de libertad, y más todavía, cuando este se contrapone a las engrilletadas prácticas de todo obligadamente aceptar, que niegan ese derecho. Esas ideas surgen en un primer momento en Europa a través de una mayor oportunidad para la impresión de libros, y al indiscutible talento de la brillante generación de filósofos cuyas ideas quedaron en ellas impresas. Su lectura, pese a los intentos en contra no pudo disminuir la cantidad y el interés que por esos contenidos tenían un número cada vez mayor, capaz y decidido, de hombres y mujeres a quienes los revolucionarios contenidos de esos textos tenían, hizo detonar como consecuencia, esos históricos procesos que acabaron con los regímenes de oprobioso vasallaje colonialista.

Poco a poco, pero sin detenerse, los cambios sociales acabaron con un estilo separatista, donde marcadamente la nobleza y por encima de ella el rey, que por “Derecho Divino” justificaba el que nadie pusiera en duda su autoridad, hacían de todos los demás, sus siervos. Una primera elocuente muestra del derrumbe de lo anterior, quedó clara en el enunciado que significadamente, para que no quedara duda de ese refrescante principio de igualdad cuya sonora voz se escuchaba por todos los confines del mundo, se inscribió para siempre en la Constitución que a la consumación de su independencia fue promulgada en los Estados Unidos: “TODOS LOS HOMBRES SON IGUALES ANTE LA LEY DE DIOS”. Por si esto fuera poco, un tanto más adelante en ese proceso continuado de movimientos que conmocionaron al mundo de esa época, los franceses, al triunfo de su revolución y fin de la monarquía, hicieron todavía más preciso en su Constitución ese sentimiento de igualdad que no admitía más tiempo de esperas. “…Y TAMBIEN ANTE LA LEY DE LOS HOMBRES” fue como el clavo final al ataúd de una monarquía que a partir de ese momento cedió  a la verdadera soberanía, al pueblo, el derecho a decidir a sus gobernantes. Ese concepto, CIUDADANO, de igualdad, que los revolucionarios franceses legaron al mundo, ha sido sin duda un referente valioso en el ejercicio de la democracia como forma de gobierno.

La Independencia de México no fue una abstracción milagrosa que por sí sola, sin influencias exteriores se hizo posible. Hidalgo, Morelos, Guerrero, fueron entre otros muchos mexicanos y mexicanas productos de ese sentimiento liberal imposible de aprisionar por quienes con sus autocráticas conductas lo habían propiciado.

Si bien es cierto que este 15 de Septiembre por la noche, comenzamos a festejar un aniversario más de nuestra Independencia Nacional, tendremos que no olvidar que ese fue apenas el principio de un proceso que a los mexicanos, en el tiempo que nos corresponda vivir, nos toca hacer nuestro.