Por primera vez en la historia electoral del país, tres partidos políticos, en diferentes contextos, hacen un llamado al conteo de votos. Es la puerta al tripartidismo, ausente en la vida política de México desde el nacimiento de la república.

El voto por voto que sacudió al país en la elección del 2006, y se elevó a rango constitucional, es ahora una práctica generalizada, resultado de la elección del domingo 1 de julio. Las líneas de las tres principales estructuras políticas del país: “ganar lo que se pueda ganar, y cuidar lo que fue ganado”, fue el llamado de guerra que hicieron las dirigencias del PRI, PAN y Morena. Pero las urnas no producen música, están llevando en varias partes del país a los organismos electorales a escenarios no previstos anteriormente. Hoy lunes, según una revisión del panorama electoral, 21 estados continúan con conflictos postelectorales. Campeche no es la excepción de esta regla que varios estados mantiene en pausa los resultados.

El PRI pasó a la estrategia ofensiva en varias partes del país; el PAN, que tiene la mayor experiencia en impugnaciones busca moverse con un ejército de abogados que alistan impugnaciones; y Morena busca administrar sus triunfos mientras sale de su asombro por una catarata de votos que recibió en la elección. Un acercamiento a los resultados del 1 de julio exhibe las prioridades de cada partido.

Morena previó una estrategia con fuerte interés en el poder legislativo, con el triunfo asegurado de Andrés Manuel, se centró en ganar la mayor cantidad de posiciones legislativas posible, rindió frutos, y obtuvo mayores ventajas en el poder legislativo a nivel federal y local, y no así en alcaldías.

Interesados más en lo territorial y en la administración, el PRI y el PAN ponen el dedo en el poder ejecutivo, y hacia ellos apuntaron todas sus naves. Nunca, salvo algunas excepciones, las campañas presidenciales de ambos partidos pusieron un asterisco en las elecciones legislativas, y sacudió el control que ambos habían tenido sobre las cámaras y los congresos locales.

Previo a la elección, Morena y el PAN, en Campeche, pusieron sobre la mesa, en un intercambio extraoficial, cuidar el voto. Como se sabe hoy, la iniciativa no fue bien recibida por todos los integrantes de Morena, quienes habían visto al PAN como un enemigo declarado desde el 2006. Si algún argumento utilizó Morena fue el de enlodar al PRI-AN como una sola carpeta política con la que había que ajustar cuentas, mientras ellos se vendieron como la única oposición real.

El llamado del PAN a Morena para subirse en la tribuna postelectoral nació muerta, y se quiera reconocer o no, fue un “grito de desesperación” más que una estrategia efectiva. Hoy Morena tiene la responsabilidad de contribuir a la reconciliación a la que ha llamado Andrés Manuel, y para esto debe alejarse de posturas que contribuyan al encono. Que Morena proclame su triunfo en la alcaldía de Carmen es irresponsable porque ocupa un claro tercer lugar. Aceptarlo daría una mejor prueba de respeto por sí mismo. El diferendo inconcluso, hasta este domingo, entre el PRI y el PAN, por Carmen es mucho justificable para las partes.

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El PAN tendrá elecciones para la presidencia estatal en 35 días, para los panistas es importante quedarse con la isla, en un escenario en el que el alcalde electo de Campeche, Eliseo Fernández, intente sembrar un delfín para la presidencia del PAN. La dirigencia estatal que se elegirá será la que permanezca por los próximos tres años. El triunfo de Pablo Gutierrez sería un equilibrio de poder para la elección interna que se les avecina.

Para el PRI, ganar Carmen sería tener el control de un bastión que ha sido opositor al gobierno estatal, durante 12 de los últimos 18 años; Rosas sería un factor que contribuya en la recuperación que enfrentará el partido, y lo que es más, Carmen sería decisivo para cuando el nuevo gobierno federal sacuda la Reforma Energética.

El nuevo entorno político cambiará para agosto-septiembre cuando los partidos revisen hacia dentro la conformación de sus nomenclaturas políticas. Sería natural la renovación de dirigencias estatales, y el trazo de la arquitectura política que diseñarán para las próximas elecciones. Salvo alguna elección local de ayuntamientos, cuando regrese la normalidad, todas las miradas estarán puestas en 2021, cuando el país renueve 16 gubernaturas, el 50% de todos los gobernadores del país.

Las voces críticas del PAN a nivel nacional han sido más estrepitosas y ventilan la cruzada que los motivará para arrebatar del grupo de Ricardo Anaya las siglas del partido. Fiel a su costumbre, el PRI implosionará hacia dentro, con la ventaja que les dará el presidente Peña Nieto de reencauzar el partido desde una necesaria y urgente distancia. Por eso la automedicación no será inmediata, buscarán el cuatrimestre del año para lanzar la convocatoria por la dirigencia nacional 2019-2023. En tanto todo esto se defina, la reconciliación nacional que busca López Obrador será postergada, y hasta le será negada por algunos grupos, que hoy ponen en el tintero, que el propio Obrador se negó, no una, dos veces, a llamados anteriores de reconciliación.