JOSE SAHUI TRIAY

De 1959 hasta la fecha, 2017, fue la permanencia, 58 años de un Modelo Educativo que si bien respondió en su tiempo a sus expectativas, los cambios que la sociedad contemporánea vive obligan a replanteamientos que respondan a las necesidades de una educación de calidad: la escuela del siglo XXI, en que su estandarte distintivo destaque la importancia, como eje vertebrador de ese proceso, al razonamiento, permitiendo así a los educandos pasar de ser objetos a convertirse en sujetos, de importante valor, en la enseñanza.

El nuevo Modelo Educativo que el pasado lunes 13 fuera presentado en Palacio Nacional al Presidente Enrique Peña Nieto, quien estuviera acompañado por gobernadores, autoridades educativas, líderes empresariales, maestros y alumnos, por el titular de la SEP, Aurelio Nuño Mayer, era un documento esperado, por su importancia en el futuro de la educación básica y media superior del país. Este nuevo Modelo no es producto de la improvisación de grupos cupulares, sino resultado de los numerosos foros que por toda la geografía nacional permitieron la participación, con sus opiniones y sugerencias, de maestros, padres de familia, académicos e investigadores en este documento, rector de un quehacer educativo con rumbo fijo, sin estridencia de triunfalismos inmediatos, y si, por el contrario, con el señalamiento claro de que sus resultados comenzarán a observarse en un período de 10 años, a la fecha de ponerse en práctica. Para el fortalecimiento de ese propósito, en abril habrán de presentarse modificados y adecuados a ese difícil proceso de actualizar la educación que pareciera haberse detenido en el tiempo, Planes, Programas y Contenidos Educativos acordes a las metas con las que el nuevo Modelo iniciará una travesía, nada fácil, en el ciclo escolar 2018 – 2019.

Si bien es cierto que las Reformas que la presente Administración ha echado a andar son importantes, la educativa, según una gran mayoría de analistas del acontecer nacional, pareciera por sus desafíos y por las respuestas que a ellos se han dado, como la nave insignia de esa gran flota cuyas acompañantes, pese a su importancia, no van al igual de adelantadas que esta. Las travesías en aguas turbulentas ponen a prueba la fortaleza y seguridad de las embarcación que se atreven a desafiar sus retos: la pericia de su tripulación; la capacidad de sus capitanes para conducirlas, y sobre todo, la precisión del rumbo a seguir. Estas consideraciones, en su momento, permitirán, por sus resultados, poner a cada una en su justo lugar.

Hoy, esa Revolución Educativa que la Reforma enarbola como pendón identificante, es tal vez uno de los más difíciles compromisos que el Presidente Peña Nieto haya asumido. Ha sido claro el Presidente: “ desde finales del siglo XX nuestro Sistema educativo estaba agotado en muchos aspectos, enfrentaba desafíos y rezagos que necesitaban ser atendidos…” Ese reconocimiento fue seguramente fuente genera- dora de una decisión imposible de continuar siendo detenida. Habían sido demasiados los buenos propósitos de anteriores Reformas, Revoluciones, Acuerdos. La muy activa presencia en el devenir de este sector de las dirigencias sindicales del SNTE y la CNTE; la carencia de programas de actualización y mejoramiento profesional, evaluables, que permitieran a los docentes mejor calificados, mejores oportunidades, limitaron las posibilidades de éxito de esos buenos propósitos, contribuyendo así a que el abismo entre cantidad y calidad fuera preocupante.

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Es por todo esto trascendente, histórica, esa decisión que se espera sea la primera de un proyecto que involucre a la educación superior. El Sistema Educativo Nacional merece ya el análisis a fondo de su realidad; de sus fortalezas y debilidades. Ahora es la educación básica y media superior; no puede por más tiempo retrasarse el proceso modernizador hacia el vértice de la Pirámide Educativa.

La decisión tomada, pese a las problemáticas que han pretendido detener esta Reforma, no admite duda alguna: “ No podemos condenar a las niñas, niños y jóvenes del siglo XXI, a una educación del siglo pasado”. Las palabras del Presidente de México, en un momento tan crucial como el de hoy, muestra seguridad en su propósito de propiciar una educación de calidad con productos terminales competitivos, los que el país necesita en la dinámica de un siglo que requiere de los mejores para construir con ellos futuros más justos.

Nada fácil el camino que apenas se inicia. El número de demandantes de esos servicios; los planteles donde asisten; sus maestros; los padres de familia; las dirigencias sindicales, representan un vastísimo universo, mosaical en sus regiones, con particularidades que habría que no olvidar.

Si a ello agregamos el compromiso de construir “ la escuela del siglo XXI”, por lo que representa, habríase de inmediato comenzar a formar desde las Escuelas Normales y en cursos intensivos a los docentes en servicio, a los maestros que permitirán hacer eso posible, pues sin ellos, sin una preparación que responda a cabalidad a ese propósito, to- do quedaría tan solo en buenas intenciones.

El razonamiento ; la escuela como centro transformador; la equidad e inclusión; la participación de todos los actores involucrados en la educación; y el fortalecimiento, formación y desarrollo profesional docente, son los 5 ejes vertebradores del nuevo Modelo Educativo. Hacer que cada uno cumpla sus objetivos es tarea que compete a operadores cuyo profesionalismo, experiencia y capacidad les permitan construir esa educación de calidad, requisito indispensable para las generaciones que en este siglo serán rigurosamente evaluadas, y en consecuencia promovidas o no, a oportunidades de empleo de acuerdo a sus resultados.

Valdría la pena reflexionar acerca del mensaje del Presidente Peña Nieto al respecto: “Hoy México convoca a los maestros, a las autoridades educativas y a los padres de familia a emprender la Revolución educativa más importante en casi un siglo”.