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Conocí a Andrés Manuel López Obrador en 1997. Sabía de él y había algunos actos suyos pero fue hasta que coincidimos en Campeche cuando supe quién era en realidad.

La primera pregunta que dejó sin responderme fue si en verdad luchaba por un nuevo orden político y si eso lo lograría invitando a los hijos de los caciques a sumarse al Partido de la Revolución Democrática que lideraba en esos días.

De esa fecha a entonces no he visto gran diferencia en el discurso de Andrés. En Campeche amenazó con tomar pozos e incluso anunció que vendría a hacer manifestaciones durante el gobierno de Jorge Salomón Azar.

El gobernador no dejó pasar la oportunidad para hablar con Andrés Manuel y lo convenció de que habría un severo conflicto si decidía venir a un aniversario de la expropiación petrolera en la que estaría el presidente Ernesto Zedillo, si no me falla la memoria.

Desde esos años no he visto al político tabasqueño como alguien digno de confianza, diferente a los demás políticos que conozco que sólo buscan como hacerse de un lugar en la administración pública.

Lo he dicho aquí antes. Estuve en la Ciudad de México cuando fue jefe de gobierno y no vi nada que me dijera que era distinto a Oscar Espinoza o Carlos Hank. Bueno, ni los escándalos de corrupción fueron diferentes a los de otras épocas.

Es lo mismo que me sucedió cuando conocí a Roberto Madrazo: me era imposible creerle y su actuación cada vez fue confirmando lo que me temía y traicionó hasta a los que lo ayudaron.

Escuché de Elba Esther los detalles de su traición y vi como no hay peor político que el ardido y el revanchista.

Entendí que no te metes pero sí te sacan y que el enemigo más pequeño de repente se convierte en un formidable adversario.

La discusión no es si Andrés Manuel es diferente, como siempre detallo, la explicación es que es el catalizador de una sociedad harta de lo que viven a diario en México: escasez, pobreza, corrupción, impunidad, narcos y políticos que los protegen, los cuidan y hasta se asocian con ellos.

Por desgracia, la política ya no se ve como una actividad de hombres buenos. Nos caló eso del que no tranza no avanza y lo del político pobre si es pobre. La sociedad se la creyó que hay que salir a perjudicar antes de que te perjudiquen y muchos siguen pensando que esos dogmas falsos son la verdad absoluta para triunfar.

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López Obrador no es distinto. Ellos también han jugado al fraude y vaya que en Campeche lo hicieron en ese 1997, pero se los revirtieron. Esa denuncia sobre el exceso de gastos del PRI debe ser cierta, pero también lo es que ellos hicieron exactamente lo mismo. Es como si la justificación para jugar con un cerdo sea convertirse en cochino, parafraseando al tabasqueño.

No. No entiendo la política así: a base de traiciones, deslealtades, engaños y sofismas confusos que sólo calan en la gente ignorante o desesperada y vaya que hoy hay de estos últimos en un país donde el salario no alcanza, pero tampoco se quiere dejar la pobreza extrema porque dejan de llegar las ayudas del progresa o de otros programas sociales.

Sin educación la pobreza se acentúa y permea para crear las hordas de fanáticos que son capaces de inmolarse si eso le da esperanza a sus hijos, si la venta del voto le permite subsistir la semana o un par de días.

Lo que asistimos en México no es el repudio al PRI que vio perder una millonada de votos, no vimos el repunte de un proyecto político de país diferente al que hemos tenido los últimos sexenios, pero si es peligroso escuchar que todo lo invertido se puede parar porque todo es un robo, un atraco.

Lo que se vive en México hoy tiene que ver con lo que sucede en cada casa, en la mayoría, donde no alcanza para el camión que lleva a la escuela, para pagar una renta decente, menos para una casa propia. Ya no hablemos de que los chamacos vayan a la universidad, pero tampoco es la solución que vayan todos aunque no estudien.

Aquí tenemos 16 años de promedio de estudios entre la clase política. Ellos son los que nos gobiernan y no son los que tienen maestrías o doctorados sino los que salieron más grillos, más listos, más afines a los que hoy ocupan los tres niveles de la administración pública.

No me gusta Andrés Manuel López Obrador como tampoco creo que Layda Sansores haya sido la mejor opción para un Campeche distinto. Sin embargo, ¿a quién voltear a ver enfrente? La gente sólo ve al que les ofrece esperanza, pero esa esperanza no tiene nada que ver con ser diferente. López Obrador no lo es.