Después de haber celebrado la muy estimada fiesta en la fe del pueblo católico, la del Sagrado Corazón, la liturgia hodierna nos propone el evangelio de Mateo 10,26-33.  En este fragmento evangélico, Jesús menciona, al menos, cuatro veces la palabra “miedo”. Eso ya indica cierta importancia en el mensaje que nos transmite.

La primera vez que menciona la palabra es el pavor hacia los hombres. La segunda, el miedo hacia quien mata el cuerpo. La tercera, es el miedo sentimental de sentir no valer bastante. Y, por último, el miedo de morir eternamente. Paralelamente, san Mateo pone palabras de aliento y de esperanza.

El Evangelista es un catequista. Seguramente escribe a una comunidad de creyentes que está sufriendo persecución y está sometida a fuertes sufrimientos. Esa comunidad había sido testigo de la muerte del diácono Esteban, a las afueras de la muralla de Jerusalén y el asesinato del Apóstol Santiago El Mayor. Por eso, se tenía la tentación de apostatar de la fe, y retirarse del seguimiento de Cristo. Una tentación que refleja la reciente producción en el cine:  “Silence”

Pero Jesús no abandona a sus seguidores. Ni siquiera sucede eso en los momentos más crudos de la persecución o del sufrimiento. Ya el profeta Jeremías, en la Primera Lectura, asegura que los perseguidores del justo no podrán prevalecer. Si  los malos tienen un éxito aparente, ese será efímero.

Cuando se sufre, el demonio pone más viva la tentación de la duda. Recordemos las frases de aquéllos, que vieron el genocidio operado por los seguidores de Hitler en los campos de concentración. Y mientras sucedía todo aquello en los campos de muerte: ¿Dónde estaba Dios? Cuando se utilizaron las bombas atómicas, ¿dónde estaba Dios? ¿por qué, si es poderoso, no lo evitó? Y cuando sufren los niños, los pobres, los inocentes, ¿por qué? Parecen interrogantes sin respuesta, al menos sin respuesta plenamente convincente.

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Un jesuita (Richard Leonard) nos comparte su reflexión: “Dios no nos envía directamente el dolor, el sufrimiento, la enfermedad. Dios no nos castiga en esta vida. Dios no nos manda las desgracias para enseñarnos algo, si bien, de la desgracia algo nuevo aprendemos. Dios no quiere los terremotos, inundaciones, sequedades, u otras calamidades naturales. Dios no tiene necesidad de la sangre de Jesús. Jesús no viene sólo a morir,  pero Dios usó su muerte para anunciar la derrota de la muerte. Dios ha creado un mundo no perfecto, en el cual, los sufrimientos, las enfermedades  y los dolores son una realidad. Diversamente será el paraíso. Pero algunas de estas realidades, somos nosotros a crearlas, y después le echamos la culpa a Dios. Dios no nos mata. Él nos ha salvado en Cristo de la muerte eterna”.

MIEDO DE LOS QUE MATAN EL CUERPO

Esta frase del Evangelio toca las fibras más sensibles de los tiempos actuales. ¡Cuántos actos terroristas hemos vivido, como sociedad en estos meses! Se contabilizan miles de muertos en:  Afganistán, Siria, Irak, Inglaterra, Nigeria, Egipto, Filipinas, Rusia, Camerún, Francia, Estados Unidos, Colombia, etc.

Los que matan el cuerpo, también se han multiplicado en México. La víctimas son miles y miles, desde hace ya varios años. Esos sicarios nos intimidan con sus modos y métodos de matar. Jesús nos invita a no tener miedo; menos aún,  dejar que el pavor nos lleve a traicionar los valores y las virtudes del Evangelio.

Finalmente, oigamos a Juan Crisóstomo en su comentario a Mateo: “Jesús aconseja a despreciar, por temor a Dios, no solamente las preocupaciones y las calumnias y los peligros, sino lo que es aun más terrible que todo esto, hasta a la misma muerte; por eso añade: más bien tengan miedo a aquel que puede arrojar al infierno su cuerpo y su alma”.

 

¡Acompáñame, Jesús, en mi camino!