Monseñor José Francisco González González

La narración de la Transfiguración es muy emblemática. La visión que tienen los discípulos, en esa ocasión, es un anticipo de cielo. El Evangelio de Marcos, por eso dice, que Jesús tenía una vestidura blanca, que no se puede lograr aquí en la tierra; es decir, es un atisbo de Cielo, de eternidad.

La Transfiguración nos da varias enseñanzas. Asomémonos a cuatro.  En primer lugar, porque nos ayuda a clarificar la identidad de Jesús. La gente lo confundía con Elías. Otros creían que era Jeremías o alguno de los profetas. Recordemos la pregunta que les hace Jesús en Cesarea de Filipo a los apóstoles: ¿Quién dice la gente que soy Yo? Jesús se les aparece para que vean la diferencia entre el Señor (Jesús) y sus siervos (los profetas).

 En segundo lugar, los escribas y fariseos acusaban a Jesús de ser transgresor de la Ley, de actuar como blasfemo y de tomar actitudes usurpadoras de la gloria del Padre. Jesús en la Transfiguración se presenta con toda su inocencia y testimoniado de las más grandes figuras del pueblo: Moisés, quien promulgó la Ley en el Monte Sinaí; y Elías, el fundador de la corriente profética, el celoso luchador del culto monoteísta.

Si queremos añadir un tercer elemento, en este pasaje de Mt 17,1-9, Jesús manifiesta su poder sobre la muerte y la vida. Por esta razón aparecen a los costados los dos grandes personajes: Moisés, quien ya había muerto y  Elías, quien aún vivía, pues en la tradición judía se argumenta que un carro de fuego lo llevó al Cielo, pero habría de volver.

Otro motivo de este pasaje es el deseo de manifestar la gloria de la cruz. Pedro se asustó ante el anuncio de la pasión (cf. Mt 16). Tenía miedo junto con sus compañeros del fracaso socio-político de su Maestro. Por eso, Jesús es rodeado por Moisés, quien se enfrentó a muerte ante el poderoso faraón de Egipto (Ex 5) y por Elías, el valiente profeta que desafió al rey Acab y a la reina Jezabel (1Re 10). De paso, los dos personajes del Antiguo Testamento que flanquean a Jesús dejan una moraleja a los tres apóstoles que subieron al Tabor y a nosotros también: hay que imitar a Moisés en su mansedumbre (no ha habido hombre más humilde que él, cf. Num 12,3) y a Elías en su celo apostólico por el Señor.

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SUBIR A LA MONTAÑA

San Mateo sitúa el lugar de la Transfiguración en la montaña. Eso nos evoca el Salmo 121: “Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?” En las alturas habita Dios. Sólo se puede contemplar el rostro irradiante del Señor ascendiendo, subiendo a la montaña. Moisés lo hizo en el Sinaí. Elías, en el Monte Carmelo. Pedro, Santiago y Juan, en el monte Tabor.

El Señor lleva, pues, a sus discípulos a la gloria de su felicidad. Por eso, los conduce a la montaña silenciosa. Para “ver a Dios” debemos dejar el fango de los bajos placeres terrenales y mundanos, para levantar nuestras apetencias a las cosas del amor celestial.

Jesús, con esta invitación a subir a la montaña, lo que hace es “separar” a los apóstoles. En hebreo, “separado” se dice ‘qaddosh’, que también significa “santificado”. Todos los santos, en verdad, son “separados” del mundo e iluminados por la gracia santificante de Dios, fuente y origen de todo bien.

Finalmente, Jesús se transfigura delante de los que no quieren vivir entregados a la vida de la tierra. Delante de los que transfigura son hechos hijos de Dios. Por eso, el Padre nos dice:

¡Es mi Hijo amado, escúchenlo.