El PRI, como detentador del poder político hasta el uno de diciembre, está dando muestras que no entiende el por qué la gente lo rechazó en las urnas; el PAN tampoco pareciera ver que la mezquindad de su actuación interna le restó las fortalezas que tuvo en otros años y el PRD, ese de las tribus, pareciera también no darse cuenta que, con la lluvia de votos, se socavó la naturaleza de su propia existencia.

Las primeras acciones del PRI sólo ratifican que no entendieron el mensaje. Poner a Miguel Angel Osorio Chong como líder de los senadores es una muestra inequívoca que siguen sin entender: el ex secretario de Gobernación es responsable directo de la derrota de ese partido por el que pretendió contender por la presidencia y que su ambición personal no dudó en traicionar sus propias siglas: rescató al PT y entregó al PES en aras de tener aliados para su propio proyecto.

Osorio es responsable directo –el presidente lo es más por haberlo designado y no relevarlo a tiempo- de la crisis que hoy vivimos en seguridad y corrupción: protegió a los gobernadores que le darían vida económica y política en sus estados y se hizo omiso en las señales de alerta del saqueo, ese que hubiera usufructuado si hubiera sido candidato, pero no lo fue ni pensó que los actos de esos gobiernos terminarían por estallarle en la cara.

Luis Videgaray también tuvo culpa. Se erigió líder de un bloque en el gobierno y revivió la épica pugna entre dos fracciones de la política nacional al encabezar la pugna de los tecnócratas contra los políticos. Ambos desatendieron su primera obligación con su presidente: serle útil para saber gobernar y para saber llevar su proyecto a buen puerto.
Sin embargo, el principal culpable fue el que dejó que eso pasara, el que permitió que su gobierno pase a la historia como el más corrupto y violento desperdiciando el capital político logrado con la imposición –pasando sobre el Congreso- de las reformas estructurales. Es como si la victoria de ese diciembre hubiera sido suficiente para legitimar su candidatura tan cuestionada en campaña.

En el PAN, el dirigente armó un partido hecho a su medida, bloqueando a los que se le oponían y violentando la filosofía política que lo hizo el partido más honorable como una oposición responsable.

En el PRD la cosa no fue menor. Hicieron alianzas vergonzantes, se desdibujaron de su ideología en aras de las concesiones y de las prerrogativas para darle gusto a cada tribu, esas que no dudaron en traicionar e irse en desbandada cuando las cosas estaban mal paradas.

A López Obrador le dejaron la cancha libre: todos peleándose por ser candidatos presidenciables mientras el tabasqueño construía su propio partido, su empresa personal en la que, a diferencia de los otros tres, sólo aceptó a los que le juraron lealtad y poca crítica.

López Obrador nunca fue un candidato, fue líder de un movimiento que se proponía, al menos en el discurso, retomar los postulados populares, la esencia del priismo original y de ese partido que se convirtió en sus ochenta años de gobierno en una fábrica de empleo y de nuevos millonarios a costillas de todos los que pagamos contribuciones.
Hoy, cuando el presidente saliente pareciera ausente, el presidente entrante que está presente sufre las consecuencias del desencanto de quienes no quisieron ver de quienes se rodeaba, de qué decía y menos de lo que proponía para todos sin reflexionar si era posible.

Del tamaño de la oferta es el compromiso, ese que para muchos de sus seguidores ya dejó de refrendar al reunirse con sus adversarios, al invitar a destacados priista a su administración. Los vídeos en las redes sociales acreditan que el desencanto ha surgido apenas a un mes del triunfo y eso que faltan aún Bejarano y otros polémicos.

El nombramiento de Bartlett en CFE, su reunión con José Antonio Meade y esas decisiones que anuncia sin tener más sustento que su deseo, empiezan a hacerle agua a un barco al que le faltan aún cuatro meses para salir del puerto.
Todos pasmados mientras el presidente está ausente y el virtual arremete con nombramientos, visitas y recorridos que no le dejan tiempo para la reflexión seria, para la planeación sólida.

Deseémosle lo mejor a López Obrador. El será el presidente, pero ojalá el desencanto no llegue antes de tomar posesión porque México no aguanta otra desilusión, menos una que se desmorone en los primeros meses.