Romper los grilletes del pasado enmohecidos por el tiempo, es sin duda una tarea difícil. Más cómodo y menos comprometido es cerrar los ojos a la realidad ignorando lo que alrededor acontece, y no arriesgarse a una lucha por cambiar y mejorar todo aquello que como pesado lastre ha evitado, ante el temor al fracaso, comprobar que el esfuerzo , la decisión, y la capacidad son los mejores antídotos para acabar con esa atractiva placidez cuyos nocivos efectos dominan a los espíritus débiles.

El dulce sueño del ayer parece, para quienes el presente se antoja difícil y el mañana angustioso, un remanso de paz al que a pesar de las constantes pesadillas provocadas por un subconsciente acusador, se niega a abandonar, criticando con dureza a todos quienes buscan lo contrario. Insistir en hacerlo así a pesar de que en sus despertares descubren una realidad diferente en la que se encuentran respuestas a ese costumbrismo comodino cuya inercia evita aceptar el desafío de la modernidad, sería riesgoso.

Delicado el reto. Muy pocas veces se atreven a hacerle frente, pues los desafíos aterrorizan y hacen dudar a quienes buscan nuevos y mejores horizontes.

Los que desde la tranquilidad de un tradicionalismo conservador observan los esfuerzos y tropiezos de quienes si quieren cambiar, se han convertido, con sus críticas, en enemigos de quienes buscan día a día transformar y desarrollar la comunidad de que forman parte.

Criticar es fácil, lo ha sido siempre; lo difícil es arriesgarse a cambiar y prepararse a ello con capacidad. Lo primero, cualquiera puede hacerlo ya que se ha hecho costumbre nunca ofrecer alternativas. Las arremetidas de “los pontífices del cambio” son tan violentas y crueles, que descubren en su actitud lo avieso de sus intenciones.

En el segundo caso quienes se comprometen a cambiar hacen a un lado el temor al fracaso y a las criticas de quienes, como en el ayer, con sus juicios implacables pretenden evitar y retardar un proceso que bien saben es imposible detener.
Antes de llegar a la meta habrán sin duda pequeños, o grandes sinsabores. Estos deberán servir como aleccionadoras experiencias forjadoras de un carácter recio que impida que los rechazos y faltas de apoyo sean el sepulcro de los ideales transformadores que inspiran a quienes, convencidamente, emprenden la cruzada hacia mañanas mejores.

Nadie ignora lo difícil del querer cambiar. Las experiencias de fracasos anteriores hacen, en muchas ocasiones, dudar.
Esos viejos esquemas de conducta fuera de la realidad a la que por tantos años nos acostumbraron, nos han hecho conservadores en nuestras actitudes, y en consecuencia, poco osados. Tal vez por la costumbre pensamos que faltos de competitividad podríamos ser arrollados por quienes si la tuvieran. Ese es el riesgo del cambio.

En pleno siglo XXI no es posible continuar con la “técnica del avestruz”. La cabeza bajo la tierra, cerrando los ojos a la realidad de un mundo donde pese a la terca obstinación de algunos que niegan la evidencia de los cambios transformantes que se viven, los hechos, por su contundencia les demuestran lo contrario.

Ignorar lo anterior pretendiendo así negar su existencia o retardar sus efectos, hará posible que quienes si se prevengan y se preparen, se conviertan en rectores del quehacer socio-político, cultural y económico de esta sociedad del siglo XXI moderna y pujante, reclamante de los mejores… y quienes así no lo hicieran tendrían serias dificultades para enfrentar sus retos.

Ese mañana será sin duda de los mejor capacitados; ellos ocuparán los principales puestos. Las esperanzas de “palancazos” influyentes, lastre pesado y doloroso que en ocasiones impiden el aprovechamiento de valiosos recursos humanos que se hacen a un lado para dar esos lugares a “recomendados”, desaparecerá como consecuencia de la modernidad, en favor de la eficiencia y el desarrollo.

Cambiar es decisión nuestra y de nadie más. Sin embargo no hay que olvidar que lo que hagamos repercutirá en nuestras familias, particularmente en nuestros hijos.

¿Los ayudamos?