Todos vivimos con la ilusión de dejar un legado, algo perdurable, y de ahí surge el plantar un árbol para que mejoremos nuestro entorno; escribamos un libro, para dejar nuestras ideas a generaciones futuras; tengamos un hijo, para que nuestros genes y nuestro apellido continúe mucho después de que nosotros no estemos. La vida es vivirla y vivirla bien, haciendo el bien, por el bien de los demás. Sin embargo, hay dos momentos en que necesitamos que nos cuiden, en nuestra infancia cuando somos frágiles y en nuestra ancianidad cuando ya dimos todo lo que pudimos.

En la primera etapa tenemos el amor de nuestros padres, un amor irrestricto en que aprendemos con base en la imitación, aprendemos lo que vemos, lo que oímos, lo que sentimos y eso lo reflejamos en nuestra vida “productiva” (lo pongo entrecomillado porque hay maravillosos seres humanos que siguen siendo fuente de inspiración y actividad mucho después de que la supuesta vida productiva tuviera décadas de haber terminado) y al terminar, cuando es hora de disfrutar y descansar, cuando nuestro cuerpo no da más, cuando las cosas se nos empiezan a olvidar, nuestras rodillas duelen y nuestros dedos se atrofian, cuando los colores se tornan desvaídos y los sonidos más tenues, en ese momento cuando necesitamos que alguien esté, a veces, aquellos que deben de agradecer y cuidar, en retribución a los años que se dedicaron a ellos suelen sentirlo como una carga que afecta su atribulada vida “productiva” y cierran los ojos para olvidar.

El olvido de los adultos mayores es un problema y una falta de respeto a nuestra humanidad. Se justifican algunos en que son tercos, ¡caray! si después de toda una vida de hacer y crear no puedes tener un poco de terquedad estamos lucidos; otros dicen que no los pueden atender porque trabajan, ellos también trabajaban y te cuidaban así que no vengas con eso y si necesitas ayuda especial pues consíguela, si necesitas poner a esa maravillosa persona que te dio todo en un asilo pues hazlo, pero no lo hagas para olvidarte, visita cada vez que puedas y escúchalo pues seguro aprenderás más de lo que crees.

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Es tal el problema del abandono del adulto mayor que se tuvo que hacer una ley en contra del mismo y es verdaderamente lamentable que tengan que recurrir a una sanción para que se cumpla con una responsabilidad de amor, de respeto, de gratitud.

Estoy seguro que si hay algo que duele más que cualquier achaque atribuido a la edad es la soledad, el olvido de aquellos que amamos más que a nuestras vidas y estoy seguro que ninguno de los seres humanos (obviemos “tercera edad”, “adulto mayor”, “anciano”, “abuelito”) que se encuentran en una condición de abandono culpa a los que así lo dejaron y no lo hacen porque a pesar de todo, siguen siendo su progenie, su legado, la razón de sus sacrificios de toda una vida y de un amor entregado sin reserva. Yo no soy nadie para juzgar, ni intentaré hacerlo pero sí puedo asegurarles que primero me corto las dos manos y las piernas antes que olvidarme de las personas que me dieron todo y me hicieron como soy y a las que les debo más de lo que podré pagarles en toda mi vida y aún así, no sería suficiente.

Y si el abandono del adulto mayor es un situación problemática solo hay de dos, o seguimos siendo parte del problema o nos volvemos parte de la solución.

Hay personas que aunque no tienen a nadie dentro del asilo, se preocupan, visitan, escuchan, acompañan, bailan, cantan y hacen que un ser que nadie recuerda se sienta, nuevamente, parte de la
humanidad.

A todos ellos… Gracias.