Hace unos días recibí un reclamo de una de las personas que dejé entrar a mi página de Facebook, y digo que dejé entrar porque me solicitó amistad y le di aceptar a su petición.

Es increíble cómo hay gente que se dice amiga de uno porque ha platicado un par de veces. Pareciera que no entienden que un amigo es aquél con el que uno comparte la mesa, a quien invita a su cumpleaños, con quien comparte algunos recuerdos de vida.

Pareciera que es imposible hacerles entender que los amigos nos quieren y nos privilegian a pesar de nosotros mismos, a pesar de nuestros defectos y quizá precisamente por ellos.

A los amigos se les respeta, se le visita y se les incluye en los momentos importantes de la vida sin importar nada. Hay quienes nos acompañaron tres años en la secundaria o la prepa y sólo tiene uno un borroso recuerdo de ellos, quienes ni siquiera sabemos cómo es que nunca los hayamos visto en nuestro salón de la carrera o de la primaria.

Y pues haciéndose pasar por mi amigo, o creyendo serlo porque nos hemos visto dos o tres veces, se atrevió a reconvenirme por lo que publico no sólo en este espacio sino lo que comparto en mi muro de la red social.

Me vaticinaba un infarto cuando, asegura, gane Andrés Manuel López Obrador la elección del uno de julio de este año. No sólo eso, se atrevía a describirme con sólo haber conversado conmigo dos o tres veces, como si su juicio fuera una cátedra de mi vida y por ello su premonición electoral infalible.

Los adoradores de Andrés Manuel son así: no les importan los argumento sólidos contra su preferencia electoral, no aceptan las evidencias que contradicen a su líder en cada una de sus acciones, tan distintas a sus palabras.

Es como si no tuviera que haber una correlación entre lo que se dice y lo que se hace. La reflexión viene por el debate que seguramente ud. vio este domingo. Conste, si no lo vio no vale que se meta a la discusión, no vale que argumente y mucho menos que defienda a su candidato porque, seamos honestos, no sabe de qué hablamos quienes sí lo vimos, aunque quienes hayamos sido testigos tengamos opiniones distintas.

Ganó porque no se contradijo, no se molestó a pesar de que no respondió nada de lo que se le preguntó y desperdició la oportunidad de ser novedoso como también nos faltó al respeto al recitarse de memoria todos sus spots.
Se entiende, todos querían pegarle y es normal porque es el puntero en las encuestas como también es normal que se haya comportado con cuidado.

Anaya se mostró muy bien preparado, audaz, oportuno. Lástima que sea un traidor y que muchos gobernadores de su partido están contra él porque no les permitió a los panistas de cepa ser candidatos al Senado, a diputado federal, menos a gobernador cediéndole posiciones de privilegio a sus aliados de otros partidos.

José Antonio Meade habló como sabe y puede: dictó una conferencia, una cátedra que sólo evidencia su experiencia y sus conocimientos, pero no hubo emoción. No se enoja y es muy plana su actitud tanto para criticar como para explicar. No usó láminas aunque las cifras se le dan bien. Meade perdió la oportunidad de conectar, pero ganó la imagen de un hombre de estado y eso no pareciera ser suficiente para convencer hoy al electorado.

Margarita Zavala no entendió que su mayor carga es el gobierno de su marido a pesar de que esa experiencia es su mayor fortaleza. Ella no logró conectar aunque rescató un momento cuando pidió a López que no criminalizara la pobreza porque la falta de oportunidades no ha llevado a muchos a delinquir.

El que realmente ganó fue El Bronco, porque de ser conocido sólo en un pequeño porcentaje del país hoy le habló a millones de audiencia y se metió con temas que vaya que pegaron: se ha casado tres veces y le cortaría la mano a los corruptos. Se enfrentó también, pero directamente, a López Obrador al que hizo dudar cuando le pidió firmar que devolvería las prerrogativas económicas que les da el INE a lo que el tabasqueño se negó.

Por cierto, que Andrés confesó que comete peculado y desvía recursos al declarar que, contra lo que dice la ley, sus prerrogativas se dividen en dos para repartirlas entre los damnificados. La ley admite que no acepte los recursos, pero no permite que los use para algo diferentes a las elecciones y el trabajo de su partido.

¿Ud. modificó su voto luego de ver el debate? Yo no.