El 2017 ha sido un año de festejos para Campeche: Se ajustaron los 500 años del primer contacto entre mayas y españoles, los 477 años de la fundación de la ciudad, los 300 años de la fundación de Ciudad del Carmen, los 240 años de la concesión del Escudo de Armas y los 160 años del inicio del movimiento de separación de Yucatán.

Nadie puede restarle méritos a los hombres y mujeres que a lo largo de nuestra historia han contribuido a la realización de un Campeche mejor, como nadie puede tampoco dejar de responsabilizar a quienes han sido un lastre o un obstáculo en ese camino. Y la historia está llena de ellos, de ambos.

Desde el inicio de la actual administración se ha insistido en la promesa de “construir el mejor Campeche de todos los tiempos”. La frase ha sido repetida una y otra vez como una especie de sortilegio, conjuro o encantamiento, o quizá sólo para convencerse a sí mismos, por todos los funcionarios públicos del primer círculo, unos con más convicción que otros.

Pero ¿qué dice la Historia?, ¿Qué tan ‘mejor’ ha sido o ha estado Campeche a lo largo de sus centurias? Y en este sentido ¿Qué es lo que tenemos que mejorar? Plantearse esta pregunta, para cualquiera que lo intente, debe de ser el punto de partida en todo proyecto de mejora.

Hace 500 años gozábamos de prestigio, desarrollo, infraestructura y una actividad productiva clave que nos otorgó solvencia económica, pero privaba la desigualdad social, la discriminación, las enfermedades y un sistema político opresor. Hace 400 años la inseguridad fue uno de nuestros peores males, pueblos enteros tuvieron que ser trasladados a otros sitios por miedo a delincuentes. Hace 300 años logramos vencer en forma definitiva ese peligro y se abría un tiempo prodigioso para el desarrollo, pero hace 200 años se comenzó a gestar -como siempre en estos casos por intereses económicos y políticos- un movimiento que a la larga nos daría “libertad” pero nos condenaría a una actividad económica primaria que más temprano que tarde nos sumiría en las mismas penurias económicas que hoy padecemos. Hace 100 años inició un tiempo convulso que llevaría a la instauración de un régimen opresor, corrupto y populista, que nos daría grandes obras y programas a cambio de nuestra libertad política y social.

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¿Actualmente cómo está Campeche en su economía, en su seguridad, en su igualdad social, en sus libertades políticas, en su infraestructura? No puede haber mejoras si el desarrollo no se da por igual en todos esos rubros, y otros más.

Hoy en día nadie, absolutamente nadie, ni los que más se precian de “objetivos”, puede decir sin pasiones políticas de ninguna clase si el actual sexenio va o no en el camino de “construir el mejor Campeche de todos los tiempos”.

Lo que sí es un hecho es que hay políticos que piensan en función de tres o seis años, los hay quienes piensan en términos de toda una vida en la política, y hay quienes piensan en un verdadero legado que pasará a la historia. Los primeros son los que han puesto barreras al crecimiento, los últimos quienes lo han impulsado. La decisión de en qué jerarquía estarán depende únicamente de ellos.

ENTRE EL RECUERDO Y EL OLVIDO.

A fines del siglo XIX, Nietzsche decía que el animal que forma parte del rebaño es feliz porque todo lo olvida, mientras que el hombre debe vivir con la conciencia del permanente paso del tiempo. Y definía la historia como “vivir entre el recuerdo y el olvido”.

Ese es y será el sentido de esta columna, espero la primera de muchas: analizar los acontecimientos presentes a la luz de nuestro pasado.

RESBALONES

-Para que vean si los funcionarios tienen conciencia histórica: Ayer, cuando se festejó el cumpleaños de la ciudad, en pleno discurso oficial, el alcalde Edgar Hernández felicitó a Campeche por su 470 aniversario, en realidad es el 477. Poco después el rector de la UAC, Gerardo Montero, no supo responder qué era lo que se festejaba, hasta que su vocero, David Blanco, le dijo al oído: “es el aniversario de la ciudad, licenciado”.

-En la votación para elegir al Fiscal Anticorrupción, los diputados estaban tan convencidos del sentido de su voto, que no fueron pocos los que ni el nombre correcto de José Ángel Paredes Echavarría escribieron en sus papeletas.