JOSE SAHUI TRIAY

La noche del pasado sábado 1 de julio tuve la oportunidad de presentar junto con el Dr. Giussepe Zaffaroni, el libro de Alberto Savorana: Luigi Giussani… su vida. Fue sin duda un ejercicio alentador y motivante, pues la lectura de ese valioso documento me permitió conocer, un poco más, la obra de ese sacerdote milanés tan importante.

Luigi Giussani nació el 15 de octubre de 1922 en Desio, pequeña población italiana cercana a Milán. Muere en el 2004 a la edad de 82 años. Fue doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana, y director general del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos.

El apostolado educativo, de testimonio, de Don Luigi, se nutrió de una permanente preocupación de servicio. Qué mejor contribución a la vida de la Iglesia que la misión que llevara a cabo al darse cuenta, preocupado, que la debilidad de la experiencia cristiana respondía a un único motivo, la fe, y esta se vuelve incomprensible si no se toman en cuenta las necesidades del hombre.

Habría que imaginarnos la infancia y juventud de este sacerdote cuya obra ha dejado huella imperecedera en la juventud. Tendríamos que tener en cuenta, para una justa valoración, el análisis del impacto de las consecuencias que en el mundo había tenido la Segunda Guerra Mundial.

Europa evidenció, en el caso particular de Italia, la agonía de una sociedad falta de credibilidad, atemorizada, molesta. Una Italia en que sus jóvenes morían, quedaban lisiados de por vida, o faltos de trabajo. Familias enteras lloraban a sus muertos y los jóvenes, aquellos que quedaron, dejaron de creer, perdieron la fe en su país, en sus dirigentes, en ellos mismos…en Dios.

Precisamente esa fe que la posguerra parecía haber resquebrajado fue para Do Luigi piedra angular de la tarea que emprendiera, cuando más se necesitaba escuchar  no sólo de una voz en ese sentido, sino que junto a ella se pudiera percibir que el decir y el hacer no sólo eran bellas expresiones retóricas, sino que de verdad se conjugaban en un solo verbo.

El análisis de la obra de Don Giussani no puede, ni debe concebirse, sin una justa revisión de sus porqués.

Ante esa progresiva desaparición de la fe, característica de la época moderna, desde su juventud como Seminarista, Don Giussani inició un largo y difícil camino hacia un horizonte cuyo objetivo era el reencuentro con una fe que respondiera al sentimiento religioso, una fe conciente.

Don Giussani, fue por encima de todo un educador, y más que un formador, fue un reformador, por la visión que tuviera acera de las necesidades que observara en la juventud de su tiempo, que todavía, hoy pareciera en amplios sectores de ella, aún ser motivos de preocupante alarma por no haber sido satisfechas sus demandas, ni aclarado sus dudas.

Enseñó durante toda su vida. Sus encuentros fueron las escuelas y universidades. Su objetivo, y eso tal vez fue su más valiosa herramienta de atracción para los jóvenes por lo novedoso de esa forma de enseñar, reconocer que el educar no tiene valor cuando sólo se nutre a los alumnos de conocimientos, muchos y diversos, sin que estos carezcan de sentido, faltos de aplicación razonada y objetiva.

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Lo que más importa, decía, era que se entendiera lo enseñado, que los alumnos descubrieran el sentido real del conocimiento.

Difícil ha sido siempre lo anterior, más si lo ubicamos en un momento coyuntural, histórico, de la aplicación de sistemas educativos que todavía arrastraban los pesados grilletes de formas convencionales de enseñanza. Al respecto de la educación y su importancia en el movimiento que este incansable sacerdote milanés forjara, es importante destacar lo que el Papa Benedicto XVI señalara: “ Comprendió que el cristianismo no es un sistema intelectual, un conjunto de dogmas, un moralismo, sino que el cristianismo es un encuentro, una historia de amor, un acontecimiento “. Qué reflexión sencilla y bella. Sobre todo para aquellos jóvenes cuyo sistemático rechazo a las formas, para ellos muchas veces obsoletas y fuera de tiempo, los alejaba cada día más de Dios. Se educa con el ejemplo. En el hacer de Don Giussani, su vida y obra son partes amalgamadas, unidas, indestructibles. Así lo dijo, así lo hizo, así lo vivió siempre.

Uno de los testimonios más elocuentes de su importante labor fue haber formado “ Comunión y Liberación “ en 1954, ese movimiento que hoy se ha extendido a 70 países.

En 1957 escribió una de sus obras, “ El sentido religioso “, un clásico del cristianismo contemporáneo, que en mucho sirvió para presentar a los jóvenes nociones cristianas fundamentales.

Fue el período de las revoluciones estudiantiles. Nada fácil hacer esto interesante a la juventud en esos momentos de escepticismo. Pese a todo los contratiempos y resistencias, particularmente en ese agitado transcurrir entre 1968 y 1969, Don Giussani, con el apoyo de las universidades católicas de Milán, logró perfilar su proyecto con la intención de suscitar la educación cristiana, madura de sus miembros, y colaborar con la misión de la Iglesia en todos los ámbitos de la sociedad contemporánea.

Comunión y liberación son conceptos conjugantes, plenos de valores que dignifican a quienes de ellos dan testimonio.

A partir de la segunda mitad del siglo XX la inquietud de los jóvenes católicos, de todos los ellos, conducía a la búsqueda de cambios. Cambiar a un mundo al que rechazaban por sus aprisionantes esquemas de vida, fuera de lugar ante una sociedad que los había vuelto obsoletos. Así lo vivieron los jóvenes europeos y también los jóvenes de América Latina.

En el libro de Alberto Savorana acerca de la vida de Don Luigi Giussani, se mueve no tan sólo a reflexionar sobre su contenido, sino también a buscar más información respecto a temas específicos que permitan enriquecer los puntos de vista acerca de este sacerdote milanés cuya preocupación por los jóvenes, por la sociedad entera, por su Iglesia, lo impulsaron a dejar el testimonio de una obra cuyos alcances han permitido el logro de frutos generosos.