Érase una vez…San José el Alto

Especiales, Lunes 23 julio, 2012 a las 6:10 pm

Abel Efraín Durán 

Hoy no existe ni en fotografías. Hace muchos años, en un tiempo incierto comúnmente aceptado como ‘las primeras décadas del siglo xx’ , el Baluarte de San José fue derribado junto a todo el lienzo de muralla que una vez protegió el costado Oriente del recinto amurallado, justo el que daba hacia los barrios de Guadalupe y Santa Ana.

Apodado ‘El Bajo’, para distinguirlo del otro San José, el reducto en la cima del cerro de Bellavista al que hasta en nuestros días se le conoce como ‘El Alto’, fue víctima de las acciones ‘modernizadoras’ de los gobiernos porfiristas en Campeche.

El Baluarte de San José se encontraba entre los de San Pedro y Santiago, pero no justo a la mitad, sino más cerca del segundo, pues su función primordial era brindar defensa, seguridad y vigilancia a la también derribada Puerta de Guadalupe, que daba acceso al recinto amurallado por lo que hoy es la Calle 10.

Según el reconocido arqueólogo campechano, Román Piña Chan, se ubicaba a 277 metros del Baluarte de San Pedro y parte de su estructura abarcaba el espacio de lo que hoy es la Escuela Primaria ‘Justo Sierra Méndez’, actualmente en reconstrucción y donde precisamente en las excavaciones se han hallado restos de cerámica maya y objetos coloniales.

Según algunas descripciones, el baluarte era más o menos similar a los de Santa Rosa, San Juan y San Pedro, cerrado por su gola y con un acceso único a través de una puerta localizada en su centro.

La rampa que conducía a sus terrazas estaba sostenida por tres arcos y era de pendiente muy suave. Contaba con dos cuartos: el de la izquierda, cubierto con bóveda, que servía como almacén de pólvora y municiones; y el de la derecha, cubierto con vigas de buena madera y empleado como cuarto de guardia. También contaba con un pozo.

A través de su rampa se llegaba a la explanada, hecha también de hormigón, con cañoneras y banquetas de piedra labrada. Allí llegó a tener montados, en el siglo XVIII, nueve cañones de hierro fundido de calibres de a seis, ocho, diez y doce.

Pero tan incierta es la fecha de su demolición como las causas mismas que a ello motivaron. El Dr. Piña Chan se lo atribuye a las concesiones para la construcción del sistema de tranvías de la ciudad. De hecho, la estación del Tranvía

Dondé fue construido en el descampado entre los baluartes de San José y Santiago, siendo el primer permiso que se otorgó, a fines del siglo XIX, para levantar edificios en terrenos que habían formado el espacio reservado a la campaña de la plaza.

Sin embargo, el arqueólogo afirma que “la demolición de este baluarte fue, por demás, inútil, realizada en las primeras décadas del siglo, totalmente innecesaria: no se oponía a ninguna circulación, ni se encontraba en peor estado que los demás”.

Pero no todos los baluartes ni todos los lienzos de muralla fueron derribados para dar paso a las líneas del tranvía. Cierto es que desde la última década de ese siglo se comenzó una destrucción sistemática de la muralla para que pasen las rieles y los vehículos jalados con mulas, pero en general este tipo de demoliciones fueron ‘bastante respetuosas’ y se limitaron a abrir boquetes en las fortalezas. Así ocurrió con el Baluarte de San Francisco, que fue seccionado en dos; con la Puerta de Guadalupe que sólo se abrió lo necesario para el paso del vehículo; y con brechas en el inicio de diversas calles del área amurallada de la ciudad.

En realidad, la destrucción comenzó desde 1893, cuando la Jefatura Militar de la plaza ordenó que se abra el primer hoyo: frente a lo que hoy es el Palacio Municipal.

Sin embargo, aunque la destrucción es bastante lamentable, tampoco podemos calificarla de depredación bajo nuestros ojos ‘modernos’ y concientes de lo que hoy representan.

En efecto, los campechanos de esa época vieron en las murallas un obstáculo para el crecimiento e incluso para la salubridad. Por lo demás, siguieron ejemplos de importantes ciudades que derribaron sus históricos muros para dar paso a una nueva visión del espacio urbano: Viena, Colonia, Liepzig, Copenhague… y, más cerca, Veracruz y La Habana, sobre todo de esta última, que dejaba sentir una mayor influencia y prácticamente compió obras modernizadoras.

Pero no es todo. Otros argumentos también inclinaban la balanza: la mayor parte de la población ya vivía extramuros: los barrios de La Ermita, Santa Lucía, San Francisco, Guadalupe, Santa Ana y San Román quedaban excluidos y la circunvalación significaba una dificultad a la comunicación.

Por si fuera poco, también se objetaba la higiene. En un siglo las epidemias habían diezmado a la población.

Extrañamente se suponía que la muralla representaba un obstáculo a la ventilación y se hacía necesario un cambio de aires para mitigar el calor agobiante y llevarse todos los vapores malsanos a los que atribuían una infinidad de enfermedades.