El que traiciona una vez, traiciona toda la vida, dice el refrán y vaya que el columnista ha tenido la oportunidad de ser testigo de que no hay dicho más cierto.

De los traidores, los peores son aquello que no reconocen a quien los benefició, a quien les tendió la mano y creen que todo lo merecen. A ellos sólo los mueve la soberbia, la falta de principios, su falta de fundamentos éticos.

A Ricardo Anaya lo siguen quienes son como él: capaces de matar a su maestro, de desconocer a su promotor, de negar su palabra y no privilegiar acuerdos. El “joven maravilla” vaya que ha resultado peor que todos los neopanistas venidos de fuera y vaya que éstos sólo vieron el naufragio y huyeron del barco, como ratas.

¿Se acuerda usted en Campeche quienes eran los panistas “convencidos” que siguieron a Juan Camilo Mouriño cuando éste  empezó a destacar en la política, a tener fortaleza y relaciones?

Muchos de ellos se han perdido en la ignominia del anonimato, otros regresaron a sus profesiones, la mayoría dejó al PAN excepto los que vieron al partido como una vía para la subsistencia, para estar pegados a las ubres de las prerrogativas o de las dietas.

En Campeche, sólo quedan algunos panistas de los que siguieron a Juan Camilo y a Felipe Calderón. Visiblemente las dos coordinadoras de su campaña, Nelly Márquez Zapata y Yolanda Valladares Valle, ambas ya muy lejos del ex presidente y de su esposa, incluso combatiéndo al ex presidente y su esposa hoy aspirante a candidata independiente.

Recuerdo que Margarita Zavala llegó a Campeche y en Telesur se presentó en el programa que tenía el privilegio de conducir: Entrelíneas. Era el 2005 y promovía la candidatura de su marido luego del regaño de Vicente Fox ante el destape de Felipe en Jalisco.

Conocí a Margarita y a Felipe años atrás, en mi época de reportero del Diario de Yucatán, donde compartí redacción con Carlos Castillo Peraza, y luego cuando estuve a cargo del semanario Proceso donde también escribía el que luego sería líder nacional del PAN.

Los panistas tradicionales nunca le perdonaron a Calderón –ni a Fox- que haya jalado a tanto funcionario independiente o tránsfugas de otros partidos. Los neopanistas brillaron en ese sexenio y vaya que tuvieron éxito.

Desde Campeche llegaron a Los Pinos Karim Elías Bobadilla, que luego se fue como Contralor de la Función Pública a Pemex; Arcadio Echeverría Lanz, que después siguió a Juan Camilo a Gobernación, donde ambos fallecieron.

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También llegaron a Pemex Yolanda Valladares Valle, como gerente de Desarrollo Social de Pemex; Jorge Fernando Márquez Zapata, como subdirector de Abasto y Transporte a CFE, pero donde si hubo inundación prácticamente fue en las delegaciones federales en Campeche.

El fenómeno era Juan Camilo. Su deceso no sólo frustró un proyecto político de Felipe Calderón sino que también sirvió para medir el panismo de quienes el promovió a diferentes cargos. Muchos de ellos no refrendaron su militancia, otros prácticamente se refugiaron en el ostracismo y otros emprendieron una cruzada contra la familia del ex secretario de Gobernación, en particular por la influencia de Carlos Mouriño Terrazo en el PAN local.

Otros, unos pocos, se refugiaron en la familia del líder y los acompañaron en una aventura que para muchos terminó de frustrarse con la derrota de Mario Ávila Lizarraga por la gubernatura.

La soberbia volvió a surgir y mientras los neopanistas prefirieron no dar la lucha, otros intentaron representar un liderazgo que al morir Iván se perdió con él y no heredó su hermano Carlos, quien encabezó por un tiempo los esfuerzos para mantenerse al frente del panismo campechano. Carlos no es Juan Camilo y la visión empresarial del hermano mayor no compaginó con la visión política del menor, precisamente la que le permitió liderar a tantos en Campeche.

Hoy, el liderazgo local del PAN ha heredado las prácticas inconfesables del ganar a toda costa incluso traicionando, del aliarse con quienes tradicionalmente son sus enemigos pero se sientan con ellos para recibir línea mientras negocian con el gobierno en turno.

El PAN, como aventura política, no tendrá éxito en Campeche porque el objetivo de la dirigencia no es ganar una gubernatura ni pelearla sino más bien pactar con el adversario y ser un apéndice al que se le permita tener plurinominales y operar como el gran validador de los acuerdos.

La idea es sobrevivir y hacerlo muy bien en el intento. Si no se puede, pues volvamos por donde vinimos a donde renunciamos.