JOSE SAHUI TRIAY

Aún cuando es incuestionable el avance que la Revolución Tecnológica ha generado en el mundo, habríamos de tener cuidado en no dejar pasar desapercibidos los altos costos que esto ha significado en la pérdida de empleos, incertidumbre y hartazgo social.

Interesante el contenido de las reflexiones que recientemente hiciera en Buenos Aires, Argentina, Carlos Slim, uno de los hombres más ricos de América Latina, durante un panel en el encuentro de expresidentes, empresarios y académicos, al señalar que pese a los adelantos tecnológicos y a una mayor participación de la sociedad, la falta de una mejor capacitación para su aprovechamiento ha traído junto con los beneficios que ha generado, serios problemas, principalmente el desempleo.

Los cambios, el temor a ellos, la falta de credibilidad, provoca un escepticismo social que solo puede enfrentarse con una capacitación que responda a los reclamos – por su impacto – de una tecnología que llegó para quedarse y cambió de fondo nuestra forma de vivir y comunicarnos, particularmente en este siglo en el que las redes sociales parecen asombrarnos en cuanto a su alcance en el diario quehacer de la sociedad contemporánea.

El recuerdo, para la clase obrera y la sociedad en su conjunto, de las consecuencias que en el ayer tuviera la Revolución Industrial, debieran obligar a no dejar espacios vacíos que se generan cuando la ausencia de estrategias, y su aplicación a tiempo, impiden o limitan enfrentar esos cambios que ahora se presentan con mayor insistencia, y a los que ignorarlos podría generar serias consecuencias.

Cada vez más, las grandes empresas buscan mejores resultados en cuanto a producción y beneficios. Cada vez más esta Revolución en los sistemas de producción limitan seriamente el número de trabajadores e incluso obliga a quienes permanecen en una capacitación permanente en el manejo de esos adelantos tecnológicos, a ir al ritmo de los cambios que cada vez con menores intervalos de tiempo tienen lugar.

Asombra la vertiginosidad de esta modernidad que de raíz ha cambiado los sistemas educativos del mundo entero obligándolos a una revisión y actualización a fondo. No cumplir hoy con una educación de calidad, pero sobre todo, competitiva, limitaría su capacidad de respuesta a una realidad totalmente distinta a la que tan solo apenas algunos años atrás parecería haberse enriquecido en gran medida con la aparición de esas grandes y pesadas computadoras que consideraban, por sus adelantos casi mágicos, dar respuestas prontas a interrogantes que en esos días hubieran significado – sin ellas – muchas horas para responderlas.

La sociedad civil, decía en ese Encuentro, en Argentina, Carlos Slim, está hoy mucho más y mejor informada, con una conectividad que no está limitada a los clásicos medios de comunicación. En México ese reto parece no haber sido desatendido. Desde su gran base, la educación básica, hasta su vértice, la superior, la gran Pirámide educativa representativa del Sistema Educativo Nacional ha tenido continuados replanteamientos propiciados por la penetración, aplicación y consecuencias de la tecnología moderna en los procesos de enseñanza.

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El nuevo mundo que el siglo XXI muestra hoy como una incógnita todavía a despejar, por el vasto y complejo universo que de el se deduce, es un desafío para las nuevas generaciones que están obligadas a enfrentar con los recursos de conocimientos y acciones donde no se olvide que se vive ya una sociedad que da más importancia al mejor saber, que al trabajo físico. No basta concluir una carrera profesional, se requiere ahora que esta sea la que en verdad reclama el mercado laboral. De nada sirven profesionistas cuyo futuro carezca de posibilidades de obtener empleo, ya que su preparación no responde a la realidad del momento que se vive.

No se concibe, en la reclamante dinámica de preferenciar siempre a los mejores, aprendizajes carentes de ese espíritu emprendedor, propositivo, que es la plusvalía que se exige hoy como uno de los requisitos para obtener empleo y continuar ascendiendo laboralmente, por méritos propios.

No es fácil el camino al que la Revolución Tecnológica nos obliga a todos, más a las nuevas generaciones a las que aún queda mucho camino por andar, de capacitarse a cabalidad en el manejo y aplicación de esas tecnologías que por su dinámica de cambios hacen obsoletos “adelantos“ que casi de inmediato son sustituidos, y convertidos en historia, por otros descubrimientos más recientes.

Los quietismos, la dulce laxitud de otros tiempos, han sido materialmente arrollados por el  “tren bala” de los adelantos tecnológicos, que pareciera nunca detenerse y dejar atrás, muy atrás, a quienes no entendieron esto, no se subieron a tiempo a sus vagones, y se quedaron en la estación del pasado.

Bienvenida pues esa Reforma Educativa cuya prioridad no solo es cambiar para lograr la calidad de la enseñanza, sino que esta se adecúe y responda con éxito a los desafíos de este siglo que exige de los mejores para su devenir.

Habría que no olvidar, y en esto insiste siempre Carlos Slim, que solo con una educación moderna y capacitación permanente se podrá tener expectativas mejores para disminuir ese temor al desempleo que los jóvenes tienen al egresar de sus escuelas, o cuando su actividad o profesión se vuelve obsoleta, rápido…