Hace unos días, en redes sociales una persona a la cual admiro y respeto decidió hacer pública su intención de ir por una diputación local de manera independiente. Inmediatamente recibió muestras de apoyo de aquellos que la conocemos y de muchas otras personas y es que si nos sentamos a analizar el panorama ,y así como van las cosas, las opciones que seguramente nos presentarán los partidos políticos serán personas que, o bien son parte de los llamados “grupos políticos”, amigos o, si tenemos mucha suerte, pondrán a alguno que lleve años de trabajo como militante y que ya le “toca”. El problema ahí es que aquellos que se postulen por medio de los partidos será complicado, por su misma selección, que representen libremente a los ciudadanos.

Un diputado debe, además de legislar en beneficio de todos, ser la voz que hable por todos los integrantes de su distrito, en otras palabras, debe estar empapado de los problemas existentes y tener la capacidad de encontrar y proponer soluciones. Supongamos por un momento que los contendientes partidistas e independientes cuentan con ella y que son las mejores opciones para desempeñar ese cargo. Hasta ahí todo bien, no obstante, quien vaya por siglas de partido contará con una estructura de movilización, de recurso adicional, de mano de obra que facilitará el proceso de campaña, aunado a que muchos siguen votando por las siglas y no por quien va tras ellas.

El independiente no cuenta más que con buenas intenciones y su estructura se va formando alrededor suyo, el trabajo es el doble de arduo y con menor impacto en el posicionamiento. El candidato partidista le debe a su partido ese apoyo y eso significa que su libertad de representación en ocasiones se verá limitada si eso contraviene la línea marcada por la bancada, el independiente se lo debe todo a la sociedad y su libertad de representación es la más poderosa de todas sus cartas, sin embargo, a diferencia de los partidistas, el independiente tendrá que luchar contra viento y marea pues es muy probable que, aunque tenga todo el peso de sus representados, sea solo una voz en el Congreso frente a líneas previamente marcadas por los partidos políticos.

Por supuesto que creo en la postulación independiente, por supuesto que creo que nuestros representantes deben hacer eso, representarnos a nosotros y no a sus partidos, por supuesto que deseo que llegue el momento en que tengamos el nivel de cultura, civismo y participación política que requerimos para ser una auténtica democracia. Pero… nos falta aún.

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A veces me pregunto la razón de que algunas de las personas más valiosas que tenemos se muestren reacias a entrar al tablero político. Las razones pueden ser tan diversas como las formas de pensar, aunque muchos concuerdan (incluso algunos que ya están dentro del tablero) en que es un juego muy sucio; en que deben de asumir posturas que van en contra de lo que creen ya sea por permanencia o supervivencia; en que es difícil emitir opiniones que son contrarias a “lo que siempre se ha hecho” pero, lo que a muchos les desagrada es que existe un sentido inverso, en el que no se construye con trabajo sino se destruye al oponente, en que no se sirve a la gente sino al grupo al que se pertenece, en que tienes que hablar o callar, dependiendo de lo que sea funcional para el grupo o partido en cuestión.

Decía mi padre, persona proba que estuvo en esas lides, que solo se puede cambiar las cosas desde dentro, creo que si aún viviera, estaría todavía más emocionado que yo de ver que ahora existe la posibilidad de cambiarlas con personas externas, personas que demuestran un alto sentido de participación social y que simplemente no encajan en las “ideologías” y “formas” que nos presentan los partidos existentes.

Creo en las candidaturas independientes y en lo que su nombre implica, independencia de criterio, opinión, de grupo, de partido y una dependencia absoluta de la sociedad, para trabajar por ella y a favor de ella.

No sé cómo les irá en las siguientes elecciones, es complicado saberlo, pero si los partidos políticos no se reinventan, no se transparentan, no regresen a su función de ser aglutinantes ideológicos y puentes entre sociedad y gobierno, es muy probable que sigan perdiendo credibilidad ante una sociedad que ya está harta de que aquellos que les pusieron para ser votados les digan una cosa y hagan otra, que les presenten una cara en campañas y no se las vuelvan a dar hasta la siguiente elección. Si así siguen, cada día habrá más independientes con mejores cargos y mayor decisión y quizá, cuando se tenga la fuerza necesaria, le devuelvan a la gente su poder de decisión y logremos tener una segunda vuelta en caso de que quien gane no obtenga el 51% y se presente en la boleta la opción de revocación de mandato a los ganadores de la elección previa. Así, quizá, veamos trabajo comprometido para servir y no… servirse.