Termina 2017 y bien podría decirse que este año ha sido quizá el más duro para la gran mayoría de los mexicanos. Hay que decirlo: los políticos en su realidad nunca pasarán las penas o preocupaciones de los ciudadanos de a pie porque su problema no es ni será el económico, como si nos sucede a todos los mortales.
El recuento del año podría resumirse como una frustración y un disgusto porque los mexicanos viven cada día, así ha sido por lustros, viendo como sus ingresos cada día les alcanza menos para el ritmo de vida que venían tenido. Lo decimos siempre y es así como se percibe: la clase media se reduce a la misma velocidad de que los millonarios del país lo son más y no hables de esos 60 millones de mexicanos que no tienen siquiera un futuro y que su vida la viven en la premura diaria de salir del paso, de cumplir con llevar la comida a sus casas ese mismo día sin tener más certeza que esperanza en el que vendrá.
Es la economía estúpidos, pareciera gritarles hoy el pueblo mexicano a una clase política que se ceba en la corrupción y la impunidad que les da el poder. La economía, hay que hacérselos ver, no es la de ellos sino la de un pueblo pauperizado que no encuentra más que en el discurso de la venganza, de la justicia y del exterminio de la corrupción una esperanza para ni siquiera vivir mejor sino para castigar a los que han dañado su estilo de vida.
Para más de uno, Andrés Manuel López Obrador encarna esa esperanza, ese desprecio que sienten por la clase política gobernante y para justificarse alegan que el tabasqueño no ha gobernado y que si a alguien le darán el poder aunque sea para robar es a quien no ha sido gobierno.
Esa visión del mexicano cansado de sus políticos pareciera no justificar su defensa a ultranza de un político conservador, manipulador y pragmático que hoy censura a la mafia del poder, pero no duda cuando se le acercan quienes más y mejor la representan.
López se siente ya el mesías y en su discurso puede verse la manipulación absoluta: o soy presidente o la corrupción y la impunidad siguen porque el PRI, el PAN, el PRD son lo mismo y obedecen al status quo nacional. Sin embargo, la masa pareciera hacer a un lado las referencias que nos indican que López es idéntico a quienes nos han gobernado y su discurso sólo nos recuerda la vida en el México de los 70´s y 80´s, precisamente donde se fundó el retroceso en la calidad de vida de los mexicanos.
Gente como Díaz Ordaz, López Portillo, Luis Echeverría no son parte del discurso del tabasqueño. Lázaro Cárdenas pareciera ser su guía igual que Juárez, pero ni el hijo del general lo acompaña y ahora hasta los ideales juaristas se han visto desplazados por la urgencia de votos, del tamaño que sea.
Empero, la solidez de López contrasta con la cerrazón y ceguera de quienes le compiten. La economía sigue en franca decadencia, la inflación sin control y los frutos de unas reformas urgentes y necesarias pareciera no llegar para revertir la pobreza, la degradación económica de una sociedad que no ve en su salvación un peor peligro para su estilo de vida.
Y es ahí donde 2017 ha abonado al hartazgo además de una clase política indiferente y errática cuyo representante más sólido, el presidente de la República, no sólo se equivoca en temas banales, sino que refrenda con cada yerro no sólo su incapacidad para gobernar sino la animadversión de quienes votaron masivamente para llevarlo a Los Pinos.
Enrique Peña ha sido responsable de lo que ha sucedido en su gobierno. Sus colaboradores y su propio gabinete no han salido a darle un impulso a un gobierno que nos sorprendió a todos en los dos primeros años.
La desesperación por creer y el desencanto de la alternancia pidieron entonces que regresaran quienes se veía y nos decían que sí sabían gobernar. De nuevo la sociedad y los votantes se equivocaron como se equivocaran otra vez si se siguen llevando tan sólo por el hartazgo y la facilidad de la propuesta sin sentido, sin estrategia, sin rumbo y más aún sin conocimiento sólido de las variables a enfrentar.
México no debe de inventarse cada sexenio, como había sucedido antes del gobierno panista, pero tampoco debe regresar a un pasado que ya acreditó que no sólo no fue bueno para sostener la economía de un país que se abrió al mundo, sino que tampoco será positivo retraerse de un planeta que se revuelve por un futuro distinto al que hasta ahora vemos.
Ojalá 2018 pueda servirnos para reflexionar y para hacer un uso racional de lo que los hechos nos demuestran y no cometer el mismo error que hoy nos tiene postrado: creer que debemos voltear sólo para castigar, sólo por hartazgo a un candidato que ha dado muestras de decirnos cada vez lo que queremos escuchar.
Mientras, que la felicidad haya reinado en su hogar esta Navidad son mis mejores deseos.