Están terminando las precampañas. La visión general es que con ellas empezaron formalmente las campañas y que ése ejercicio no es únicamente para las definiciones internas de los partido sino un primer escarceo ya que los tres precandidatos serán realmente candidatos de sus partidos, con la salvedad de que uno de ellos lleva todo el sexenio haciéndola aunque con diferentes partidos.

En el PRI quizá esté el candidato más preparado: Meade no sólo ha acreditado estudios sino también conducta y educación, pero es candidato de un partido que hoy se debate entre gobernadores encarcelados y funcionarios corruptos e impunes.

Una losa dura de cargar para alguien que ha sido cinco veces secretario en los gobiernos actual y el de Felipe Calderón, pero eso lo hace recipiendario de epítetos, descalificaciones para quienes ven al PRI y al PAN como los únicos que han gobernado, que han ganado la presidencia.

Meade trae propuestas, temas y cómo hacerlo, pero el escepticismo popular lo ve como parte de un gobierno que lo ha defraudado, que inició con una fortaleza política luego de ganar la presidencia aunque con argumentos de ser Peña candidato televisivo.

Hoy, el gobierno actual no sólo no le conceden éxitos sino que genera descontento. Es como si nada hubiera pasado en seis años y sólo los negativos contaran cuando una administración es de claroscuros.

De poco le sirve a José Antonio no tener militancia mientras los priistas no lo ven suyo y los militantes no lo ven ajeno a ese partido. La decisión de poner a un ciudadano candidato debe de arroparse con otros mensajes más claros para no crear confusión ni en el PRI ni entre los ciudadanos.

Ricardo Anaya es un candidato avasallador: ha avasallado a todos en el PAN para ser candidato presidencial: eliminó la competencia, eliminó la selección del candidato, eliminó a todos los que se le oponían, se quedó con todos los órganos del partido y se negó a aceptar el registro o la renovación de los militantes que sabía serían incómodos a su proyecto.

Sus cercanos sólo ven que en su dirigencia se han ganado gubernaturas como en ninguna y poco aceptan que fue el hartazgo, los excesos de sus antecesores en esos gobierno en los que se alzaron victoriosos.

Los candidatos ciudadanos no lo son tanto y lo son forzados por las condiciones:
-Margarita Zavala es panista de toda la vida y ahora “ciudadana” porque Anaya la expulsó de facto del PAN.
-Jaime Rodríguez, El Bronco, también “ciudadano”, compitió porque el PRI le negó la oportunidad y ganó la gubernatura de Nuevo León desde donde usa los recursos del gobierno para su nueva campaña.
-Armando Ríos Peter, El Jaguar, también salió de su partido, el PRD, porque no lo hicieron candidato.
Ni uno de ellos renunció a su partido por temas ideológicos sino porque no los dejaron ser candidatos y eso, desde cualquier punto de vista, les pone un acento que provoca cuestionamientos.

Andrés Manuel es un candidato que no ha dejado de hacer campaña. Derrotado por Felipe Calderón en 2006, alegó un fraude que no acreditó, paralizó el Paseo de la Reforma en la capital y se autonombró presidente legítimo. Desde entonces inició su campaña para el 2012 cuando de nuevo fue candidato y de nuevo perdió ahora con Enrique Peña Nieto pero por un margen mayor que con Calderón lo que impidió se quejara de fraude aunque acusó que la derrota fue porque Peña tuvo el apoyo de Televisa, pero nunca dijo que él recorrió todo el país todos los días desde antes de la campaña y durante ella.

En su tercer intento, Andrés no dudó en negociar y lograr armar su propio partido en el que él decide todo. No tiene que lidiar con reclamos porque todos los que ahí llegan saben que él decide, resuelve y ordena. En su partido nadie le reclama que sus hijos sean dirigentes –¿se imaginan que así fuese en el PRI, PAN o PRD?- y, sus amigos, sus colaboradores.

Andrés, como los otros, salió del PRI no por temas de ideología sino porque no lo dejaron ser candidato a gobernador de Tabasco, en el PRD tampoco aguantó aunque lo hizo candidato a gobernador de Tabasco –donde perdió- y a presidente porque ahí hubo oposición a sus temas, a sus privilegios. Bueno, ni con los 12 partidos que lo han postulado se mantuvo. Ya no los necesita.

Analizar las incongruencias de quien como jefe de gobierno capitalino no resolvió los problemas de la urbe, dejó crecer la inseguridad y hasta los secuestros, criticó a una sociedad que se manifestó contra ello y calificó a los marchistas como pirruris y otros comentarios clasistas. Pensemos bien a quien le entregaremos el país seis años. No podemos equivocarnos.