Para hablar de la Universidad Autónoma de Campeche habríamos de ser cuidadosos en siempre recordar sus raíces, y los valores que la hicieron posible.

El Instituto Campechano, que naciera en 1860, fue un fértil semillero de ideas y conocimientos de un pensamiento liberal que enmarcado en las generaciones de ese tiempo dejó su huella en el acontecer histórico del estado.

En el marco de sus instalaciones, ahí precisamente, nutrido por ese espíritu, surge en 1957 la Universidad de Campeche, siendo su primer rector el Lic. Ermilo Sandoval Campos. Cabe señalar que hasta 1965 la Universidad pasa del Instituto Campechano a sus modernas y bien equipadas escuelas y centros de investigación, en la Ciudad Universitaria, primera en su género en la Península. A partir de ese momento, por disposición oficial, cambia a Universidad del Sudeste y su primer rector fue el Lic. Javier Cú Delgado. En 1989 se da un nuevo cambio, Universidad Autónoma de Campeche, siendo el Lic. Tirso R. de la Gala Guerrero su primer rector.

Hoy, en el 2017, el viaje que la UAC iniciara continua firme, siempre hacia horizontes en que la calidad de la enseñanza y los mejores aprendizajes señalen en cada evaluación de su rendimiento resultados que certifiquen que el trabajo realizado ha valido la pena.

Los avances de la UAC son incuestionables. El crecimiento y diversificación de su matrícula; su oferta de servicios; la ampliación y modernización de sus instalaciones; la certificación de sus carreras y áreas administrativas; la difusión de la cultura; la producción de sus centros de investigación; su permanente preocupación por la superación profesional de los académicos, cuyos resultados se observan en su presencia cada vez mayor -en número y calidad- de sus investigadores, dentro del Sistema Nacional de Investigadores del Conacyt.

Hablar de la UAC es un ejercicio motivante. Sabemos de sus objetivos, alcances y limitaciones: hemos observado sus esfuerzos continuados, siempre en la búsqueda de una mejor Universidad, acorde a cada tiempo y momento que la sociedad viva, procurando presentes con bases firmes que permitan futuros exitosos.

Administraciones en continuada labor, sin vacíos que impidan o limiten el hacer diario, el trabajo en equipos, multidisciplinario, ha permitido aprovechar las fortalezas de cada una de  sus partes. La tarea educativa, en especial la universitaria, no puede ser tan solo producto de buenas intenciones y decisiones faltas del soporte de una planeación sistemática. Las improvisaciones, nunca, menos en estos tiempos de estrechez presupuestal, por atractivas que sean por sus efectos mediáticos, son aconsejables.

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La UAC, en su devenir, ha sido determinante en ese sentido. Sus logros han sido posibles con el aprovechamiento óptimo de sus recursos. Sin saltos espectaculares que asombren, pero con pasos continuados que despiertan el apoyo y la confianza de la comunidad en que se ubica, y sirve, la UAC no solo muestra una diáspora de nuevos y bien equipados Campus al servicio de la juventud campechana, sino que además, como espíritu fortalecedor de esos avances en cuanto a instalaciones modernas, no ha descuidado la revisión, análisis y actualización de sus Planes y Programas de estudio, la factibilidad o no de las carreras que imparte, y en su caso, la creación de ofertas nuevas más acordes a la demanda de un mercado laboral más amplio y selectivo del producto terminal que egresa de las aulas universitarias.

La Universidad del siglo XXI, la UAC es parte de ella, no permite ausencia de propósitos ni de objetivos claramente definidos; mucho menos de ese cómodo y arrullante “ dejar hacer, dejar pasar “ que en el ayer derrumbara y dejara varadas, en cuanto a avances educativos, a instituciones que creyeron que con tan solo el prestigio de un pasado continuarían como íconos merecedores siempre de espacios de honor. La modernización, no solo la educativa, coloca hoy a cada quien en el lugar que corresponde.

Las mejores universidades son producto de un esfuerzo colectivo y capaz, continuado, de todos y cada uno de sus integrantes. Su diario quehacer es siempre evaluado y sus resultados permiten tomar con oportunidad las medidas conducentes. Aquellas que así no lo entiendan, poco a poco, y en ocasiones abruptamente, serán desplazadas por las que por el contrario demuestran interés por superarse.

Si bien es cierto que la forma es importante en una apreciación: amplias y modernas instalaciones, un mayor número de alumnos…. el fondo de esa inicial y subjetiva visión es determinante en su evaluación: ¿qué tanta es la calidad y efectividad de su producto terminal; cuál es el número y nivel de sus investigadores; cuáles son los alcances de su cobertura; su oferta, responde, o no, a las necesidades reales que los jóvenes reclaman?

El reto de la UAC en el siglo XXI, de una modernidad con desafíos que parecieran ser mayores a la capacidad de respuesta que se tenga para enfrentarlos, permitirá medir en su real dimensión el hasta dónde de sus resultados actuales, y lo que aún falta por hacer.

Tiempos estos, de competencias. Habría que no olvidarlo.