La oficial. Luego del extenso recorrido por la zona prehispánica de Uxul, el arqueólogo Nikolai Grube posó para la foto del recuerdo junto al equipo técnico y de redacción de EL EXPRESO.

 

ABEL EFRAÍN DURÁN REYES/Fotos: ROBIN CANUL
EDURAN@MULTIMEDIOSCAMPECHE.COM

Durante tres meses al año, el campamento de Uxul es una pequeña población en medio de la nada cuyos 70 habitantes están limitados a media cubeta de agua de ‘charco’ al día para bañarse, a dos horas de energía eléctrica mediante una planta portátil y tienen que ingeniárselas para pasar los ratos de ocio luego de las duras faenas en las excavaciones arqueológicas.

Pero aunque duro y salvaje, el ritmo de vida ahí no es lento y muchos de los pobladores de tres ejidos del municipio de Escárcega, cercanos al punto de acceso a la selva que lleva a la línea fronteriza con Guatemala, se empeñan todos los años por formar parte del proyecto arqueológico, pues de él dependen muchas familias de esa zona entre los meses de marzo y mayo.

EL EXPRESO tenía que ser testigo de ese yacimiento arqueológico que cada vez más está en las noticias internacionales, sobre todo porque ningún otro medio de comunicación del estado ni del país habían acudido, salvo por la NatGeo y la televisión alemana.

Senderos. En medio de alta y densa vegetación, recorrimos en seis horas los principales trabajos en Uxul, la tercera parte de la extensión total del sitio.

Los preparativos iniciaron por lo menos tres semanas antes: permisos ante las autoridades del INAH, renta de vehículo todo terreno, compra de víveres, de combustible, de equipo de acampar y de botiquín con medicamentos básicos, suero antiviperino y todo tipo de repelentes contra moscos, colmoyotes, mosca tse-tse, mosca chiclera, gusano barrenador y demás alimañas selváticas.

Las advertencias de los conocedores no fueron pocas… y tampoco se quedaron cortas.

La salida fue a las 5:30 hrs. del viernes tres de mayo. La escala obligada fue Escárcega, donde se adquirieron los últimos pertrechos, se almacenó más combustible y se resolvieron una serie de problemas mecánicos y de logística. En un ejido cercano a esa cabecera municipal se hizo la última parada antes de sumergirnos en terreno salvaje e inhóspito: había que contratar un guía, ‘Lencho’, conocedor de la selva palmo a palmo y dotado de enorme paciencia y habilidad para disuadir a viajeros que, hastiados del largo, cansado, lento y escarpado camino, lo único que quieren es dar media vuelta y regresar.

A las 13:00 hrs. tomábamos un camino de terracería que tan sólo duró cerca de 5 minutos, luego una brecha y, más tarde, ya subíamos una pequeña colina con cerrada vegetación, troncos caídos,  lajas puntiagudas y piedras sueltas.

-¿Así está todo el camino, Lencho? “No. Estamos todavía en parte buena”.

Bajos y lodazales secos, pedreríos, cuestas, pequeñas serranías, lechos de corrientales en época de lluvias, zacatales, descensos escarpados. El velocímetro nunca rebasó los 30 km/h y muchas veces, en largos tramos, el movimiento de la aguja era casi imperceptible.

-¿Ya mero, Lencho?, el reloj marcaba las 17:00 hrs. “Faltan unos 500 metros y llegamos a la mitad”.

Pero esos pocos metros se convirtieron en kilómetros y los kilómetros en horas. El sol amenazaba con hundirnos en la oscuridad de la selva apenas a la mitad del camino. Un rápido descanso para comer unos sándwiches de atún, otro más para fotografiar a un pavo que se negaba a salir del camino y aún uno más para recoger la nevera y juntar los desparramados trozos de hielo, jamón, queso y fruta luego de que saliera volando por los aires por un amarre inexperto y una enorme roca que se le atravesó a la 4 x 4, fueron los únicos  retrasos en el monte.

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-¿Ya merito Lencho? “Ya sólo faltan unos 500 metros para una aguada, luego siguen los bajos de Chumpich, luego subimos un pequeño lomerío y ya llegamos”. Eran las 18:12 hrs… llegamos a las 21:49, casi 10 horas exactas luego de internarnos en la selva y 17 de haber salido de la capital campechana.

Pero después de la dura jornada no nos vino mal un golpe de suerte. El director del proyecto, Nikolai Grube, que salió a recibirnos, nos informó que concedió a los trabajadores una hora más de energía eléctrica porque estaban celebrando el Día de la Santa Cruz (era 3 de mayo), por lo que disponíamos de 10 minutos para armar el campamento consistente en un par de tiendas de campaña y hamacas con pabellón.

Fue una noche rara. Húmeda y bochornosa al principio, pero muy fría al final. El ruido del monte no nos evitó ser presas de un profundo sueño.

Campamento. En tiendas de campaña y hamacas con pabellón, el equipo pernoctó dos noches en medio del intenso ruido selvático.

A las 6:45 hrs. del sábado 4 de mayo ya era imposible prolongar el descanso un minuto más. El campamento, que ahora se abría ante nuestros ojos con cuatro galerones y unas cuantas cabañas desperdigadas, ya era un hervidero de actividad.

Unos entraban a la cocina por su desayuno y su café, otros subían el pequeño cerro sobre el que se asienta la ciudad prehispánica y algunos, los menos y entre ellos nosotros, aún se desperezaban.

El resto es historia. De 7:30 y hasta las 16:00 hrs., Grube nos mostró y nos fue develando, poco a poco, la majestuosidad del sitio, saqueado con ferocidad décadas atrás pero que aún resguarda secretos milenarios.

Al regreso al campamento, agotados, sudorosos, curtidos por el sol y aguijoneados por insectos y mala hierba, sólo queríamos dos cosas antes de esperar el sol dominical para emprender el retorno: comer y bañarnos.

Ocio y faena. Mientras (arriba) los trabajadores del proyecto juegan a las cartas en su tiempo libre, (abajo) el equipo de cocineras del campamento apura las tortillas de comal y el guiso del día.

Ambas cosas fueron proporcionadas por el Proyecto Arqueológico de Uxul. Éramos sus invitados. Luego de entrar al comedor donde las cocineras habían preparado un caldo de pollo con verduras, acompañado con tortillas torteadas y agua de limón, nos explicaron las reglas del baño:

-“El agua es escasa. Sólo podemos usar cada quien media cubeta de agua al día, pues se saca de una aguada a siete kilómetros de aquí. No se espanten por su apariencia, es buena agua”.

En efecto, estaba helada y era refrescante. Sabía a lluvia. Aunque al principio no pudimos evitar sentir ciertos recelos: era inodora, pero tenía un color café o rojizo propio del agua estancada.

La segunda y última noche en Uxul prestamos más atención al entorno. Cielo estrellado, vegetación espesa, ruidos de todo tipo de fauna. Uxul es, en toda la extensión de la palabra, una belleza, un tesoro… quizá el tesoro más escondido de México.

A las 5:30 hrs. del domingo 5 de mayo nuestra Dodge Durango rugió otra vez. Era la hora del regreso. Conscientes del camino y del tiempo de recorrido, ahora sí Lencho pudo dormir tranquilo y sin tantas preguntas, salvo por uno que otro árbol caído en la noche previa y que ahora bloqueaba la de por sí cerrada brecha y nos impedía el paso.

Diversidad. Mamíferos, insectos, aves y reptiles forman parte del ecosistema protegido. A nuestro paso observamos monos, faisanes, pavos, coatíes y hasta un lejano y escurridizo jaguar.