Una de las cosas que más indigna a la sociedad mexicana es ver cómo sus representantes no sienten ni la más mínima empatía por la crisis en la que estamos, y así, mientras vemos que nuestro aguinaldo se va en pago de deudas acumuladas durante todo el año, ellos reciben jugosos bonos que nos cuestan a todos. Fue tanta la indignación que ahora ya decidieron devolverlos, donarlos a organizaciones civiles o a proyectos sociales, pero eso se debió principalmente al recordatorio materno en redes sociales que hicieron eco en la prensa nacional. ¿Por qué, si ellos especialmente deberían saber cómo está el país, se aprobaron ese bono? ¿Qué hubiera sucedido si como es costumbre, nadie hubiera dicho nada? ¿Lo hubieran donado, entregado, devuelto?

Lamentablemente, nuestros representantes, acostumbrados a ver cifras de millones de pesos pierden un poco (digamos que poco) la noción del dinero, dinero que no es suyo, dinero que podría destinarse a otras cuestiones de mayor importancia que premiarlos por un trabajo que ante la sociedad que juraron servir, deja muchos pendientes por resolver.

Mucho de lo que sucede en nuestra sociedad tiene que ver con el descreimiento ante nuestros políticos, ese abismo que se presenta entre lo que dicen y lo que hacen, entre aparecer como la octava economía mundial y tener a la mitad de la población en pobreza, entre tener uno de los salarios mínimos más bajos de los países que conforman la OCDE y ver a los que elegimos para servir ostentando lujos que la mayoría de la población no podría permitirse nunca.

Además de lo anterior, nos recetan una simulación de compromiso en la que parece que  el motivo principal de los eventos es posar para la foto y no cumplimentar el objetivo de los programas.

Estamos a fin de año, es tiempo de reflexión personal en muchos sentidos, de fiestas familiares, de reunión con amigos, pero en la administración gubernamental también es el tiempo de ajustes presupuestales con lo que fue aprobado por el Congreso, de planear para la mejora social y es en esa última parte donde muchos se pierden, no planean para la mejora social,  planean en función de intereses personales, de tiempos políticos, de campañas que aún no tienen ni banderazo de salida. Se hablan diferentes lenguajes, se manejan diferentes realidades e incluso se jerarquiza de manera extraña en la que no se consideran las necesidades de los ciudadanos o como en estas fechas, sus tiempos de recreación. Ese sentido inverso en que el ciudadano parece servir en lugar de ser servido, esa falta de empatía y congruencia de su clase política, esa sensación de desamparo de que todo seguirá igual a pesar de lo que se haga.

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Ciertamente no todo puede hacerse de un día para otro, pero el desconocimiento de la planeación, de los tiempos, de los presupuestos, de su correcta aplicación de la utilidad social esperada, de las mediciones e indicadores, logran que no se pueda confiar y si además le sumamos nuevos impuestos, incertidumbre en el precio de la gasolina, el alto costo de la luz que por ser horario de invierno tiene otra tarifa pero donde el aire acondicionado sigue siendo necesario, entonces uno ya no sabe ni qué hacer ni a dónde voltear, donde vemos gastos que bien podrían eliminarse pues no tienen utilidad alguna, pero que son parte de un “posicionamiento” para las campañas que vendrán y es ahí donde uno dice ¿Pues de qué se trata? ¿De servir o de servirse?

Nuestro país no puede seguir en una división como esta, no podemos dejar que nuestro futuro lo decidan unos cuantos que escogerán de entre sus militantes a quienes mejor les parezcan para que la mayoría les dé su voto. Quizá habría que recordar que en una democracia el poder es del pueblo y se escoge a personas para servir y no para ser aplaudidos o atendidos o para que crean que sin ellos el universo dejará de existir.

Reconozcamos lo bueno que se hace, critiquemos lo malo, aplaudamos la mejora y pongamos sobre la mesa lo que aún falta, pero, sobre todo, no olvidemos que es nuestra participación dentro de la comunidad lo que cambia las cosas y para eso solo necesitamos ser buenos ciudadanos, buenos seres humanos. Que la indignación que sentimos nos haga ser parte de la solución y no sigamos siendo parte del problema, que no alentemos la corrupción, que no busquemos el atajo, que no tiremos basura, que no freguemos al vecino, que nuestros actos sean nuestra carta de presentación y que ayudemos a los demás sin buscar reconocimiento pues entonces no sería ayuda, sería publicidad.

Transformemos la indignación en acción… y mejoremos aquello que está a nuestro alcance y veremos que la suma de nuestras pequeñas acciones serán algo increíblemente grande y poderoso.