Me parece lamentable que la gran mayoría de quienes comparten las redes sociales piensen que la independencia de los poderes de la Unión debería ser una gran farsa.
Vaya que les ha indignado el reconocimiento de la autoridad electoral del triunfo de Puebla y que los ministros hayan frenado esa ley que le baja el sueldo a todos los funcionarios públicos.

Incluso el presidente López Obrador calificó la decisión como antidemocrática, pero que debía acatarse porque en México “ahora sí hay estado de Derecho, antes había estado de lo chueco”.

No entiendo. Como sociedad luchamos años, sexenios para evitar que siguiera la perversión de los jueces de consigna -un par de ellos me dictó auto de formal prisión por defenderme de un borracho ofensivo y vulgar- de formar una sólida estructura en el Congreso de la Unión y desterrar por siempre ese presidencialismo que aceptaba la hora que el presidente dijera.

Me parecer que el rencor, la frustración y la indignación de la gran mayoría le está nublando la razón y se olvidan de que vivimos en una República en la que los poderes de la Unión deben ser independientes y convertirse en un equilibrio que evite tantos abusos cometidos por los políticos de todos los partidos.

La línea de conducta del nuevo gobierno y los comentarios, argumentos y hasta posiciones del Presidente López Obrador no abonan al respeto que debería prevalecer entre poderes y menos a acrecentar esa división real cuya ausencia permitió tantos abusos a los presidente, gobernadores, alcaldes y hasta diputados.
Los ciudadanos elegimos a quienes nos administren el país, el estado o el municipio para que lo hagan con respeto a la ley, con respeto a los otros poderes y siempre por el mejor funcionamiento de la república. Son nuestros empleados no nuestros jefes.

El poder, el apoyo y las agresiones a los que no opinan como él, hace a López Obrador un presidente que sólo nos regresa a los tiempos de los abusos, de los excesos y de las pataletas presidenciales que tanto nos costaron como país y que han frenado el desarrollo y ensanchado esa brecha de desigualdad tan ofensiva.

Combatir la desigualdad, la impunidad y las ilegalidades no se fortalece si seguimos debilitando al poder judicial; elecciones creíbles y consultas verídicas sólo se consiguen si fortalecemos al INE y lo hacemos más independiente del poder Ejecutivo; la economía no mejorará si seguimos creyendo que los mercados financieros no nos afectan y que como no usamos dólares ni tenemos valores en la bolsa tampoco pasa nada si no se hacen las cosas correctamente y seguimos dando pataletas para acreditar que tenemos el poder. Respetar al Banco de México.

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El poder real lo tiene López Obrador, nadie se lo regatea, ganó con 30 millones de votos, pero el gobierna a 130 millones de mexicanos y con el voto del 53 por ciento de los que salieron a votar de un padrón electoral de 88 millones de mexicanos. 58 millones no votaron por él y es muy importante que gobierne para todos.

Rendirle pleitesía al presidente, no censurarlo ni criticarlo, no vigilarlo ni obligarlo a ser transparente ni a tener órganos autónomos, sólo lo hará más poderoso y más impositivo.

Recordemos el pasado, recordemos por qué queríamos cambiar al PRI, PAN, PRD y seamos igual de inflexibles y críticos que fuimos con ellos.

Andrés Manuel sólo es presidente, ni es religión ni es el Dios Omnipotente que muchos quisieran. Apenas van 10 días de su gobierno y ya piden que desaparezca la Corte, un poder que hará contrapeso a un Congreso que no le niega nada al Ejecutivo.

Reflexionemos y no regresemos a los días del PRI que el apoyo se vendía por un juguito, una torta o una lana cada mes y todos sólo decían: “lo que ud. ordene Sr. Presidente” porque repetiremos esa historia de la que queríamos escapar y ahora se hará oficial y no sólo en periodo electoral.

El dinero del gobierno es dinero de los mexicanos, la obligación de los alcaldes, gobernadores, legisladores y del mismo presidente no es sólo usarlo adecuadamente sino informar y ser transparente de cómo se usa.

Debilitar las instituciones del país, esas que tanto trabajo y esfuerzo costaron a la sociedad civil deben de refrendar su autonomía y el Ejecutivo, sea municipal, estatal o federal debe ser un garante de que así será.

Tener un presidente que dice que la sociedad civil ha abusado y que desconfía de ella sólo nos acredita que la desprecia y la ignora.

Seamos claros, queremos un presidente sólido, fuerte y respetuoso de la Constitución y las instituciones de la República porque somos eso: una República y no una hacienda en la que el capataz decide el “rancho” que se le dará a los peones.
Protejamos la división de poderes y protegeremos la República.