Poco parece importar a muchos lo que ha sucedido con la senadora con licencia Layda Sansores San Román.
Lo cierto es que la hoy candidata a la alcaldía de Álvaro Obregón, en la Ciudad de México, representa en esencia lo que significa no sólo ser miembro distinguido de Morena sino cómo actúan quienes están en la primera fila de afectos de Andrés Manuel López Obrador.

El saqueo, así hay que llamarlo, que hacen los políticos de los bienes públicos quedó exhibido con las facturas que cubrió el Senado a la campechana. El Senado paga los gastos que los senadores presentan, pero en el fondo lo que hemos visto es la falta de una regulación para ejercer esos recursos.

Sé que muchos dirán que eso es común entre los políticos, que todos hacen lo mismo, que hay cosas peores. Sí, esos argumentos tienen razón, pero lo que indigna es que haya un cinismo peor que el hecho denunciado. Me explico:

Quienes se venden, nos ofrecen, luchan por ser mostrados como diferentes, quienes combaten la corrupción y se erigen como gente impoluta no sólo no cumplen al menor escrutinio sino que, banalmente, acreditan con sus argumentos no sólo su apoyo mutuo sino que en lugar de censurar sus actos los justifican.

¿Cambiará el país cuando cambie el gobierno? Queda claro que no, que sólo cambiarán los beneficiados pero la cuarta reconstrucción del país no pasa por optimizar el uso de los recursos y menos por temas de honestidad y menos de austeridad.

Los hechos deberían decirnos que quien encabeza las preferencias electorales no es el mejor ejemplo y menos quienes serían sus generales en caso de ganar la elección.

Los signos de alerta están a la vista: los periódicos, los medios, no pueden publicar lo que sucede, no pueden publicar la opinión de quienes no vemos a Andrés como un político porque o son vendidos o “la mafia del poder”; si Layda compró hasta el súper y los tintes del dinero del Senado, la mujer hizo bien porque eso lo hacen todos y más aspiran a poder hacerlo.

La señora Sansores ganó una elección que terminó por vender cuando fue incapaz de validar sus quejas y denuncias: recibió 300 millones de pesos para levantar su plantón y desde ese momento se ha aliado a los gobiernos locales no sólo para apoyar a los candidatos del PRI sino que ha sido capaz -llegado al exceso-, de no presentar candidatos para determinados cargos a conveniencia del poderoso en turno.

Sin embargo, la gente no cree –o peor, no le importa- cuando se les explica las vinculaciones de Javier Duarte, la vergüenza de gobernador de Veracruz, con Morena y su líder Andrés.
El agravio y la ofensa en Campeche se refleja por esa frustración perpetua de no ser miembro del gobierno, por criticar a quienes “se enriquecen con el erario”, pero desearían ser ellos los beneficiarios. Digámoslo: no molesta la corrupción sino no ser beneficiado por ella y eso es el final de la discusión, por desgracia.

Las acciones de Layda no se censuran porque las haga ella. Se censuran porque está mal sin importar quien las realice, pero más porque quienes se siguen exhibiendo son quienes nos dicen, nos saturan, nos hartan con su sonsonete de que la corrupción y la impunidad son la base de todos los males y ellos, entiéndase, ellos ofrecen acabarla. Así de grave, así de falso los argumentos cuando los cachamos haciendo lo mismo.

Lo que se dice al final es que se justifica el latrocinio, que les toca robar a otros, que todo lo que criticamos, lo que nos ancla como país, como sociedad, como estado no importa: sólo hay que quitar a los que están para llegar otro sin importar que sea peor, o igual. El candidato que habla de combatir la corrupción sólo da como referencia su ejemplo, hoy cuestionado con pruebas y vídeos.

Para terminarla de acabar, el peor mensaje de López no es su silencio ante los hechos consumados de sus aliados sino su amenaza de regresar a la educación de nuestros hijos al esquema clientelar, la cesión del Estado ante el beneficio político y la manipulación electoral, engrandecer a la CNTE en detrimento de la educación.

Layda es el ejemplo más transparente de quienes rodean a López y la pregunta es: ¿vamos a votar por un cambio así?, ¿con esas características? No nos lamentemos mañana.