Pueden decir de mí lo que quieran, pueden quererme, odiarme, ignorarme, es más, pueden llamarme como gusten y excepto el quererme (el cual debe ser por convicción y decisión retribuida), todos los demás me son indistintos. Verán, una persona es un ente complejo, es una conjunto de circunstancias y decisiones que nos forman, una interacción con otras personas que nos nutre y el resto se conforma con una actitud ante la vida que nos hace ser positivos y constructivos o negativos y destructivos. Cada ser humano es único, especial e irrepetible.

Empiezo la columna así, por una amenaza de muerte en redes hacia varias personas, yo incluido. Me dicen que no haga caso, que así son las redes, que no le dé importancia, que me ría. Cierto, hasta determinado punto, hacerle caso a quien no da la cara es algo que no se me da muy bien, por otro lado, hay personas burlándose de esto y están en todo su derecho, las redes son libres, son un elemento para expresarse así que su burla es cuestión suya, de su consciencia y su integridad como seres humanos y no soy nadie para emitir un juicio sobre ellas. Las burlas y los motes ofensivos son como llamados a misa, va quien desea. Las redes son poderosas herramientas y mientras más poderosa sea esta, más peligrosa se vuelve si no se maneja con responsabilidad. En este caso particular arriba descrito, no es que me afecte, me preocupe o me tenga temblando de miedo, de hecho no hay nada de eso y, no obstante, he visto tantos actos nefastos quedar impune: lo sucedido en Veracruz contra periodistas, lo sucedido hace no mucho con el terrible y triste incidente en Monterrey donde las redes estuvieron involucradas; o el  actuar del presidente de los Estados Unidos que con su uso de redes sociales sacude de tal forma los cimientos de nuestro entorno mundial que, incluso aquí en Campeche a todo un país de distancia, ya tuvimos una marcha por la unidad para hacer frente común contra él. No, hacer caso omiso en una situación así sería incongruente por lo que ya algunos de los afectados pusieron su denuncia, otros lo haremos a la brevedad y, como debe ser, esto quedará en manos de la autoridades en las que confío para proteger y servir a la ciudadanía.

Hay algo, sin embargo, que solo me corresponde a mí, esa es mi actitud y esa, por negro que se presente el horizonte, no verán afectada mi sonrisa, el amor por mi familia, mis ganas de servir y cambiar mi entorno para bien. Vivir es un milagro, es un privilegio y se debe aprovechar al máximo. En estos momentos en que el odio parece ser una constante en el mundo, es el momento para hacer lo opuesto, la tolerancia y el respeto deben ser la búsqueda diaria, el proponer a través de estas líneas lo que considero puede ayudar a mejorar a mi sociedad es también un privilegio y un honor, así que seguiré mientras me lo permitan.

Mi padre me enseñó a través de su ejemplo y con un amor indescriptible, que todo se puede hacer de la manera correcta; mi madre me enseñó (y sigue haciéndolo), que los sueños se hacen realidad pero que no caen del cielo; mis hermanos se encargaron de hacerme sentir pieza indispensable de algo más grande, de una unión única; mi esposa me enseña diario a seguir mejorando y siempre sentirme acompañado; mis hijos, que el futuro es maravilloso, divertido, asombroso, estimulante y que el amor no tiene límite alguno; mis amigos, que soy y que así estoy bien.

Soy orgullosamente hijo, hermano, compañero, padre, amigo y la mayoría de ellos, se encuentran en esta bella ciudad llamada Campeche, en este increíble estado que lleva el mismo nombre, en un maravilloso país que es México y que las circunstancias en las que estamos, nos llevan a la enorme encrucijada, a la increíble oportunidad de decidir qué tipo de país queremos, qué tipo de sociedad deseamos y qué acciones realizaremos para conseguirlo. México, Campeche y el mundo necesitan hombres y mujeres que sean buenos, amorosos, tolerantes, respetuosos, honestos, íntegros y que tiendan la mano sin dudar, para ayudar a un semejante y que sirvan sin reparo alguno, a su sociedad (en la que está la humanidad al completo sin fronteras, colores, preferencias o religiones).

Sí, quizá sea en “exceso” positivo, pero esa es mi actitud ante la vida y sé que no soy el único.