Monseñor José Francisco González González

La solemnidad de Reyes o, también llamada, de Epifanía está envuelta de ricos elementos bíblicos, litúrgicos y folklóricos. El Día de Reyes es motivo para hacer fiesta con trajes y vestimentas orientales. En nuestras ciudades,  personas voluntarias se visten de “reyes magos”,  para visitar a las familias, particularmente las más pobres: para llevarles un juguete, un dulce, una caricia, una alegría, una esperanza, en fin, un trozo de Evangelio encarnado.

Esa es una forma de expresión de aquello que escribe Pablo en la Carta a los Efesios: “También los paganos son coherederos del Evangelio, de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo” (3, 5-6). Y el Salmo responsorial proclama la misma realidad: Que te adoren, Señor, todos los pueblos (71). Así lo atestigua san Agustín en un antiguo sermón de epifanía: “Estos magos, ¿qué otra cosa fueron, sino las primicias de las naciones? Los pastores eran israelitas, los magos gentiles, éstos vinieron de lejanas tierras, aquéllos de cerca”.

En cuanto a los “Reyes”, que la tradición ha incluso asignado nombres (Melchor, Gaspar y Baltasar), unos dicen que eran caldeos, grandes conocedores de las estrellas, a quienes idolatraban. Otros afirman que eran persas. Algunos otros, sostienen que eran descendientes de Balaam, pues éste profetizó que “nacería una estrella de Jacob” (Num 24,17),  y sus descendientes vieron cumplida esa profecía.

Cabe anotar una curiosidad bíblica en esta solemnidad. En el libro del Evangelio se anota que los magos “vinieron de Oriente”. Aquí podemos anotar dos aplicaciones. La primera: del oriente nace la luz. De allí tuvo su origen la fe, porque la fe es la luz de las almas. La segunda aplicación, en efecto,  es que Jesucristo es llamado “El Oriente”, según las palabras de Zacarías: “He aquí un hombre, el Oriente es su nombre” (Zac 6,12), todos los que vienen al Señor, viene de Él y por Él.

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El texto evangélico de Mateo 2 nos da, además, otra enseñanza. Hay un salmo que dice: “los cielos cantan la gloria de Dios, el firmamento anuncia las obras de sus manos; el día al día le pasa el mensaje; la noche a la noche susurra la noticia” (18).  En la creación (visible o invisible), Dios habla y se manifiesta.

En efecto, a los pastores fueron unos ángeles quienes les anunciaron la buena noticia, de que ha nacido Cristo; a los magos, una estrella. El cielo con su lenguaje habla a unos y a otros. Los ángeles habitan los cielos que embellecen los astros; los cielos, pues cantan a unos y a otros las glorias del Señor.

LA ESRELLA ANUNCIA A CRISTO

Respecto a la estrella, Juan Crisóstomo se pone a reflexionar con profundidad. Lo primero que hace resaltar es que  aquella estrella no fue una estrella ordinaria (recorrido de Norte a Sur). Además, era visible no sólo de noche, sino también de día. Además,  desaparecía y aparecía y (cuando entraron a Jerusalén y cuando abandonaron a Herodes). Si los magos caminaban, la estrella se movía; si ellos paraban, ella se detenía. Ese relato se parece a la columna de fuego del libro del Éxodo cuando el pueblo de Israel salió de Egipto.

Finalmente, la estrella no anunciaba el parto de la Virgen permaneciendo en las alturas, sino descendiendo de ellas, lo cual no es propio de una estrella ordinaria, sino de una Voluntad inteligente, de donde podemos deducir que no era simplemente una estrella, sino más bien, una virtud invisible que había tomado esa forma.

Y ante Jesús, el Oriente, el Sol que nace de lo alto, “se postrarán los reyes de occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante él se postrarán todos los reyes y todas las naciones” (Sal 71).

 

¡Feliz Día de Reyes!