Para nadie que haya leído mis columnas resultará extraño que aquí les confirme que no soy fanático ni apoyador de Andrés Manuel López Obrador. No me gusta su proyecto, no voté por él, pero ya es presidente de la República y sólo habrá que esperar el trámite y protocolo de su toma de posesión.

Siempre he dicho que las elecciones se ganan o se pierden por un voto y en este caso la legitimidad del presidente electo se la dan 30 millones de votos a favor de un total de poco más de 89 millones de votantes. Habemos 59 millones que no votamos por él como nuestro presidente y tenemos el derecho y la obligación de ser sus principales críticos o apoyadores, según sea el caso: si acierta le aplaudimos, si falla se lo decimos. Así de simple.

La crítica siempre será consultoría gratuita para quienes tienen a su cargo una decisión de los electores o vía la designación como miembro de un gabinete de un alcalde, presidente o gobernador electo. Todos ellos cobran un sueldo gracias a nuestras contribuciones y como los ciudadanos somos los aportantes pues también tendremos el derecho de ser los validadores de sus actos y efectividad.

Sin embargo, para más de uno las decisiones polémicas del nuevo presidente electo no son todavía motivo de reflexión y análisis sino motivo de estudio, nos dicen. No lo creo, el presidente no ha dejado de estar activo no sólo porque tiene el compromiso de hacer valer sus promesas de campaña sino también porque es realmente poco el tiempo para definir de dónde obtendrá los recursos para todos sus planes.

Siempre he asumido la postura de que terminadas las campañas y las elecciones hay que apoyar a quien gane, sea quien sea, pero tampoco soy responsable de que mi voto haya sido para Enrique Peña Nieto y debo confesar que soy uno de los que cayó en el espejismo de una fortaleza política acreditada por 3 millones de votos de diferencia entre él y su más cercano adversario, Andrés Manuel.

Cuando se firmó el Pacto por México en diciembre de 2012 y se dio luz verde a las reformas estructurales, parecía que la oferta política crecería pero ese fue quizá el más elevado momento de un gobierno que poco a poco se fue desdibujando por su ineficacia y su corrupción. Lo que siguió fue una cascada de errores que llevó a un amigo del Presidente a decirme que ese gobierno terminó con la fuga del Chapo.

El que nunca se dio cuenta fue el propio presidente. Sus colaboradores, básicamente Miguel Ángel Osorio Chong, no sólo eran responsables y culpables de la fuga sino que nunca admitieron o pagaron por ese agravio a la seguridad nacional. Luego vendrían las traiciones que iniciaron cuando la incapacidad no logró siquiera consolidar una propuesta del propio Osorio de concentrar a las fuerzas del orden en su secretaría.

Ahora, López Obrador enfundando aún en su papel de ganador de la elección ya con constancia de mayoría, se tomará cuatro días para reflexión mientras en septiembre se le entrega su certificado de presidente electo en espera de tomar posesión formal en diciembre, en una ceremonia en el Congreso al que, ya se analiza, podría regresar después de sexenios a presentar su informe como titular del Ejecutivo, precisamente porque los apoyadores de López Obrador evitaron el último informe de Fox ante el Congreso y desde esa fecha ni un solo presidente ha acudido al Palacio Legislativo para informar el estado de la nación.

Deseamos que le vaya bien a México. El papel del periodista siempre debe ser crítico y analítico no sólo por su país sino por su estado y su entorno y si bien la crítica enriquece, el callarla y someterse nunca será sano ni para el país ni para su democracia, sobre todo una tan incipiente como la mexicana.

Démosle a Andrés Manuel el beneficio de la duda porque la responsabilidad que tiene en hombros es de 30 millones de votos de gente que ya cree en él y la única validación será de los 59 millones que no votamos por él ni su proyecto. Si le va bien a México nos debería ir bien a todos y el gran reto es terminar con tanta desigualdad, esa que fue el motor para votar por ese proyecto.