Cuando el pasado 9 de julio el gobernador Alejandro Moreno Cárdenas convocó a los expresidentes del PRI de Campeche y a los exgobernadores para hablar de la elección del 1 de julio, en el encuentro, que duró poco más de cuatro horas, todos los invitados hablaron. Moreno Cárdenas hizo una primera presentación de los resultados electorales y delineó el camino que debería tomar el partido. Poco antes de las 6 de la tarde, los invitados que asistieron a la comida privada salieron del salón. Se fueron con mejor ánimo del que entraron, aseguran algunos asistentes.

Moreno Cárdenas fue específico: “Tengo interés de terminar el período como gobernador y no buscaré la presidencia del PRI”. Así lo dijo, y argumentó que figuras del partido presionan sobre su postulación.

Hay una diferencia entre “no buscar” y “no aceptar”, pero cierto es que Moreno tiene suficiente influencia para no aceptar la propuesta sí, en este momento, no quiere.

Este lunes René Juárez renunció a la dirigencia nacional después de 70 días de ejercer el mandato, llegó a sustituir a Enrique Ochoa, 59 días antes de la elección. Ha sido el período más convulso del PRI en décadas, para un período de cuatro años (2015-2019).

Desde el 2do. piso del edificio de Insurgentes 59, han ejercido el mando del partido Cesar Camacho, Manlio Fabio Beltrones, Enrique Ochoa, René Juárez y Claudia Ruiz. La nueva presidenta tiene 60 días para convocar a los órganos del PRI para su ratificación o para la elección de una dirigencia que concluya el periodo hasta agosto 2019.

Tras cinco presidentes, y a un año de finalizar el período estatutario, posiblemente ratifiquen a Ruiz Massieu, para que encabece la transición.

Claudia es poco flexible, no representa la renovación que buscan, pero le confieren actitud y autoridad para “poder sentar” a los que buscan internamente asar al partido. Los priistas de café y los que traen carbón en mano, asumen que detrás de Claudia está su tío, Carlos Salinas, y asumen bien.

Juárez trae su propia estrategia, renunciar, para dar margen a que, más tarde, los sectores lo proclamen como presidente del CEN (2019-2023).

El presidente del PRI en Campeche, Ernesto Castillo, no fue invitado a la reunión con expresidentes del partido y exgobernadores. Aquella tarde nadie pidió, sugirió, recomendó, aconsejó, insinuó, ni convocó a cambiar la presidencia del PRI; no lo dijeron, pero lo pensaron y no les faltaría razón. La presidencia del PRI debe ser sustituida.

Castillo no se siente responsable de los resultados electorales, directamente no lo es. Ernesto fue excluido oficialmente de todo el proceso, una motivación que facilitó su marginación fue su auto-exclusión al frente del partido. Dedicado a administrar más que hacer política, Castillo vio de lejos la elección, desde muy lejos, a la misma distancia que lo vieron a él los militantes durante los últimos tres años; que los priistas vieran a un presidente inalcanzable sí era su responsabilidad, y porque es su responsabilidad, se debe de ir.

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Electo para un período de cuatro años (2015-2019), Ernesto Castillo asimila que son sus últimos días al frente del partido. Estrenado en la administración pública como Asesor Adjunto del Ayuntamiento de Campeche en 2004, tras concluir dos diplomados en España. Es de los jóvenes más cercanos a Moreno Cárdenas el que tiene más estudios, y experiencia, pero Ernesto no entendió su momento, que su investidura dependía de los resultados electorales del 1 de julio.

La renovación de la presidencia estatal es la decisión política más importante que tomará Alejandro Moreno después de la selección de candidatos.

El período de Castillo concluye el 5 de diciembre del 2019, pero difícilmente se unifiquen criterios para permitir que termine el período.

Al interior del partido no están presionando, pero ya se levantan voces de aspirantes a ocupar el cargo, pero será por un periodo provisional, lo que no le resta importancia a la decisión.

Una presidencia transitoria de 17 meses, hasta diciembre del próximo año, y una presidencia definitiva que será electa 17 meses antes de la elección del 2021.

Hágase la pregunta que no tiene una respuesta sencilla. ¿Cuál de los dos períodos de 17 meses es más definitivo? Son diferentes, pero comparables. El que llega hasta diciembre de 2019 es una presidencia transitoria pero decisiva, la de evaluar, organizar y marcar la agenda que acompañe y oriente al partido a la siguiente elección. La segunda parte dejará ver qué grupos se fortalecieron y cuál pudiera aglutinar con acierto al PRI-pre-electoral.

Los atributos sobre quién dirija al partido es lo más importante, ¿priista con probada vida partidista o uno que sin tanta experiencia ayude a oxigenar? ¿Una secretaría general con influencia real o que simule con cumplir?

Quieran o no, les guste o no, en el contexto político estatal, el PRI estaría obligado a mirar seriamente a Carmen, y revisar qué hicieron bien los priistas de la isla. Tan obligado como dispuesto a salvar en la capital todo lo que pueda ser rescatado.

¿Qué esperan los priistas? Una decisión que les empiece a devolver lo que perdieron en las urnas.